30/1/14
Artículo: «La fuerza de la gracia», por Mons. Gerhard L. Müller
Tras el anuncio de un sínodo extraordinario que se celebrará en octubre de 2014 sobre la pastoral de la familia, se han sucedido intervenciones diversas, en particular acerca de la cuestión de los fieles divorciados vueltos a casar. Para profundizar con serenidad en el tema, que es cada vez más urgente, del acompañamiento pastoral de estos fieles en coherencia con la doctrina católica, L´Osservatore Romano ha publicado una amplia contribución del arzobispo prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe.
Indisolubilidad del matrimonio y debate sobre los divorciados vueltos a casar y los sacramentos
La fuerza de la gracia
La discusión sobre la problemática de los fieles que tras un divorcio han contraído una nueva unión civil no es nueva. Siempre ha sido tratada por la Iglesia con gran seriedad, con la intención de ayudar a las personas afectadas, puesto que el matrimonio es un sacramento que alcanza en modo particularmente profundo la realidad personal, social, e histórica del hombre. A causa del creciente número de afectados en países de antigua tradición cristiana, se trata de un problema pastoral de gran trascendencia. Hoy los creyentes se interrogan muy seriamente: ¿No puede la Iglesia autorizar a los cristianos divorciados y vueltos a casar, bajo determinadas condiciones, a recibir los sacramentos? ¿Les están definitivamente atadas las manos en estas cuestiones? Los teólogos, ¿realmente han considerado todas las implicaciones y consecuencias al respecto?
Estas preguntas deben ser discutidas en conformidad con la enseñanza católica sobre el matrimonio. Una pastoral enteramente responsable presupone una teología que se abandone a Dios que se revela, prestándole el pleno obsequio del entendimiento y de la voluntad», y asintiendo «voluntariamente a la revelación hecha por El» (Constitución apostólica Dei Verbum, n. 5). Para hacer comprensible la auténtica doctrina de la Iglesia, debemos comenzar por la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, explicada por la tradición eclesial e interpretada de modo vinculante por el Magisterio.
El testimonio de la Sagrada Escritura
No deja de ser problemático situar inmediatamente nuestra cuestión en el ámbito del Antiguo Testamento, puesto que entonces el matrimonio no era considerado como un sacramento. No obstante, la Palabra de Dios en la Antigua Alianza es significativa para nosotros, ya que Jesús se coloca en esta tradición y argumenta a partir de ella. En el decálogo se encuentra el mandamiento: «No cometerás adulterio» (Ex20,14), sin embargo, en otro lugar el divorcio es visto como algo posible. Según Dt 24,1-4, Moisés estableció que el hombre pueda expedir un libelo de repudio y despedir a la mujer de su casa, si no lo complace. En consecuencia de esto, el hombre y la mujer pueden volverse a casar. Sin embargo, junto a la concesión del divorcio, en el Antiguo Testamento es posible identificar una cierta resistencia hacia esta práctica. Al igual que el ideal de la monogamia, también la indisolubilidad está contenida en la comparación profética entre la alianza de Yavè con Israel y la alianza matrimonial. El profeta Malaquías lo expresa claramente: «No traicionarás a la esposa de tu juventud... siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza» (cfr Mal 2,14-15).
En particular, las controversias con los fariseos fueron para el Señor una ocasión para ocuparse del tema. Jesús se distancia expresamente de la práctica veterotestamentaria del divorcio, que Moisés había permitido a causa de la «dureza de corazón» de los hombres y se remite a la voluntad originaria de Dios: «Desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre» (Mc 10,5-9, cfr Mt 19; Lc 16,18). La Iglesia católica siempre se ha remitido, en la enseñanza y en la praxis, a estas palabras del Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio. El pacto que une íntima y recíprocamente a los conyugues entre sí, ha sido establecido por Dios. Designa una realidad que proviene de Dios y que, por tanto, ya no está a disposición de los hombres.
Algunos exégetas sostienen hoy que estas palabras de Jesús habrían sido aplicadas, ya en tiempos apostólicos, con una cierta flexibilidad, concretamente con respecto a la porneia/fornicación (cfr Mt5,32; 19,9) y a la separación entre un cristiano y su cónyuge no cristiano (cfr 1Cor 7,12-15). En el campo exegético, las cláusulas sobre la fornicación fueron objeto de discusión controvertida, desde el comienzo. Muchos están convencidos que no se trataría de excepciones a la indisolubilidad, sino de vínculos matrimoniales inválidos. De todos modos, la Iglesia no puede fundar su doctrina y praxis sobre hipótesis exegéticas debatidas. Ella debe atenerse a la clara enseñanza de Cristo.
Pablo establece la prohibición del divorcio como un deseo expreso de Cristo: «A los casados, en cambio, les ordeno –y esto no es mandamiento mío, sino del Señor– que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer» (1Cor 7,10-11). Al mismo tiempo, permite en razón de su propia autoridad, que un no cristiano pueda separarse de su cónyuge, si se ha convertido al cristianismo. En este caso, el cristiano «no queda obligado» a permanecer soltero (1Cor 7, 12-16). A partir de esta posición, la Iglesia reconoce que sólo el matrimonio entre un hombre y una mujer bautizados es un sacramento en sentido real, y que sólo a éstos se aplica la indisolubilidad en modo incondicional. El matrimonio de no bautizados, si bien está orientado a la indisolubilidad, bajo ciertas circunstancias –a causa de bienes más altos– puede ser disuelto (Privilegium Paulinum). No se trata aquí, por tanto, de una excepción a las palabras del Señor. La indisolubilidad del matrimonio sacramental, es decir de éste en el ámbito del misterio cristiano, permanece intacta.
La Carta a los Efesios es de grande significado para el fundamento bíblico de la comprensión sacramental del matrimonio. En ella se señala: «Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25). Y más adelante, escribe el Apóstol: «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,31-32). El matrimonio cristiano es un signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia. El matrimonio entre bautizados es un sacramento porque significa y confiere la gracia de este pacto.
El testimonio de la Tradición de la Iglesia
Los Padre de la Iglesia y los Concilios constituyen un importante testimonio para el desarrollo de la posición eclesiástica. Según los Padres, las instrucciones bíblicas son vinculantes. Éstos rechazan las leyes estatales sobre el divorcio por ser incompatibles con las exigencias de Jesús. La Iglesia de los Padres, en obediencia al Evangelio, rechazó el divorcio y un segundo matrimonio. En este punto, el testimonio de los Padres es inequivocable.
En la época patrística, los creyentes separados que se habían vuelto a casar civilmente no eran readmitidos oficialmente a los sacramentos, aún cuando hubiesen pasado por un periodo de penitencia. Algunos textos patrísticos, es cierto, permiten reconocer abusos, que no siempre fueron rechazados con rigor y que, en ocasiones, se buscaron soluciones pastorales para rarísimo casos-límites.
Más tarde, en algunas regiones, sobre todo a causa de la creciente interdependencia entre el Estado y la Iglesia, se llegó a compromisos mayores. En Oriente este desarrollo prosiguió su curso y condujo, especialmente después de la separación de la Cathedra Petri, a una praxis cada vez más liberal. Hoy existe en las iglesias ortodoxas una multitud de causas para el divorcio, que en su mayoría son justificados mediante la referencia a la Oikonomia, la indulgencia pastoral en casos particularmente difíciles, y abren el camino a un segundo o tercer matrimonio con carácter penitencial. Esta práctica no es coherente con la voluntad de Dios, tal como se expresa en las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, y representa una dificultad significativa para el ecumenismo.
