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27/8/12

Aviso: Horario de invierno 2012-13

A partir del próximo sábado 1 de septiembre cambian los horarios en nuestra Parroquia del Beato Álvaro y pasan a ser los siguientes:

MISAS:

  • LUNES a VIERNES: 20h.
  • SÁBADOS: 20h
  • DOMINGOS: 10h, 12h y 20h.

EXPOSICIÓN SANTÍSIMO
  • Martes de 19h a 20 h.

CONFESIONES:
  • Todos los días 1 hora antes de la misa.
  • Sábados y Domingos: Durante las misas.
  • Martes durante la Exposición.

DESPACHO PARROQUIAL:
  • Todos los días 1 hora antes de misa.

26/8/12

"¿También vosotros os queréis ir?"

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Josue 24,1-2a.15-17.18b // Salmo 34(33) // Efesios 5,21-32 // San Juan 6,60-69

Queridos hermanos:

En los últimos tres domingos hemos escuchado a Jesús decirnos : “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn. 6, 55.60-69). Nos cuenta el Evangelio que al oír esto muchos discípulos de Jesús dijeron, pensaron y comentaron que ya eso era “intolerable, inaceptable”. Y Jesús, lejos de ceder un poco para tratar de impedir la huída de muchos de los suyos, más bien exige una elección. Les exige una respuesta: ¿También vosotros os queréis ir?

Porque al recibir ese “Pan” e ir dejándonos santificar por ese “Pan de Vida” Cristo nos llevará a donde El se fue cuando ascendió al Cielo, a donde los Apóstoles que permanecieron fieles, lo vieron subir: a donde estaba antes. Justamente, Cristo bajó del Cielo, para rescatarnos a nosotros y llevarnos con El. Y eso será posible si no nos escandalizamos, si creemos en su Palabra, si seguimos su Camino, si -como El- cumplimos la Voluntad del Padre.

Y seguirlo a El significa optar por El en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente. Por otro lado, separase de El puede también ser en forma progresiva. Este pasaje del Evangelio da a entender que Judas pudo haber comenzado apartarse del Maestro al escandalizarse también con este discurso. Dice el Evangelio: “En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían en El y quién lo habría de traicionar”.

Es lo mismo que sucedía al pueblo de Israel a lo largo de su historia (Jos. 24,1-2.15-17.18): o escoge la idolatría o se decide por Yahvé; o Dios o los ídolos. Y aunque la decisión inicial estaba tomada a favor de Yahvé, muchos a lo largo del camino se van quedando con los ídolos. Siempre -es cierto- quedaban algunos fieles, pero muchos se iban quedando fuera.

Es lo mismo que sucede con el nuevo pueblo de Dios, todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy. Inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida: esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertas disyuntivas.

Es imposible servir a Dios y también servir a los ídolos modernos: el dinero, el poder, el placer, las teorías contra la fe y, en general, todo lo que el mundo nos vende como valioso y hasta necesario.

El señor nos apremia hoy a decidir si vamos tras Él o si nos quedamos con las cosas del mundo. Es cierto que el seguimiento de Cristo en nuestros días es muy duro pero no podemos excusarnos. Debemos optar en la vida…no podemos pasar por la vida como si fuésemos paganos, sin que se note que somos cristianos. El Señor nos pide audacia y valentía para seguirle. No podemos seguir en el continuo anonimato... pasar por la vida sin que los que nos rodean se den cuenta que somos cristianos. Es una pena que desperdiciemos los días sin vivir gozosos nuestra fe cada minuto.

Que Dios nos conceda a todos vivir comprometidos en nuestra vida de cada día, dando testimonio claro y alegre de nuestra fe.

Que Dios os bendiga a todos. Feliz día del Señor.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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22/8/12

La Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía (IV): Cuando el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, ¿por qué tienen todavía aspecto y sabor de pan y vino?

En la celebración de la Eucaristía, Cristo glorificado se hace presente bajo la apariencia de pan y vino de una manera única, una manera adecuada singularmente a la Eucaristía. En el lenguaje teológico tradicional de la Eucaristía, en el acto de consagración durante la Eucaristía la substancia del pan y del vino es transformada por el poder del Espíritu Santo en la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo. Al mismo tiempo, los “accidentes” o apariencia de pan y vino, se mantienen. “Substancia” y “accidente” son empleados aquí como términos filosóficos que han sido adaptados por grandes teólogos medievales como S. Tomás de Aquino en sus esfuerzos por entender y explicar la fe. Tales términos son empleados para comunicar el hecho de que lo que parece ser en todos los aspectos, pan y vino (a nivel de “accidentes” o atributos físicos, es decir, lo que puede ser visto, tocado, saboreado o medido), de hecho es ahora el Cuerpo y la Sangre de Cristo (a nivel de “substancia” o de la realidad más profunda). A este cambio a nivel de la substancia, de pan y vino en Cuerpo y Sangre de Cristo, se le llama “transubstanciación”. Según la fe católica, podemos hablar de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía porque se ha realizado esta transubstanciación (cf. Catecismo, no. 1376).