En Occidente, la Reforma Gregoriana se opuso a la tendencia liberalizadora y retornó a la interpretación originaria de la Escritura y de los Padres. La Iglesia Católica ha defendido la absoluta indisolubilidad del matrimonio también al precio de grandes sacrificios y sufrimientos. El cisma de la «Iglesia de Inglaterra» separada del sucesor de Pedro, tuvo lugar no con motivo de diferencias doctrinales, sino porque el Papa, en obediencia a las palabras de Jesús, no podía ceder a la presión del rey Enrique VIII para disolver su matrimonio.
El Concilio de Trento confirmó la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio sacramental y explicó que ésta corresponde a la enseñanza del Evangelio (cfr DH 1807). En ocasiones, se sostiene que la Iglesia toleró de hecho la praxis oriental. Esto no corresponde a la verdad. Los canonistas hablaron reiteradamente de una práctica abusiva, y existen testimonios de grupos de cristianos ortodoxos, que, convertidos al catolicismo, tuvieron que firmar una confesión de fe con una expresa referencia a la imposibilidad de un segundo o un tercer matrimonio.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre «la Iglesia en el mundo de hoy», ha enseñado una doctrina teológica y espiritualmente profunda sobre el matrimonio. Ella sostiene de forma clara su indisolubilidad. El matrimonio se entiende como una comunidad integral, corpóreo-espiritual, de vida y amor entre un hombre y una mujer, que recíprocamente se entregan y reciben como personas. Mediante el acto personal y libre del consentimiento recíproco, se funda por derecho divino una institución estable ordenada al bien de los conyugues y de la prole, e independiente del arbitrio del hombre: «Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad» (n. 48). A través del sacramento, Dios concede a los conyugues una gracia especial: «Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (idem). Mediante el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio contiene un significado nuevo y más profundo: Llega a ser una imagen del amor de Dios hacia su pueblo y de la irrevocable fidelidad de Cristo a su Iglesia.
El matrimonio como sacramento se puede entender y vivir sólo en el contexto del misterio de Cristo. Cuando el matrimonio se seculariza o se contempla como una realidad meramente natural, queda impedido el acceso a su sacramentalidad. El matrimonio sacramental pertenece al orden de la gracia y, en definitiva, está integrado en la comunidad de amor de Cristo con su Iglesia. Los cristianos están llamados a vivir su matrimonio en el horizonte escatológico de la llegada del Reino de Dios en Jesucristo, Verbo de Dios encarnado.
El testimonio del Magisterio en épocas recientes
Con el texto, aún hoy fundamental, de la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, publicado por Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1981, después del Sínodo de Obispos sobre la familia cristiana en el mundo de hoy, se confirma expresamente la enseñanza dogmática de la Iglesia sobre el matrimonio. Desde el punto de vista pastoral, la Exhortación postsinodal se ocupa también de la atención de los fieles vueltos a casar con rito civil, pero que están aún vinculados entre sí por un matrimonio eclesiástico válido. El Papa manifiesta por tales fieles un alto grado de preocupación y de afecto. El n. 84 («Divorciados vueltos a casar») contiene las siguientes afirmaciones fundamentales:
1. Los pastores que tienen cura de ánimas, están obligados por amor a la verdad «a discernir bien las situaciones». No es posible evaluar todo y a todos de la misma manera.
2. Los pastores y las comunidades están obligados a ayudar con solicita caridad a los fieles interesados. También ellos pertenecen a la Iglesia, tienen derecho a la atención pastoral y deben tomar parte en la vida de la Iglesia.
3. Sin embargo, no se les puede conceder el acceso a la Eucaristía. Al respecto se adopta un doble motivo:
a) «Su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía»;
b) «Si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio». Una reconciliación a través del sacramento de la penitencia, que abre el camino hacia la comunión eucarística, únicamente es posible mediante el arrepentimiento acerca de lo acontecido y «la disposición a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio». Esto significa, concretamente, que cuando por motivos serios la nueva unión no puede interrumpirse, por ejemplo a causa de la educación de los hijos, el hombre y la mujer deben «obligarse a vivir una continencia plena».
4. A los pastores se les prohíbe expresamente, por motivos teológico sacramentales y no meramente legales, efectuar «ceremonias de cualquier tipo» para los divorciados vueltos a casar», mientras subsista la validez del primer matrimonio.
La carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, del 14 de septiembre de 1994, ha confirmado que la praxis de la Iglesia, frente a esta pregunta, «no puede ser modificada basándose en las diferentes situaciones» (n.5). Además, se aclara que los fieles afectados no deben acercarse a recibir la sagrada comunión basándose en sus propias convicciones de conciencia: «En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores (…), tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia está reñido abiertamente con la doctrina de la Iglesia» (n. 6). Si existen dudas acerca de la validez de un matrimonio fracasado, éstas deberán ser examinadas por el tribunal matrimonial competente (cfr n. 9). Sigue siendo de fundamental importancia obrar «con solícita caridad [para] hacer todo aquello que pueda fortalecer en el amor de Cristo y de la Iglesia a los fieles que se encuentran en situación matrimonial irregular. Sólo así será posible para ellos acoger plenamente el mensaje del matrimonio cristiano y soportar en la fe los sufrimientos de su situación. En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador» (n. 10).
En la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum caritatis, del 22 de febrero de 2007, Benedicto XVI retoma y da nuevo impulso al trabajo del anterior Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía. El n. 29 del documento trata acerca de la situación de los fieles divorciados y vueltos a casar. También para Benedicto XVI se trata aquí de «un problema pastoral difícil y complejo». Reitera «la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cfr Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo», pero también exhorta a los pastores a dedicar «una especial atención» a los afectados, «con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos». Cuando existen dudas sobre la validez de un matrimonio anterior fracasado, éstas deberán ser examinadas por los tribunales matrimoniales competentes.
La mentalidad actual contradice la comprensión cristiana del matrimonio especialmente en lo relativo a la indisolubilidad y la apertura a la vida. Puesto que muchos cristianos están influido por este contexto cultural, en nuestros días, los matrimonios están más expuestos a la invalidez que en el pasado. En efecto, falta la voluntad de casarse según el sentido de la doctrina matrimonial católica y se ha reducido la pertenencia a un contexto vital de fe. Por esto, la comprobación de la validez del matrimonio es importante y puede conducir a una solución de estos problemas. Cuando la nulidad del matrimonio no puede demostrarse, la absolución y la comunión eucarística presuponen, de acuerdo con la probada praxis eclesial, una vida en común «como amigos, como hermano y hermana». Las bendiciones de estas uniones irregulares, «para que no surjan confusiones entre los fieles sobre el valor del matrimonio, se deben evitar». La bendición (bene-dictio: aprobacion por parte de Dios) de una relación que se opone a la voluntad del Señor es una contradicción en sí misma.
En su homilía para el VII Encuentro Mundial de las Familias en Milán, el 3 de junio de 2012, Benedicto XVI habló una vez más de este doloroso problema: «Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía».
El último Sínodo de Obispos sobre «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana» (7-28 de octubre de 2012), ha vuelto a ocuparse de la situación de los fieles que tras el fracaso de una comunidad de vida matrimonial (no el fracaso del matrimonio como tal, que permanece en cuanto sacramento), han establecido una nueva unión y conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio. En el mensaje conclusivo, los Padres sinodales se dirigieron a ellos con las siguientes palabras: «A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que también la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación».
Consideraciones antropológicas y teológico-sacramentales
La doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio encuentra con frecuencia incomprensiones en un ambiente secularizado. Allí donde las ideas fundamentales de la fe cristiana se han perdido, la mera pertenencia convencional a la Iglesia no está en condiciones de sostener decisiones de vida relevantes ni de ofrecer un apoyo en las crisis tanto del estado matrimonial como del sacerdotal y la vida consagrada. Muchos se preguntan: ¿Cómo podré comprometerme para toda la vida con una única mujer o un único hombre? ¿Quién me puede decir cómo estará mi matrimonio en diez, veinte, treinta o cuarenta años? Por otra parte, ¿es posible una unión de carácter definitivo a una única persona? La gran cantidad de uniones matrimoniales que hoy se rompen refuerzan el escepticismo de los jóvenes sobre las decisiones que comprometan la propia vida para siempre.
Por otra parte, el ideal de la fidelidad entre un hombre y una mujer, fundado en el orden de la creación, no ha perdido nada de su atractivo, como lo revelan recientes encuestas dirigidas a gente joven. La mayoría de los jóvenes anhela una relación estable y duradera, tal como corresponde a la naturaleza espiritual y moral del hombre. Además, se debe recordar el valor antropológico del matrimonio indisoluble, que libera a los cónyuges de la arbitrariedad y de la tiranía de sentimientos y estados de ánimo, y les ayuda a sobrellevar las dificultades personales y a vencer las experiencias dolorosas. En particular, protege a los niños, que, por lo general, son los que más sufren con la ruptura del matrimonio.
El amor es más que un sentimiento o instinto. En su esencia, el amor es entrega. En el amor matrimonial, dos personas se dicen consciente y voluntariamente: sólo tú, y para siempre. A las palabras del Señor: «Lo que Dios ha unido» corresponde la promesa de los esposos: «Yo te acepto como mi marido… Yo te acepto como mi mujer… Quiero amarte, cuidarte y honrarte toda mi vida, hasta que la muerte nos separe». El sacerdote bendice la alianza que los esposos han sellado entre si ante la presencia de Dios. Quien se pregunte si el vínculo matrimonial tiene una naturaleza ontológica, déjese instruir por las palabras del Señor: «Al principio, el Creador los hizo varón y mujer, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 4-6).
Para los cristianos rige el hecho de que el matrimonio entre bautizados –por tanto, incorporados al cuerpo de Cristo–, tiene una dimensión sacramental y representa así una realidad sobrenatural. Uno de los más serios problemas pastorales está constituido por el hecho de que algunos juzgan el matrimonio exclusivamente con criterios mundanos y pragmáticos. Quien piensa según «el espíritu del mundo» (1Cor 2,12) no puede comprender la sacramentalidad del matrimonio. La Iglesia no puede responder a la creciente incomprensión sobre la santidad del matrimonio con una adaptación pragmática ante lo presuntamente inexorable, sino sólo mediante la confianza en «el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido» (1Cor 2,12). El matrimonio sacramental es un testimonio de la potencia de la gracia que transforma al hombre y prepara a toda la Iglesia para la ciudad santa, la nueva Jerusalén, la Iglesia misma, preparada «como una novia que se engalana para su esposo» (Ap 21,2). El evangelio de la santidad del matrimonio se anuncia con audacia profética. Un profeta tibio busca su propia salvación en la adaptación al espíritu de los tiempos, pero no la salvación del mundo en Jesucristo. La fidelidad a las promesas del matrimonio es un signo profético de la salvación que Dios dona al mundo: «Quien sea capaz de entender, que entienda» (Mt 19,12). Mediante la gracia sacramental, el amor conyugal es purificado, fortalecido e incrementado. «Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio» (Gaudium et spes, n. 49). Los esposos, en virtud del sacramento del matrimonio, participan en el definitivo e irrevocable amor de Dios. Por esto, pueden ser testigos del fiel amor de Dios, nutriendo permanentemente su amor a través de una vida de fe y de caridad.
Los pastores saben que existen ciertamente situaciones en que la convivencia matrimonial, por motivos graves, se torna prácticamente imposible, por ejemplo, a causa de violencia sicológica o física. En estas situaciones dolorosas la Iglesia ha siempre permitido que los conyugues se separaran. Sin embargo, se debe precisar que el vínculo conyugal del matrimonio válidamente celebrado se mantiene intacto ante Dios, y sus integrantes no son libres para contraer un nuevo matrimonio mientras el otro cónyuge permanece con vida. Los pastores y las comunidades cristianas se deben por lo tanto comprometer en promover caminos de reconciliación, también en estas situaciones, o bien, cuando no sea posible, ayudar a las personas afectadas a superar en la fe su difícil situación.
Comentarios teológico morales
Cada vez con más frecuencia se sugiere que la decisión de acercarse o no a la comunión eucarística por parte de los divorciados vueltos a casar debería dejarse a la iniciativa de la conciencia personal. Este argumento, al que subyace un concepto problemático de «conciencia», ya fue rechazado en la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1994. Desde luego, los fieles deben examinar su conciencia en cada celebración eucarística para ver si es posible recibir la sagrada comunión, a la que siempre se opone un pecado grave no confesado. Los fieles tienen el deber de formar su conciencia y de orientarla a la verdad. Para esto, deben prestar obediencia a la voz del Magisterio de la Iglesia que ayuda «a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 64).
Cuando los divorciados vueltos a casar están en conciencia convencidos de que su matrimonio anterior no era válido, tal hecho se deberá comprobarse objetivamente, a través de la autoridad judicial competente en materia matrimonial. El matrimonio no es incumbencia exclusiva de los conyugues delante de Dios, sino que, siendo una realidad de la Iglesia, es un sacramento, respecto del cual no toca al individuo decidir su validez, sino a la Iglesia, en la que él se encuentra incorporado mediante la fe y el Bautismo. «Si el matrimonio precedente de unos fieles divorciados y vueltos a casar era válido, en ninguna circunstancia su nueva unión puede considerarse conformé al derecho; por tanto, por motivos intrínsecos, es imposible que reciban los Sacramentos. La conciencia de cada uno está vinculada, sin excepción, a esta norma» (Card. Joseph Ratzinger, «A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar», 30 de Noviembre de 2011),
Igualmente, la doctrina de la epikeia, según la cual, una ley vale en términos generales, pero la acción humana no siempre corresponde totalmente a ella, no puede ser aplicada aquí, puesto que en el caso de la indisolubilidad del matrimonio sacramental se trata de una norma divina que la Iglesia no tiene autoridad para cambiar. Ésta tiene, sin embargo, en la línea del Privilegium Paulinum, la potestad para esclarecer qué condiciones se deben cumplir para que surja el matrimonio indisoluble según las disposiciones de Jesús. Reconociendo esto, ella ha establecido impedimentos matrimoniales, reconocido causas para la nulidad del matrimonio, y ha desarrollado un detallado procedimiento.