Este es un gran misterio de nuestra fe que sólo podemos comprender por las enseñanzas de Cristo que traen las Escrituras y por la Tradición de la Iglesia. Los cambios que ocurren regularmente en el mundo, uno implica un cambio en sus accidentes o características. A veces los accidentes cambian, mientras que la substancia sigue siendo la misma. Por ejemplo, cuando un niño llega a la madurez, las características de la persona humana cambian de muchas formas, pero el adulto sigue siendo la misma persona: la misma substancia. En otros casos, cambian a la vez la substancia y los accidentes. Por ejemplo, cuando una persona come una manzana, la manzana se incorpora al cuerpo de dicha persona. Sin embargo, cuando ocurre este cambio de substancia, los accidentes o las características de la manzana también cambian. A medida que la manzana experimenta cambios en el cuerpo de la persona, adopta los accidentes o las características del cuerpo de dicha persona. La presencia de Cristo en la Eucaristía es única en el sentido de que, aunque el pan y el vino consagrados son en substancia verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no tienen ninguno de los accidentes o las características de un cuerpo humano, sino sólo los de pan y vino.

19/8/12

"El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna"


XX Domingo de Tiempo Ordinario


En el Evangelio de hoy continúa el diálogo de Jesús con los que le pidieron de “ese pan” que quien lo comiera no volvería a tener hambre, notamos que mientras Jesús más explicaciones les daba, ellos más se escandalizaban.
“Yo soy el Pan vivo que ha bajado del Cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.  Y el Pan que Yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”  (Jn. 6, 51-58).

La respuesta no se dejó esperar:  “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.   Respuesta totalmente justificable, pues ¿cómo podían comer la carne de uno semejante a ellos?  Sin embargo, ante tal objeción, Jesús no se retracta, sino que continúa su argumentación con mayor ahínco.
“Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no podréis tener vida en vosotros.  El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día.  Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. 
Les plantea un misterio.  Y no da explicaciones que puedan hacer el misterio más comprensible.  Tal vez porque quienes no creen en El, tampoco aceptarían sus explicaciones.  El Señor quiere nuestra fe.  Y la fe la tenemos como un regalo de El. 
Claro está:  la fe don de Dios hay que hacerla crecer con nuestros actos de adhesión a Cristo, el Hijo de Dios.  La tenemos que hacer crecer con actos de fe.  “Señor, creo que estás verdaderamente presente en la hostia consagrada”.   “Señor, creo que estás presente en el altar con todo tu ser de Hombre y todo tu ser de Dios”.  “Señor, creo, aumenta mi fe”.   La fe hay que practicarla para que crezca día a día.  
Y debemos preguntarnos, entonces, ¿cómo hemos hecho crecer esa fe que recibimos como don gratuito de Dios?  ¿La hemos hecho crecer o la hemos hecho morir?  Concretamente  ¿cómo es nuestra fe con relación a ese Pan misterioso que escandalizó a los de su época, a tal punto que muchos que antes lo seguían, lo abandonaron a partir de ese momento?
¿Nos damos cuenta de la grandeza de este misterio?  Todo un Dios se da a nosotros para ser alimento de nuestra vida espiritual.  ¿Cómo vemos la Eucaristía los hombres y mujeres de hoy?  Tal vez algunos -la mayoría- la descartan como innecesaria o no creíble.  Otros la tomamos como un derecho adquirido, sin detenernos a pensar en su grandeza, en el gran misterio que encierra.  Unos y otros estamos en deuda con el Señor que se da a nosotros con su infinita generosidad para ser nuestro alimento.  Queridos hermanos, ¿ Cómo demostramos esa fe y devoción a la Sagrada Hostia? Pues sencillamente haciendo lo que la Iglesia nos manda para poder comulgar, para actuar delante del Sagrario, como comulgar, adorar a Cristo Eucaristía...
Nuestra fe en la Presencia Eucarística crecerá si nosotros hacemos gestos de amor y respeto a la Eucaristía. Cuando estamos delante del Sagrario se debe hacer genuflexión, arrodillarnos y adorar a Cristo. Cuando vamos a comulgar debemos estar en Gracia de Dios, haber confesado, NO tener pecados mortales, y prepararnos interiormente con la oración para recibir a Cristo Eucaristía. Pero también debemos prepararnos exteriormente, acercándonos a comulgar en silencio, recogidos en oración, saboreanto la grandeza del Misterio de Amor que vamos a comulgar. Debemos acercarnos con respeto sabiendo que nos acercamos a la Presencia de Dios, a Jesús realmente presente en la Eucaristía. Nos acercamos a la Presencia del Cuerpo de Cristo y lo vamos a comulgar...¡¡ Que Grandeza!! ¡¡Qué Regalo!! ¡¡Que Don de Dios!! ¡¡Que felicidad!!
Pido a Dios todos los días que nos conceda a todos AMAR a su Hijo en la Eucaristía y que podamos recibir toda la Gracia cada vez que nos acerquemos a comulgar. 
Que Dios os bendiga. Feliz Domingo. 
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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15/8/12

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Lecturas: Apocalípsis 11,19;12,1-6.10 // Salmo 45 // 1ªCorintios 15, 20-27 // Lucas 1, 39-56.

Queridos hermanos y hermanas, en este dia tan solemne quiero que sean las palabras del Santo Padre las que nos iluminen a todos. Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

Homilía improvisada que Benedicto XVI pronunció al presidir la misa de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María del año 2005 en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva en Castel Gandolfo.


Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Ante todo, os saludo cordialmente a todos. Para mí es una gran alegría celebrar la misa en el día de la Asunción de la Virgen María en esta hermosa iglesia parroquial. Saludo al cardenal Sodano, al obispo de Albano, a todos los sacerdotes, al alcalde y a todos vosotros. Gracias por vuestra presencia. La fiesta de la Asunción es un día de alegría. Dios ha vencido. El amor ha vencido. Ha vencido la vida. Se ha puesto de manifiesto que el amor es más fuerte que la muerte, que Dios tiene la verdadera fuerza, y su fuerza es bondad y amor.

María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra madre. Él mismo lo dijo. La hizo madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: "He aquí a tu madre". En el cielo tenemos una madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.

En el evangelio de hoy hemos escuchado el «Magníficat», esta gran poesía que brotó de los labios, o mejor, del corazón de María, inspirada por el Espíritu Santo. En este canto maravilloso se refleja toda el alma, toda la personalidad de María. Podemos decir que este canto es un retrato, un verdadero icono de María, en el que podemos verla tal cual es.

Quisiera destacar sólo dos puntos de este gran canto. Comienza con la palabra «Magníficat»: mi alma "engrandece" al Señor, es decir, proclama que el Señor es grande. María desea que Dios sea grande en el mundo, que sea grande en su vida, que esté presente en todos nosotros. No tiene miedo de que Dios sea un "competidor" en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital. Ella sabe que, si Dios es grande, también nosotros somos grandes. No oprime nuestra vida, sino que la eleva y la hace grande: precisamente entonces se hace grande con el esplendor de Dios.

El hecho de que nuestros primeros padres pensaran lo contrario fue el núcleo del pecado original. Temían que, si Dios era demasiado grande, quitara algo a su vida. Pensaban que debían apartar a Dios a fin de tener espacio para ellos mismos. Esta ha sido también la gran tentación de la época moderna, de los últimos tres o cuatro siglos. Cada vez más se ha pensado y dicho: "Este Dios no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y haremos lo que nos plazca".

Este era también el pensamiento del hijo pródigo, el cual no entendió que, precisamente por el hecho de estar en la casa del padre, era "libre". Se marchó a un país lejano, donde malgastó su vida. Al final comprendió que, en vez de ser libre, se había hecho esclavo, precisamente por haberse alejado de su padre; comprendió que sólo volviendo a la casa de su padre podría ser libre de verdad, con toda la belleza de la vida.

Lo mismo sucede en la época moderna. Antes se pensaba y se creía que, apartando a Dios y siendo nosotros autónomos, siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, llegaríamos a ser realmente libres, para poder hacer lo que nos apetezca sin tener que obedecer a nadie. Pero cuando Dios desaparece, el hombre no llega a ser más grande; al contrario, pierde la dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede usar y abusar. Eso es precisamente lo que ha confirmado la experiencia de nuestra época.

El hombre es grande, sólo si Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así. No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros seremos divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina.

Apliquemos esto a nuestra vida. Es importante que Dios sea grande entre nosotros, en la vida pública y en la vida privada. En la vida pública, es importante que Dios esté presente, por ejemplo, mediante la cruz en los edificios públicos; que Dios esté presente en nuestra vida común, porque sólo si Dios está presente tenemos una orientación, un camino común; de lo contrario, los contrastes se hacen inconciliables, pues ya no se reconoce la dignidad común. Engrandezcamos a Dios en la vida pública y en la vida privada. Eso significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando tiempo a Dios, dando el domingo a Dios. No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios. Si Dios entra en nuestro tiempo, todo el tiempo se hace más grande, más amplio, más rico.