Otra tendencia a favor de la admisión de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos es la que invoca el argumento de la misericordia. Puesto que Jesús mismo se solidarizó con las personas que sufren, dándoles su amor misericordioso, la misericordia sería por lo tanto un signo especial del auténtico seguimiento de Cristo. Esto es cierto, sin embargo, no es suficiente como argumento teológico-sacramental, puesto que todo el orden sacramental es obra de la misericordia divina y no puede ser revocado invocando el mismo principio que lo sostiene. Además, mediante una invocación objetivamente falsa de la misericordia divina se corre el peligro de banalizar la imagen de Dios, según la cual Dios no podría más que perdonar. Al misterio de Dios pertenece el hecho de que junto a la misericordia están también la santidad y la justicia. Si se esconden estos atributos de Dios y no se toma en serio la realidad del pecado, tampoco se puede hacer plausible a los hombres su misericordia. Jesús recibió a la mujer adúltera con gran compasión, pero también le dijo: «vete y desde ahora no peques más» (Jn 8,11). La misericordia de Dios no es una dispensa de los mandamientos de Dios y de las disposiciones de la Iglesia. Mejor dicho, ella concede la fuerza de la gracia para su cumplimiento, para levantarse después de una caída y para llevar una vida de perfección de acuerdo a la imagen del Padre celestial.
La solicitud pastoral
Aunque por su propia naturaleza no sea posible admitir a los sacramentos a las personas divorciadas y vueltas a casar, tanto más son necesarios los esfuerzos pastorales hacia estos fieles. Pero se debe tener en cuenta que tales esfuerzos tienen que mantenerse dentro del marco de la Revelación y de los presupuestos de la doctrina de la Iglesia. El camino señalado por la Iglesia para estas personas no es simple. Sin embargo, ellas deben saber y sentir que la Iglesia, como comunidad de salvación, les acompaña en su camino. Cuando los cónyuges se esfuerzan por comprender la praxis de la Iglesia y se abstienen de la comunión, ellos ofrecen a su modo un testimonio a favor de la indisolubilidad del matrimonio.
La solicitud por los divorciados vueltos a casar no se debe reducir a la cuestión sobre la posibilidad de recibir la comunión sacramental. Se trata de una pastoral global que procura estar a la altura de las diversas situaciones. Es importante al respecto señalar que además de la comunión sacramental existen otras formas de comunión con Dios. La unión con Dios se alcanza cuando el creyente se dirige a Él con fe, esperanza y amor, en el arrepentimiento y la oración. Dios puede conceder su cercanía y su salvación a los hombres por diversos caminos, aún cuando se encuentran en una situación de vida contradictoria. Como ininterrumpidamente subrayan los recientes documentos del Magisterio, los pastores y las comunidades cristianas están llamados a acoger abierta y cordialmente a los hombres en situaciones irregulares, a permanecer a su lado con empatía, procurando ayudarles, y dejándoles sentir el amor del Buen Pastor. Una pastoral fundada en la verdad y en el amor encontrará siempre y de nuevo los caminos legítimos por recorrer y formas más justa para actuar.
S.E. Mons. Gerhard L. Müller, Arzobispo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
23 de octubre de 2013
Publicado originalmente en L`Osservatore Romano
El Sacramento de la Confirmación. Catequesis completa del Papa
En esta tercera catequesis sobre los sacramentos, nos centramos en la confirmación, que debe ser entendida en continuidad con el Bautismo, al que está vinculada de manera inseparable. Estos dos sacramentos, junto con la Eucaristía, constituyen un único evento salvador que se llama: la "iniciación cristiana", en el que somos insertados en Cristo Jesús muerto y resucitado, y nos convertimos en nuevas criaturas y miembros de la Iglesia. Es por ello que en su origen estos tres sacramentos se celebraban en un solo momento, al final del camino catecumenal, que era por lo general en la Vigilia de Pascua. Así venía sellado el camino de formación y de progresiva inserción en la comunidad cristiana que podía durar unos cuantos años. Se hacía paso a paso, ¿no?, para llegar al Bautismo, después a la Confirmación y a la Eucaristía.
Comúnmente hablamos del sacramento de la "Confirmación", una palabra que significa " unción". Y, de hecho, a través del óleo, llamado "sagrado crisma" venimos formamos, en la potencia del Espíritu, a Jesucristo, que es el único verdadero "ungido ", el " Mesías", el Santo de Dios. Hemos escuchado en el Evangelio como Jesús lee aquello de Isaías, lo vemos más adelante, es el ungido: "yo soy enviado y ungido para esta misión."
El término "Confirmación" nos recuerda que este Sacramento confiere un crecimiento de la gracia bautismal: nos une más firmemente a Cristo; completa nuestro vínculo con la Iglesia; nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de su cruz (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1303). Y por esta razón es importante tener cuidado de que nuestros niños, nuestros muchachos tengan este sacramento. Todos nos preocupamos de que estén bautizados y esto es bueno, ¿eh? Pero tal vez no tengamos tanto cuidado de que reciban la Confirmación: quedan a mitad de camino y no reciben el Espíritu Santo, ¡eh!, ¡que es muy importante en la vida cristiana, porque nos da la fuerza para seguir adelante! Pensemos un poco, cada uno de nosotros: ¿estamos, de verdad, preocupados de que nuestros niños y muchachos reciban la Confirmación? Es importante esto: es importante. Y si ustedes tienen niños o muchachos en casa que todavía no la han recibido y tienen la edad suficiente para recibirla, hagan todo lo posible para acabar esta iniciación cristiana para que ellos reciban la fuerza del Espíritu Santo. ¡Es importante!
Por supuesto, es importante ofrecer a los que reciben la Confirmación una buena preparación, que debe tener como objetivo conducirlos a una adhesión personal a la fe en Cristo y despertar en ellos el sentido de pertenencia a la Iglesia.
La Confirmación, como todo Sacramento, no es la obra de los hombres, sino de Dios, que cuida de nuestras vidas para moldearnos a la imagen de su Hijo, para que podamos amar como Él. Y hace esto infundiendo en nosotros su Espíritu Santo, cuya acción impregna a toda la persona y durante toda la vida, como se refleja en los siete dones que la Tradición, a la luz de la Sagrada Escritura, siempre ha evidenciado. De estos siete dones... no quiero preguntarles si se acuerdan de los siete dones, no. Tal vez muchos lo dirán, pero que no es necesario, no. Todos dirán es éste, éste, ese otro... pero no lo hagan. Yo los digo en su nombre, ¿eh? ¿Cuáles son los dones? La Sabiduría, el Intelecto, el Consejo, la Fortaleza, la Ciencia, la Piedad y Temor de Dios. Y estos dones se nos han dado precisamente con el Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación. A estos dones tengo la intención de dedicar las catequesis que seguirán a las de los Sacramentos.
Cuando acogemos al Espíritu Santo en nuestros corazones, y lo dejamos actuar, Cristo se hace presente en nosotros y toma forma en nuestra vida; a través de nosotros, será Él -oigan bien esto, ¿eh?, a través de nosotros será el mismo Cristo quien orará, perdonará, infundirá esperanza y consuelo, servirá a los hermanos, estará cerca de los necesitados y de los últimos, creará comunión y sembrará la paz. ¡Piensen en lo importante que es esto: que es a través del Espíritu Santo, que viene Cristo para hacer todo esto en medio de nosotros y para nosotros! Por esta razón, es importante que los niños y jóvenes reciban este Sacramento.
¡Queridos hermanos y hermanas, recordemos que hemos recibido la Confirmación, todos nosotros! Recordémoslo ante todo para dar las gracias al Señor por este don y luego para pedirle que nos ayude a vivir como verdaderos cristianos, a caminar con alegría según el Espíritu Santo que nos fue dado. ¡Está visto, que estos últimos miércoles, a mitad de la audiencia, nos bendicen desde el Cielo: pero, ustedes son valientes, adelante!
26/1/14
«Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció»
III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Isaías 8, 23b. 9, 3 // Salmo 26
// 1ª Corintios 1, 10-13.17 // Mateo 4, 12-23.
Las Lecturas de este Domingo nos hablan principalmente de dos cosas: de la manifestación de Jesús como fuente de luz y de salvación, y de la elección de los primeros discípulos.
Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías así: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is. 8,23/9-3).
El Evangelista San Mateo es uno de los discípulos escogidos y se da cuenta de que esa profecía de Isaías que hemos leído en la Primera Lectura (Is. 9, 1-4) se está cumpliendo ante sus propios ojos. Por eso, al comenzar a narrar en su Evangelio la vida pública del Señor, San Mateo quiere comunicarnos esa buena nueva a todos: nos dice que Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías.
Pero ¿qué significará esto que dice el Profeta Isaías? En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.
En otro tiempo el Señor humilló esa zona hace referencia a que sus habitantes habían sido conquistados por Asiria siglos antes. Tan grave era su situación que la zona era llamada Galilea de los paganos, pues estaban en gran oscuridad por ignorancia religiosa, idolatría y otros pecados. Pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar porque precisamente allí comenzará a brillar esa gran Luz que es Jesucristo.
Es por ello que en el Salmo 26 hemos alabado a Jesús cantando: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Y, siendo el Señor nuestra luz y salvación, ¿a quién deberemos seguir? ¿En quién nos deberemos apoyar?
En el Salmo hemos orado respondiendo estas preguntas... Pero a veces no nos damos cuenta de lo que decimos. Sabiendo que Jesús es nuestra luz y nuestra salvación, a El debemos seguir. Y de esto se trata este Evangelio de hoy.
En efecto, San Mateo nos narra también la elección de los primeros discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Pero tengamos en cuenta que el Señor nos escoge y nos llama a todos para ser sus discípulos y seguidores. No sólo llama a los Sacerdotes y a las Religiosas: el Señor nos llama a todos. Y el Señor llama de muchas maneras y en diferentes circunstancias a lo largo de toda nuestra vida.
Sucede, sin embargo, que la voz del Señor es suave y el llamado que hace a nuestra puerta es también suave. No nos obliga, no nos grita, ni tampoco tumba nuestra puerta. El Señor es un caballero. No nos doblega, ni nos amenaza. Pero siempre está allí, llamando a nuestra puerta.
Somos libres de abrirle o no. Somos libres de responderle o no. El llamado es para seguirle a El. Puede ser en la vida de familia o en la vida religiosa o hasta solos en el celibato. Pero sea para una u otra cosa, siempre será para “estar en el mundo sin ser del mundo” (Jn. 15, 18 - 17, 14).
Esta frase del Señor es ¡tan poco comprendida y tan poco practicada! Se rdel mundo, viviendo y compartiendo la vida de los demás pero sin ser del mundo, sin tener los criterios del mundo, sin dejarnos influenciar por las teorías del mundo. Debemos ser luz. Hemos sido escogidos por El para seguirle. “Ven y sígueme”, les dijo a sus primeros discípulos. “Ven y sígueme”, nos dice a cada uno de nosotros también.
Y seguirle implica muchas veces ir contra la corriente, ir contra lo que el mundo nos propone. Seguirle es ser como El y es vivir como El. Y ¿qué hace Jesús? ¿Qué nos muestra Jesús con su vida aquí en la tierra? Lo sabemos y El nos lo ha dicho: “He bajado del Cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn. 6, 38).
Seguirlo a El es, entonces, buscar la Voluntad de Dios y no la propia voluntad. Es hacer lo que Dios quiere y no lo que yo quiero. Es ser como Dios quiere que sea y no como yo quiero ser.
A veces creemos que por ser Católicos, bautizados, ya tenemos asegurada la salvación. Ciertamente nuestro catolicismo significa que tenemos a nuestra disposición todos los medios de salvación que nos llegan a través de la Iglesia por Cristo fundada. Pero no basta.
El Señor tal vez podría decirnos como nos ha dicho en la Carta a los Hebreos: “Tengamos cuidado, no sea que alguno se quede fuera. Porque a nosotros también se nos ha anunciado ese mensaje de salvación, lo mismo que a los israelitas en el desierto; pero a ellos no les sirvió de nada oírlo, porque no lo recibieron con fe” (Hb. 4, 1-2). Esta advertencia se refiere a que, de los varones que salieron de Egipto, sólo Josué y Caleb entraron a la Tierra Prometida.
No basta decir yo tengo fe, yo creo en Dios. Esa fe tiene consecuencias. Recibir el mensaje de Jesucristo con fe, hoy, es seguirlo en el cumplimiento de la Voluntad de Dios. Tal vez algunos que no han nacido y crecido como Católicos busquen la Voluntad de Dios mejor que muchos de los que sí hemos tenido ese privilegio.
Cristo nos exige pero a la vez nos ilumina. Cristo es la luz del mundo. Así lo reconocemos en la preciosa imagen que preside el altar de nuestra parroquia: "El Santísimo Cristo de la Luz".
Cristo quiere iluminar nuestras vidas, ser la luz que guíe nuestros pasos al caminar. Pero la mayoría de las veces nos alejamos de esa luz y buscamos en la tiniebla. La mayoría de las veces nos dejamos iluminar por las "cerillas" de nuestro mundo, de los que nos rodean, de nuestra sociedad. Caminamos a tientas, sin ver. Y lo peor es que no queremos acercarnos a la luz, a Cristo. No queremos dejarnos iluminar por su Palabra, por su Iglesia. ¡¡Así nos va!! Dice el refrán que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pues no hay peor cristiano que el que no quiere ver y ser iluminado por Cristo.
Que Dios nos conceda acercarnos a su luz y vivir la Salvación. Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
19/1/14
«Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo»
II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Isaías 49, 3.5-6 // Salmo 39
// 1ª Corintios 1, 1-3 // Juan 1, 29-34.
El domingo pasado veíamos a Dios Padre decir de Jesucristo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Este domingo vemos a San Juan Bautista decirnos: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”. Jesús, presentado por el Padre como su Hijo amado, es ahora presentado por San Juan Bautista como el Cordero inocente que será ofrecido en sacrificio para salvarnos de nuestros pecados.
Sigamos con las palabras del Bautista, que son elocuentes y muy importantes. Al ver venir Jesucristo hacia él, San Juan Bautista dice: “Este es aquél de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía.”
¿Qué significan estas palabras? Varias cosas: primero es interesante conocer por ellas que San Juan Bautista no conocía a su primo Jesús. Segundo: que a San Juan Bautista, como Precursor de Jesucristo, Dios le reveló de manera extraordinaria, que Jesucristo era Dios y que, como Dios, era superior a él y, además, le reveló la eternidad de Dios. “Ya existía antes que yo”.
Esta no es la única revelación que recibió el Precursor del Señor. El Bautista nos vuelve a decir:
“Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquél sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.
De tal forma que ya Dios Padre había dado a San Juan Bautista la clave para reconocer a su Hijo: “Aquél sobre quien bajara y se posara el Espíritu Santo”. Y en efecto, aún sin conocerlo, Juan dice que vio al Espíritu Santo descender del cielo como en forma de paloma y posarse sobre Jesucristo.
Y en este bellísimo pasaje de la vida del Señor y de su Precursor, no sólo vemos la revelación de Jesucristo, como Hijo de Dios, sino también la revelación de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. San Juan Bautista nos da el testimonio de lo que ve y escucha:
Por una parte, puede ver el Espíritu de Dios descender sobre Jesús en forma como de paloma. Las palabras del Bautista describiendo el Espíritu Santo hacen recordar la mención del Espíritu de Dios en el Génesis, antes de la creación del mundo, cuando “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1, 2). Tal vez ese “aletear” del Espíritu Santo hace que San Juan compare ese “aletear” con el aletear de la paloma.