Una segunda reflexión. Esta poesía de María -el «Magníficat»- es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un "tejido" hecho completamente con "hilos" del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios. Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad. María vivía de la palabra de Dios; estaba impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras: leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en la liturgia, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.

Pero pienso también en el «Compendio del Catecismo de la Iglesia católica», que hemos publicado recientemente, en el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida, interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar en el gran "templo" de la palabra de Dios, a aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta palabra. Así la vida resulta luminosa y tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza al mismo tiempo.

María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" -así lo dijo el Señor-, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

En este día de fiesta demos gracias al Señor por el don de esta Madre y pidamos a María que nos ayude a encontrar el buen camino cada día. Amén.

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La Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía (III): ¿Por qué la Eucaristía no es sólo una comida sino también un sacrificio?

Aunque nuestros pecados hacían imposible que tuviéramos parte en la vida de Dios, Jesucristo fue enviado a quitar este obstáculo. Su muerte fue un sacrificio por nuestros pecados. Cristo es “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29). Mediante su muerte y resurrección, venció al pecado y la muerte, y nos reconcilió con Dios. La Eucaristía es el memorial de este sacrificio. La Iglesia se congrega para recordar y reactualizar el sacrificio de Cristo, en el cual participamos por la acción del sacerdote y el poder del Espíritu Santo. Mediante la celebración de la Eucaristía, nos unimos al sacrificio de Cristo y recibimos sus inagotables beneficios.

Como dice la Carta a los Hebreos, Jesús es el eterno y sumo sacerdote que vive para siempre e intercede por el pueblo ante el Padre. De esta manera, supera a todos los sumos sacerdotes que a lo largo de los siglos ofrecían sacrificios por el pecado en el templo de Jerusalén. El eterno y sumo sacerdote Jesús ofrece el sacrificio perfecto, que es su persona y no alguna otra cosa. “[Cristo] penetró una sola vez y para siempre en el ‘lugar santísimo’. . . . No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna” (Heb 9:11-12).

El acto de Jesús pertenece a la historia humana, pues él es verdaderamente humano y ha entrado a la historia. Pero al mismo tiempo Jesucristo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; es el Hijo eterno, que no está limitado al tiempo o a la historia. Sus actos trascienden el tiempo, que es parte de lo creado. Entrando “a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombre, ni pertenecía a esta creación” (Heb 9:11), Jesús el Hijo eterno de Dios realizó su sacrificio en presencia de su Padre, que vive en la eternidad. El sacrificio perfecto de Jesús está así eternamente presente ante el Padre, que eternamente lo acepta. Esto significa que, en la Eucaristía, Jesús no se sacrifica una y otra vez, sino que, por el poder del Espíritu Santo, su eterno sacrificio se hace presente una vez más, se reactualiza, a fin de que podamos tomar parte en él.

Cristo no tiene que dejar su lugar en el cielo para estar con nosotros. Nosotros, más bien, participamos de la liturgia celestial en la que Cristo intercede eternamente por nosotros y presenta su sacrificio al Padre, y en la que los ángeles y santos glorifican constantemente a Dios y dan gracias por todos sus dones: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, / la alabanza, el honor, la gloria y el poder, / por los siglos de los siglos” (Ap 5:13). Como indica el Catecismo de la Iglesia Católica, “Por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos” (no. 1326). La proclama-ción del “Sanctus”, “Santo, Santo, Santo es el Señor. . .”, es la canción de los ángeles que están en la presencia de Dios (Is 6:3). Cuando en la Eucaristía proclamamos el “Sanctus”, hacemos eco en la tierra de la canción con la que los ángeles adoran a Dios en el cielo. En la celebración eucarística no recordamos simplemente un acontecimiento de la historia, sino que, mediante la acción misteriosa del Espíritu Santo en la celebración eucarística, el Misterio Pascual del Señor se hace presente y se actualiza a su Esposa la Iglesia.