Luego sabemos que San Juan Bautista escuchó la voz de Dios Padre que revelaba quién era Jesucristo: “Este es mi Hijo amado”. Es decir, en el Bautismo del Señor vemos a la Santísima Trinidad en pleno: el Padre que habla, el Hijo hecho Hombre que sale del agua bautizado y el Espíritu Santo que aleteando cual paloma se posa sobre Jesús.
Y Juan nos dice también que su bautismo era sólo de agua para aquéllos que se convertían, pero que Jesús, el Hijo de Dios, nos bautizaría a nosotros con Espíritu Santo. ¿Y qué quiere decir esto?
Esto es importantísimo: significa que el bautismo que Jesucristo instituyó, es decir, el Bautismo Sacramento, aunque se nos bautiza con agua, además de purificarnos del Pecado Original, nos comunica el Espíritu Santo, que tiene el poder de transformarnos interiormente
Que además el Sacramento del Bautismo nos comunica la vida de Dios, por la que somos también, como Jesús, hijos de Dios. ¡Esto se dice muy fácilmente, pero es de una grandeza incalculable! Significa que por los méritos de Jesucristo -Quien es el Cordero de Dios que San Juan Bautista nos revela- realmente somos hijos de Dios... y podemos llamar a Dios, “Padre”.
Recordar el Bautismo de Jesús es recordar la necesidad que tenemos de bautizar a nuestros hijos cuanto antes, para que puedan ser verdaderos hijos de Dios.
Es recordar la necesidad que tenemos de purificar nuestras almas en las aguas del arrepentimiento y de la confesión de nuestros pecados. Es recordar que en todo momento y bajo cualquier circunstancia necesitamos la humildad y la docilidad que nos llevan a buscar la Voluntad de Dios por encima de cualquier otra cosa.
Pero nada de esto es posible por esfuerzo propio, sino dejándolo a El hacer la transformación necesaria en nosotros, por medio de la cual El nos va haciendo cada vez más parecidos a El.
Que nuestra vida se convierta en una continua entrega a la Voluntad de Dios, de manera que así como los cielos se abrieron para Jesús al recibir el Bautismo de Juan, se abran también para nosotros en el momento de nuestro paso a la otra vida y podamos escuchar la voz del Padre reconociéndonos también como hijos suyos en quienes se complace, porque como su Hijo Jesucristo, hemos buscado hacer su Voluntad.
Este evangelio nos descubre una cosa muy importante: es Dios quien nos revela en lo hondo del corazón su Divinidad. A Juan Bautista le reveló quién era Jesús, a nosotros nos revela quién es Jesús hoy. No podemos acercarnos a un mero conocimiento de Cristo si no es inspirados y sostenidos por el Espíritu Santo. Por mucho que nos empeñemos en conocer a Cristo con el sólo estudio no alcanzaremos nada. Dios se revela a cada uno, es Ël quien tiene la iniciativa y espera de nosotros la apertura de nuestros corazones, de nuestras vidas. Espera nuestra fe sincera y humilde. Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
12/1/14
"Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puestas todas mis complacencias"
FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
Lecturas: Libro de Isaías 42,1-4.6-7 // Salmo 29(28) // Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34-38. // Evangelio según San Mateo 3,13-17.
El Bautismo que Juan impartía significaba la aceptación de la conversión de aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban arrepentirse para poder optar por el Reino de los Cielos, que Juan anunciaba y que el Mesías vendría pronto a establecer.
Vemos, entonces, cómo el Bautismo que Juan impartía era un Bautismo de conversión. Los que deseaban cambiar de vida eran bautizados por él con agua y este bautismo no era como el Bautismo que nosotros conocemos y recibimos como Sacramento, sino que era la aceptación de ese cambio que ellos estaban dispuestos a hacer en sus vidas.
En efecto, nos dice el Evangelio de San Lucas que la gente al preguntar a Juan qué debían hacer para convertirse, él les recomendaba: el que tenga qué comer, dé al que no tiene; a los cobradores de impuesto les decía que no cobraran más de lo debido; a los soldados, que no abusaran de la gente y que no hicieran denuncias falsas.Y así iban llegando a arrepentirse y a bautizarse con San Juan Bautista.
Llama la atención que Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro de los que se estaban convirtiendo, a pedirle a Juan, su primo y su Precursor, que le bautizara. Tanto es así, que el mismo Bautista, que venía predicando insistentemente que detrás de él vendría “uno que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (Mc. 1, 7), se queda impresionado de la petición del Señor.
Y vemos en el Evangelio que San Juan Bautista le discute: “Soy yo quien debe ser bautizado por Tí, ¿y Tú vienes a que yo te bautice?” Sin embargo, el Señor lo convence: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere. Entonces Juan accedió a bautizarlo” (Mt. 3, 14-15).
Hace pocos días celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios. Y enseguida nos llega esta Fiesta de su Bautismo. Pero ¿cómo puede ser esto de un Dios bautizado? Pues bien, el objeto de su Bautismo es el mismo que el de su Nacimiento: identificarse con la humanidad pecadora.
Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo, no tenía necesidad de bautismo. Pero en el Jordán quiso presentarle al Padre los pecados del mundo y asumirlos El ¡Todo un Dios, en Quien no puede haber pecado alguno, se pone en lugar de la humanidad pecadora, haciéndose bautizar!
Y esos pecados, los pecados del mundo, El los toma sobre sí en la Cruz y nos redime de ellos. Es por ello que desde el Jordán, San Juan Bautista, al ver a Jesús acercarse, lo reconoce como el nuevo Cordero que sustituiría al cordero que se sacrificaba en cada cena de Pascua, y dice esto de El: “Ahí viene el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo” (Jn. 1, 29).
En el Jordán Jesús desea mostrarnos el sentido y la necesidad del arrepentimiento. En eso consistía el Bautismo de Juan: arrepentirse de los pecados primero. Luego el agua venía a confirmar ese arrepentimiento.
Y la significación del Bautismo de Cristo no queda allí: al entrar Dios a las aguas del Jordán, le dio significación especial al agua. De allí que el agua sea la materia del Sacramento del Bautismo.
“La voz del Señor sobre las aguas”,repetimos en el Salmo 28. En efecto, nos cuenta el Evangelio que “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía sobre El en forma como de paloma y se oyó una voz desde el cielo”, la voz del Padre que lo identificaba como su Hijo, el Dios-Hombre. (Mt. 3, 16-17)
Y esta manifestación de “la voz del Señor sobre las aguas” se da precisamente al cumplir Jesús y Juan todo lo que Dios quería. En ese momento, el Espíritu de Dios baja del cielo aleteando cual paloma y se posa sobre Jesús, y Dios Padre revela a Jesucristo como su Hijo muy amado, en quien se complace. Es decir, a San Juan Bautista le es revelado quién es Jesucristo y éste lo da a conocer como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Aquel día pudo constatar la humanidad la existencia de la Santísima Trinidad, Dios Padre que habló desde el cielo, Dios Hijo que se bautiza y El Espíritu Santo que desciende sobre Él.
Creemos y profesamos un solo Dios que Padree, Hijo y Espíritu Santo.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
11/1/14
Rogatoria por el alma de un joven de nuestro barrio y su familia
Ayer, 10 de enero murió accidentalmente un joven de 17 años del barrio.