Asimismo, en la actualización eucarística del eterno sacrificio de Cristo ante el Padre, nosotros no somos simples espectadores. El sacerdote y la comunidad de fieles están activos de maneras diferentes en el sacrificio eucarístico. El sacerdote ordenado, de pie ante el altar, representa a Cristo como cabeza de la Iglesia. Todos los bautizados, como miembros del Cuerpo de Cristo, participan del sacerdocio del Salvador, como sacerdote y víctima a la vez. La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, Cuerpo y Esposa de Cristo, participa en la ofrenda sacrificial de su Cabeza y Esposo. En la Eucaristía el sacrificio de Cristo se convierte en el sacrificio de los miembros de su Cuerpo que unidos a Cristo forman una sola ofrenda sacrificial (cf. Catecismo, no. 1368). Como el sacrificio de Cristo, se hace presente de manera sacramental, unidos a Cristo, nosotros nos ofrecemos como sacrificio al Padre. “La Iglesia, al desempeñar la función de sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el sacrificio de la misa, y toda entera se ofrece en él” ( Mysterium Fidei, no. 31; cf. Lumen Gentium, no. 11).

13/8/12

Misas de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen - 2012

El próximo día 15 de agosto celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Virgen Maria a los Cielos. Solemnidad de precepto.

El horario de misas en ese día y el de vísperas sera:


  • Dia 14 de Agosto - Misa a las 21h.

  • Dia 15 de Agosto - Misas: 10h, 12h y 21:30h

12/8/12

" Yo soy el Pan de Vida "

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Lecturas: 1º L. Reyes 19,4-8 // Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7.8-9. // Efesios 4,30-32.5,1-2 // San Juan 6,41-51

Después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, hubo personas que comenzaron a buscar a Jesús con más interés y a hacerle preguntas importantes sobre lo que Dios quería de ellos, pero siempre requerían de un signo ¡cómo si no fueran suficientes los milagros que iba realizando por donde pasaba!

En una de esas conversaciones con Jesús se refirieron al maná que comieron sus antepasados en el desierto. Jesús les habló de otro “pan”, muy superior al maná, porque quien lo comiera no moriría. Ellos le pidieron a Jesús que les diera de ese pan “que baja del cielo y da vida al mundo” (Jn. 6, 24-35). Llegó a un punto el diálogo en que Jesús les dijo que El mismo era ese “pan”: “Yo soy el Pan de Vida que ha bajado del Cielo”.

Pero ... ¡gran escándalo! El Evangelio de hoy (Jn. 6, 41-51) nos trae las murmuraciones que hicieron los que oyeron a Jesús hablar de ese “pan”: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que nos dice ahora que ha bajado del Cielo?”

Al no tener fe, ni tampoco la confianza que la fe genera, tenían que escandalizarse. No confiaron en la palabra de Jesús y enseguida se pusieron a revisar su origen. Y, confiando en sus propios razonamientos, concluyeron que Jesús no podía haber venido del Cielo.

A veces nosotros también confiamos más en nuestros razonamientos que en las cosas “imposibles”, que sólo se entienden y se aceptan en fe. Como la Eucaristía, ese “Pan” bajado del Cielo. A simple vista, la Hostia que comulgamos, es una oblea de harina de trigo. Pero en esa hostia consagrada está ¡nada menos! que Jesucristo. Y está con todo su ser de hombre y todo su ser de Dios. Y está para ser nuestro alimento, un alimento “especial”.

Pero para creer hace falta la fe. Cierto que la fe es un don, como nos dice el mismo Jesús en este Evangelio: “Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Pero la fe también es una respuesta a ese don de Dios: “Todo aquél que escucha al Padre y aprende de El, se acerca a Mí”.

Ese alimento que es Cristo en la Eucaristía es un alimento “especial” porque nos da Vida Eterna. Bien le dice Jesús a sus interlocutores: “Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo murieron. Este es el Pan que ha bajado del Cielo, para que, quien lo coma, no muera ... Y el que coma de este Pan vivirá para siempre”.

Gran regalo que nos ha dejado el Señor: se entrega El mismo para ser alimento de nuestra vida espiritual, y para ser alimento para la Vida Eterna.

Así fue para el Profeta Elías, recibió un alimento que le dio fuerza para resistir una larga travesía hasta el monte santo de Dios, el Monte Horeb, a pesar de que antes de comerlo se encontraba sin fuerzas, casi muriendo.

Nos cuenta la Primera Lectura de hoy (1 R 19, 4-8) que Elías estaba moribundo en el desierto. Pero Dios envió un Ángel que lo despertó para darle comida. Y “con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”.

Ese alimento divino que restauró las fuerzas de Elías para realizar esa travesía por el desierto hasta llegar al monte de Dios, recuerda el alimento eucarístico que nos da a nosotros fuerza para realizar el viaje hacia la eternidad, viaje que -por cierto- ya hemos comenzado todos los que vivimos en esta tierra.

En el Antiguo Testamento hay varias prefiguraciones del Pan Eucarístico, entre ellas las más conocida tal vez sea la del maná. Pero este pasaje en la vida del Profeta Elías también nos recuerda la Eucaristía.

Pero, adicionalmente, esta circunstancia en la vida del gran Profeta Elías puede aplicarse a aquéllos que se sienten muy fuertes, física y/o espiritualmente, y piensan que nunca van a estar debilitados o que nunca deben sentirse débiles o reconocerse débiles.

Las insuficiencias físicas y los abatimientos espirituales son experiencias muy útiles para sentir nuestra debilidad, debilidad que es característica de los seres humanos, pero que suele ser tan rechazada, disimulada o escondida.

Al sabernos y reconocernos débiles, insuficientes, Dios puede mostrarse en nosotros. Bien lo dice San Pablo, en una de sus citas memorables: “Por eso me alegro cuando me tocan enfermedades, persecuciones y angustias: ¡todo por Cristo! Cuando me siento débil, entonces soy fuerte (2 Cor. 12, 10).

Y es también San Pablo quien en la Segunda Lectura de hoy (Ef. 4,30-5,2) nos recuerda que debemos vivir “amando como Cristo que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima”. Se entregó por nosotros en la cruz y se entrega a nosotros en cada Eucaristía, memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Si El nos ama así ¡cómo no retribuir en “algo” ese amor! amándolo a El, primero que todo y amándonos entre nosotros como El nos enseña a amarnos, no sólo evitando las maldades de que nos habla San Pablo en esta Segunda Lectura, sino también dando la vida.

Y dar la vida no significa llegar a morir por los demás, como Cristo, aunque se han dado y se siguen dando casos de martirios genuinos. Dar la vida significa, también, pensar primero en procurar el bien de los demás y luego en el propio ... Y puede ser que hasta se llegue a olvidar el bien propio. ¿Imposible? Muchos lo han hecho. Algunos aún lo hacen. No es imposible.

Recordemos, pues, que la fuente de donde recibimos las gracias para poder actuar como Cristo, en entrega de amor a Dios y a los demás, está en la Eucaristía, que es –como hemos dicho- el alimento para nuestro viaje a la eternidad.

Pero somos testigos de cómo -lamentablemente- en nuestros días sucede como en tiempos de Jesús.

¿Quiénes creen realmente que es Dios mismo presente en esa oblea de harina de trigo? ¿Cuántos son los que creen en este “Sacramento de nuestra Fe”? O … ¿cuántos son los que en verdad lo aprovechan debidamente, los que lo reciben dignamente?

Veamos bien: para que la Sagrada Comunión o Eucaristía nos aproveche como está previsto por Dios, es cierto que es indispensable la fe en este increíble misterio. Esta es una disposición de nuestro entendimiento: creer lo que, en apariencia, no es lo que verdaderamente es.

Pero también hacen falta otras disposiciones de nuestra voluntad. Se requiere someter nuestra voluntad a la Voluntad de Dios. Es decir debemos hacer Su Voluntad, pues con esto lo estamos amando, y al amarlo El mora en nosotros.

“Quien permanece en el Amor, en Dios permanece, y Dios en él” (1 Jn. 4, 16).

“Si alguien me ama guardará mis palabras y mi Padre lo amará y vendremos a él para hacer nuestra morada en él” (Jn. 14, 23)

“Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y me abre, entraré a su casa a comer. Yo con él y él conmigo” (Ap. 3, 20).

Y cuando el alma se entrega de veras a Dios y a Su Voluntad, Cristo en la Comunión realiza cosas maravillosas, pues es Dios mismo, Quien viene al alma con su Divinidad, su Amor, su fortaleza, todas sus riquezas, para ser su luz, su camino, su verdad, su sabiduría, su redención.

Imaginemos qué no puede hacer el mismo Dios en un alma que se deja hacer de El. ¿A cuánto puede llegar esa acción de Dios en el alma? Si en el Comunión el alma se une a Cristo, El va transformando poco a poco al alma en El.

Porque la Eucaristía es un alimento muy “especial”, pues no funciona como los demás alimentos. Cuando ingerimos los demás alimentos, éstos son asimilados por nuestro organismo y pasan a formar parte de nuestro cuerpo y de nuestra sangre. Cuando recibimos a Cristo en la Eucaristía, es al revés: nosotros nos asimilamos a El. Es un alimento que nos va transformando en El.

Los Padres de la Iglesia han hecho notar esta diferencia que hay entre el alimento material que mantiene la vida del cuerpo y el alimento espiritual que es el Pan Eucarístico.

“Nos unimos a El y nos hacemos con El un solo cuerpo y una sola carne” (San Juan Crisóstomo).

“No hace otra cosa la participación del Cuerpo y la Sangre de Cristo sino trocarnos en aquello mismo que tomamos” (San León Magno).