Queremos pediros que recéis por su eterno descanso y por la fe y la entereza de su familia.
5/1/14
“La Palabra era Dios....y la Palabra se hizo carne”
II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD
Lecturas: Libro de Eclesiástico 24,1-2.8-12 // Salmo 147 // Carta de San Pablo a los Efesios 1,3-6.15-18 // Evangelio según San Juan 1,1-18
El viaje no fue fácil. El inicio tampoco. Debían haber tenido una gran fe y también mucha humildad. Ellos eran también reyes, pero buscaban a un “Rey” que era mucho más que ellos. Esta supremacía del recién-nacido “Rey” deben haberla conocido por revelación divina. Deben haber sabido que el Reino de este Rey que nacía era mucho más importante y grande que sus respectivos reinos. De otra manera ¿cómo podrían estarlo buscando con tanto ahínco? Y lo buscaban, no para un simple saludo o sólo para brindarle presentes, sino -sobre todo- para adorarlo.
El Profeta Isaías (Is. 60, 1-6) que leemos en la Primera Lectura, ya anunciaba esta inusitada visita y nos da detalles que completan el escenario descrito en el Evangelio: “Te inundará una multitud de camellos y dromedarios procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro, y proclamando las grandezas del Señor”.
Esta visita pomposa en la cueva de Belén, que sin duda contrasta la fastuosidad de los reyes con la humilde presencia de los pastores, nos indica que Dios se revela a todos: ricos y pobres, poderosos y humildes, judíos y no judíos. Eso sí: está de nuestra parte responder a la revelación que Dios hace a cada raza, pueblo y nación ... y a cada uno de nosotros.
Y Dios se revela en su Hijo Jesucristo, que se hace hombre, y nace y vive en nuestro mundo en un momento dado de nuestra historia. Sí. Jesucristo es la respuesta de Dios a nuestra búsqueda de El. Todos los seres humanos de una manera u otra, en un momento u otro, buscamos el camino hacia Dios. Y ¿cómo nos responde Dios? Mostrándonos a su Hijo Jesucristo, quien es el Camino, la Verdad y la Vida para llegar a El.
Los Reyes supieron buscarlo y lo encontraron. Respondieron con prontitud, obediencia, humildad y diligencia.
No les importó que fuera Rey de otro país. No les importó el viaje largo y molesto que les tocó hacer. No les importó que la estrella se les desapareciera por un tiempo. No les importó encontrar a ese “Rey de reyes” en el mayor anonimato y en medio de una rigurosa pobreza. Ellos sabían que ése era el “Rey” que venían a adorar. Y eso era lo que importaba.
Nos dice Isaías y nos dice el Evangelio que los Tres Reyes ofrecieron regalos al Rey de reyes: oro, que representa nuestro amor de entrega al Señor; incienso, que simboliza nuestra constante oración que se eleva al Cielo, y mirra, que significa la aceptación paciente de trabajos, sufrimientos y dificultades de nuestra vida en Dios.
Esta breve historia sobre los Reyes de Oriente (Mt. 2, 1-12), que nos trae el Evangelio de hoy, nos muestra cómo Dios llama a cada persona de diferentes maneras, sea cual fuere su origen o su raza, su pueblo o su nación, su creencia o convicción. El toca nuestros corazones y se nos revela en Jesucristo, Dios Vivo y Verdadero ante Quien no podemos más que postrarnos y adorarlo.
Como a los Tres Reyes, Dios nos llama, nos inspira para que le busquemos, se revela a nosotros en Jesucristo. A veces, inclusive, parece esconderse -como se ocultó la estrella. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de los Reyes: buscarlo, seguir Su Camino -sin importar dificultades y obstáculos- postrarnos y adorarlo, ofreciéndole también nuestros presentes: nuestra entrega a El y nuestra adoración.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
29/12/13
Fiesta de la Sagrada Familia 2013
FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
Lecturas: Libro de Eclesiástico 3,2-6.12-14 // Salmo 128(127) // Carta de San Pablo a los Colosenses 3,12-21 // Evangelio según San Mateo 2,13-15.19-23
Hoy, Primer Domingo después del Nacimiento de Dios-hecho-Hombre, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Y en el Evangelio de hoy vemos a esta Familia en un trance muy difícil. La narración simplificada de la huída a Egipto tal vez nos impide captar en toda su dimensión lo que debe haber sido esta circunstancia para la Santísima Virgen y San José.
Nos dice el Evangelio (Mt. 2, 13-23) que, después de la visita de los Reyes Magos, “el Angel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al Niño y a la Madre, y huye a Egipto. Quédate allá hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo”.
¡Qué fe y qué obediencia la de San José! ¡Ni lo piensa! “Esa misma noche”, nos dice el Evangelio, hizo lo que el Angel le había indicado. No esperó. No titubeó. No buscó excusas. Sencillamente interrumpió el sueño, se levantó, y tomaron José y María camino hacia Egipto con el Niño, en obediencia al mandato del Señor.
Comienzan, entonces, nuevos imprevistos y dificultades para la Sagrada Familia. Esta orden del Señor significaba cruzar el peligroso desierto para escapar a un país extraño y lejano. Cruzar el desierto significaba estar expuestos a sed, hambre, riesgos, cansancio, etc. Irse a Egipto significaba un exilio en tierra extranjera. Pero tanto la Virgen como San José aceptaban con una fe indubitable los planes de Dios para con ellos. Así como partieron para Belén justo antes de María dar a luz, sin ningún temor, así como aceptaron tener como aposento para ellos y para el “Rey de Reyes”, la humildísima Cueva de Belén, así aceptan marcharse de allí a una tierra desconocida y lejana, sin saber siquiera por cuánto tiempo sería ese exilio.
La Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a los Colosenses (Col. 3, 12-21) así como la Primera tomada del Libro del Eclesiástico (Eclo.3, 3-7/14-17), nos dan pautas de comportamiento en medio de la familia.
Sin embargo esas formas de comportarse en familia que nos presentan estas Lecturas, no son posibles si no vivimos en una continua búsqueda de la Voluntad de Dios. Porque ... ¿cómo podemos ser como nos dice San Pablo:“compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes, soportándonos mutuamente y perdonándonos” si no vivimos en Dios? ¿Cómo podemos llegar “a la perfecta unión” de que nos habla San Pablo, si no dejamos que sea Dios Quien nos una?
Sin embargo esto no es posible si nosotros -que pertenecemos a una familia, bien como esposos, bien como hijos, bien como hermanos- no vivimos atentos a cumplir la Voluntad de Dios. Hacer la Voluntad de Dios es dejar que El nos vaya transformando y nos vaya haciendo compasivos, magnánimos, humildes, afables, pacientes, capaces de perdonar y de apoyarnos mutuamente. Entregados cada uno a la Voluntad de Dios podremos amar con ese amor que une, ese amor que une en forma perfecta, porque es el Amor de Dios viviendo en cada uno de nosotros y en medio de cada familia.
Eso lo comprendió y vivió perfectamente la Sagrada Familia, el modelo de familia que Dios nos dejó. Ellos obedecían ciegamente la Voluntad del Padre. Ellos respondían con prontitud a la llamada del Señor. Ellos creían con fe ciega en los planes del Señor para con ellos, por muy inconvenientes que parecieran.
La Sagrada Familia tuvo sus momentos muy difíciles. Este de la Huída a Egipto no fue el único, ni el peor. Pero todo lo entregaban al Padre y se ponían en manos de El, con una confianza absoluta en su Voluntad.