Más categórico aun es San Agustín, quien pone estas palabras en boca de Cristo: “Yo soy el pan para los fuertes. Ten fe y cómeme. Pero no me cambiarás en ti, sino que tú serás transformado en Mí”.

Pero no puede ser otro que Santo Tomás de Aquino quien dé una explicación aún más detallada y precisa de cómo funciona este Sacramento: “Quien asimila el manjar corporal, lo transforma en sí; esa transformación repara las pérdidas del organismo y le da el desarrollo conveniente. No así en el alimento eucarístico, que, en vez de transformarse en el que lo toma, transforma en Sí al que lo recibe. De ahí que el efecto propio de ese Sacramento sea transformar de tal modo al hombre en Cristo, que pueda con toda verdad decir: ‘Vivo yo, mas no yo, sino que vive Cristo en mí’ (Gal. 2, 20)”

Esto quiere decir que cuando Cristo viene a nosotros en la Comunión –y lo recibimos con las disposiciones convenientes- vamos cambiando, pareciéndonos cada vez más a Cristo. Así, nuestra manera de pensar, de sentir, de actuar se va asemejando cada vez más a la de Cristo.

Si no sucede así, no hay “comunión”. Recibimos a Cristo con nuestra boca. Pero eso no basta, pues tenemos que unirnos a El en el pensamiento, en el sentir, en la voluntad, con nuestro cuerpo, con nuestra alma (entendimiento y voluntad) y con nuestro corazón.

Así, nuestra vida humana podrá participar de su vida divina, de manera que sea El y no nuestro “yo” el principio que guíe nuestra existencia y nos conduzca por la travesía que nos lleva a la Vida Eterna.

“El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo guarde nuestras almas para la Vida Eterna”, dice el Sacerdote antes de tomar el Pan y el Vino consagrados y de repartirlo a los comulgantes.

Bien claro pone esto la Liturgia de la Iglesia en la oración después de la Comunión el Domingo 24 del Tiempo Ordinario:

“La gracia de esta comunión, Señor, penetre en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida”.

Sólo así podrá ser Cristo Quien viva en nosotros y no nosotros mismos, según la expresión de San Pablo a los Gálatas (cf. Gal. 2, 20).

Así, la presencia divina de Jesús, recibido en la Comunión Eucarística puede impregnar nuestro ser tan íntimamente, que podemos llegar a ser cada vez más semejantes a Cristo.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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8/8/12

La Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía (II): ¿Por qué se da Jesús a nosotros como comida y bebida?

Jesús se da a nosotros como alimento espiritual en la Eucaristía porque nos ama.

Todo el plan de Dios para nuestra salvación está dirigido a hacernos partícipes de la vida de la Trinidad, la comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Empezamos a participar en esta vida con nuestro Bautismo, cuando, por el poder del Espíritu Santo, nos unimos a Cristo, y nos convertimos así por adopción en hijos e hijas del Padre. Esta relación se fortalece y acrecienta en la Confirmación, y se nutre y profundiza mediante nuestra participación en la Eucaristía. Comiendo el Cuerpo y bebiendo la Sangre de Cristo en la Eucaristía llegamos a unirnos a la persona de Cristo a través de su humanidad.

“El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6:56). Al estar unidos a la humanidad de Cristo estamos al mismo tiempo unidos a su divinidad. Nuestra naturaleza mortal y corruptible se transforma al unirse con la fuente de la vida. “Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6:57).

Al estar unidos a Cristo por el poder del Espíritu Santo que habita en nosotros, nos hacemos parte de la eterna relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Como Jesús es por naturaleza el Hijo eterno de Dios, así nosotros nos hacemos hijos e hijas de Dios por adopción mediante el sacramento del Bautismo. Mediante los sacramentos del Bautismo y la Confirmación (Crismación), nos convertimos en templos del Espíritu Santo, que habita en nosotros, y al habitar en nosotros, somos ungidos con el don de la gracia santificante. La promesa última del Evangelio es que participaremos de la vida de la Santísima Trinidad. A esta participación en la vida divina los Padres de la Iglesia la llamaron “divinización” (theosis). En esto vemos que Dios no simplemente nos envía buenas cosas desde el cielo; por el contrario, somos introducidos también a la vida interior de Dios, a la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En la celebración de la Eucaristía (que significa “acción de gracias”) damos alabanza y gloria a Dios por este sublime don.

1/8/12

La Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía (I): Preguntas básicas y respuestas - Introducción

Uno de los misterios más grandes de nuestra fe es la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía. Es una certeza que el don de la fe nos ayuda a interiorizar y desarrollar espiritualmente para que esa presencia dé fruto en nosotros, los creyentes.

Pero muchas veces ni los propios creyentes, normalmente por una insuficiente formación sobre nuestra fe, podemos no ya explicar, sino entender siquiera en términos sencillos, la buena parte de la maravillosa realidad y significado de este misterio.

Sin lugar a dudas, la Palabra de Dios, en el Evangelio de Juan 6,48-51 nos explica todo cuanto necesitamos conocer: "Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo."

Pero también sucede que, aun siendo clara y evidente, como la Verdad que es, nos cuesta trabajo aceptar el misterio antes enunciado y sobre todo entenderlo con nuestra razón. No en vano, el siguiente versículo tras el anterior expresa la extrañeza de quienes escucharon en presencia de Jesucristo y en ese mismo momento, esas mismas palabras: "Discutían entre sí los judíos y decían: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"

Por eso, desde los primeros padres de la Iglesia a los últimos apologetas cristianos, se intenta explicar con limitadas palabras humanas, un hecho tan grande y tan cotidiano en cualquier Eucaristía, y para ello se han redactado profundos tratados teológicos, poemas enamorados y explicaciones suficientemente consistentes a lo largo de 2000 años.

En esta entrada y las siguientes, reproduciremos gradualmente una iniciativa de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América que intenta explicar este gran misterio en forma de preguntas y respuestas con un lenguaje suficientemente sencillo; dichas preguntas serán reproducidas en las siguientes entradas de la serie. Quien tenga interés por el documento completo, que no es muy extenso, puede consultarlo en el siguiente enlace:

La Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía: Preguntas básicas y respuestas; por la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América

Introducción

Jesús Nuestro Señor, la víspera de su pasión en la cruz, tomó una última cena con sus discípulos. Durante esta comida, nuestro Salvador instituyó el sacramento de su Cuerpo y su Sangre. Lo hizo a fin de perpetuar el sacrificio de la Cruz a través de los siglos y para encomendar a la Iglesia su Esposa el memorial de su muerte y resurrección. Como nos dice el Evangelio según S. Mateo:

Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman. Este es mi Cuerpo”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: “Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados”. (Mt 26:26-28; cf. Mc 14:22-24, Lc 22:17-20, 1 Co 11:23-25)

Recordando estas palabras de Jesús, la Iglesia Católica profesa que en la celebración de la Eucaristía, el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo por el poder del Espíritu Santo y mediante el ministerio del sacerdote. Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida. . . . Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6:51-55). Cristo entero está verdaderamente presente, cuerpo, sangre, alma y divinidad, bajo la apariencia de pan y vino: el Cristo glorificado que se levantó de entre los muertos después de morir por nuestros pecados. Esto es lo que quiere decir la Iglesia cuando habla de la “presencia real” de Cristo en la Eucaristía. Esta presencia de Cristo en la Eucaristía se denomina “real” sin excluir otros tipos de presencia como si no pudieran entenderse como reales (cf. Catecismo, no. 1374). Cristo resucitado está presente en su Iglesia de muchas maneras, pero muy especialmente a través del sacramento de su Cuerpo y su Sangre.

¿Qué significa que Jesucristo esté presente en la Eucaristía bajo la apariencia de pan y vino? ¿Cómo sucede esto? La presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía es un misterio inagotable que la Iglesia nunca puede explicar cabalmente con palabras. Debemos recordar que el Dios trino es el creador de todo lo que existe y tiene el poder de hacer más de lo que nos es posible imaginar. Como dijo S. Ambrosio: “Si la palabra del Señor Jesús es tan poderosa como para crear cosas que no existían, entonces con mayor razón las cosas que ya existen pueden ser convertidas en otras” ( De Sacramentis, IV, 5-16). Dios creó el mundo para compartir su vida con personas que no son Dios. Este gran plan de salvación revela una sabiduría que rebasa nuestro entendimiento. Pero no se nos deja en la ignorancia: por su amor a nosotros, Dios nos revela su verdad en formas que podamos comprender mediante el don de la fe y la gracia del Espíritu Santo que habita en nosotros. Así podemos entender, al menos en cierta medida, lo que de otro modo quedaría desconocido para nosotros, aunque nunca podamos conocer por nuestra sola razón completamente el misterio de Dios.

Como sucesores de los Apóstoles y auténticos maestros de la Iglesia, los obispos están obligados a transmitir lo que Dios nos ha revelado y alentar a todos los miembros de la Iglesia a profundizar su entendimiento del misterio y don de la Eucaristía. A fin de promover tal profundización de la fe, se ha preparado este texto para responder a varias preguntas que surgen comúnmente con respecto a la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Algunas de estas preguntas contienen ideas teológicas bastante complejas. Sin embargo, el estudio y análisis del texto puede ayudar a muchos de los fieles católicos a enriquecer su comprensión de este misterio de la fe.

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