Los momentos difíciles vienen más tarde o más temprano, más frecuentes o menos frecuentes, para cada familia o para cada uno en particular. Pero, confiando en la Voluntad Divina, todo se hace posible y todo se hace más fácil, porque todo está en manos del que nos guía. Y Ese que nos guía es el mismo que guió a la Sagrada Familia por el desierto hacia Egipto, la acompañó durante el duro exilio allí y luego la guió de vuelta a Nazaret. Ese es Dios Padre, que desea sólo nuestro bien. Y nuestro bien personal y nuestro bien familiar vienen de ir descubriendo y realizando la Voluntad Divina en nuestras vidas.
Feliz año nuevo a todos. Que Dios bendiga a todas las familias y nos conceda crecer en santidad.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
21/12/13
«José, hijo de David,...»
IV DOMINGO DE ADVIENTO
Lecturas: Isaías 7, 10-14 // Salmo 23, 1-2. 3-4ab. 5-6 (R.: cf. 7c y 10b)
// Romanos 1, 1-7 // Mateo 1, 18-24.
Esta cita de San Pablo nos recuerda cómo se realiza el misterio de la salvación. Con la Encarnación del Hijo de Dios en la Virgen anunciada por Isaías, con su nacimiento en Belén, con su Vida, Pasión, y Muerte, culminando en su Resurrección gloriosa, se realiza el misterio de la salvación del género humano. Y punto focal de ese ciclo de nuestra redención es precisamente la Natividad del Hijo de Dios que se había encarnado en el seno de María Virgen.
Todo un Dios se rebaja de su condición divina -sin perderla- para hacerse uno como nosotros y rescatarnos de la situación en que nos encontrábamos a raíz del pecado de nuestros primeros progenitores. El viene a pagar nuestro rescate, y paga un altísimo precio: su propia vida. Pero para poder dar su vida por nosotros, lo primero que hace es venir a habitar en medio de nosotros, al nacer en Belén.
¡Qué maravilla el milagro de la Encarnación! En Jesucristo se unen la naturaleza divina con la naturaleza humana, pero esto, sin que ninguna de las dos naturalezas perdiera una sola de sus propiedades.
Ese insólito milagro sucede cuando el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios (la Tercera Persona de la Santísima Trinidad) “cubre a la Virgen María con su sombra” y ella, por el “Poder del Altísimo”, concibe en su seno al Hijo de Dios, al Emanuel, al Dios-con-nosotros. Así, el Verbo de Dios se encarna en las entrañas de la Santísima Virgen María. (Lucas 1, 35-37)
El relato del Evangelio de San Mateo nos muestra de manera muy sobria, sin mayores detalles, el sufrimiento de San José. Podemos intuir cómo pudo haber sido este difícil trance: sus dudas ante los evidentes signos de la maternidad de su prometida, María; su angustia al no saber cómo actuar.
La Virgen se mantiene en silencio: lo que Dios le ha dicho privadamente, Ella lo conserva en su corazón y no dice nada de ello a José. El Señor suele actuar así, en forma misteriosa y secreta. Y el Señor mantiene el secreto, hasta que José, hombre bueno y santo, “no queriendo poner a María en evidencia”, nos dice el texto evangélico, decide abandonarla también en secreto. Pero Dios, que tiene su momento para revelarse, le habla en sueños a José a través del Ángel: “María ha concebido por obra del Espíritu Santo”.
Y José cree lo imposible, igual que María en la Anunciación creyó lo imposible. Ambos creyeron que para Dios no hay nada imposible. Así, el Salvador del mundo se había hecho Hombre, sin intervención de varón, por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen anunciada por el Profeta Isaías. ¡Misterio inmenso, increíble, insólito!
Y José acepta, en humildad y en obediencia, ser esposo terrenal de la Virgen Madre y ser padre virginal del Hijo de Dios. Ya María había aceptado que se hiciera en Ella según lo que Dios deseara, declarándose “esclava del Señor”: “Yo soy la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.
Estamos ante San José, esposo virginal de la Virgen-Madre, la persona que Dios escogió como padre terrenal de su Hijo.
Y vemos en él virtudes que podemos imitar para que el misterio de la salvación, que ese Niño vino a traernos, pueda realizarse en cada uno de nosotros:
- Fe por encima de las apariencias humanas. Para vivir la Navidad. Para orar. Para amar.
- Humildad para aceptar sin cuestionar los designios de Dios. Para entregarnos a nuestra familia, a nuestra parroquia. A Jesús que viene.
- Obediencia ciega a los planes de Dios. A la voluntad de Dios, sea cual sea. Obediencia a la Iglesia.
- Entrega absoluta a la Voluntad Divina. Entrega en nuestra vida concreta.
Todas éstas son virtudes que observamos en San José y en la Virgen. Todas éstas son virtudes que nos preparan para la próxima venida del Señor. Todas son virtudes que podemos tener si nos abrimos a las gracias que Dios nos da en todo momento, pero especialmente en este tiempo de preparación para la Navidad. Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
16/12/13
Mercadillo de Cáritas Parroquial
Desde aquí queremos dar las gracias a los voluntarios por su colaboración desinteresada en favor de los más necesitados y a todos los que colaboraron económicamente adquiriendo los distintos productos.
Celebración de las "Migas de Los Pastores"
El pasado sábado, como viene siendo habitual todos los años por estas fechas, se celebraron en nuestra parroquia las denominadas "Migas de los Pastores". Una celebración en la que los colaboradores de la parroquia se reúnen en torno a un perol de migas para disfrutar de unas horas de convivencia en un ambiente navideño y de hermandad.
15/12/13
"Los Ciegos verán, los Sordos oirán, los Mudos hablarán, los Cojos andarán..."
III DOMINGO DE ADVIENTO
Lecturas: Isaías 35,1-6.10 // Salmo 146(145),7-10 // Santiago 5,7-10 // Mateo 11,2-11
Las Lecturas de este Tercer Domingo de Adviento están muy conectadas entre sí.
En la Primer Lectura (Is. 1. 6-10) el Profeta Isaías nos anuncia los milagros que haría Aquél que vendría a salvar al mundo. Y en el Evangelio(Mt. 11, 2-11) vemos a Jesús usando esas mismas palabras de Isaías para identificarse ante San Juan Bautista.
En el Evangelio Jesucristo define a su primo San Juan Bautista como un Profeta, agregando que es “más que un profeta” (Mt. 11, 2-11). Y continúa describiéndolo como aquél que es su mensajero, su Precursor, aquél que va delante de El preparando el camino.
Esto fue cuando ya eran adultos -treinta años de edad tenían ambos. Juan había ya anunciado al Mesías que debía venir y había predicado la conversión y el arrepentimiento, bautizando en el Jordán. Ya había Juan caído preso por su denuncia del adulterio de Herodes. Paralelamente, Jesús ya había comenzado su vida pública y, aparte de su predicación, había también realizado unos cuantos milagros, por lo que su fama se iba extendiendo en toda la región.
Es así como, estando Juan en la cárcel, oye hablar de las cosas que estaba haciendo Jesús. Queriendo, entonces confirmar si era el Mesías esperado, San Juan Bautista mandó a preguntarle si era El o si debían esperar a otro.
Para ser humildes y sencillos como el Señor, debemos ver en los milagros anunciados por el Profeta Isaías y realizados por Jesús, los milagros que nuestro Redentor, puede hacer en cada uno de nosotros, especialmente en este tiempo de Adviento: ciegos que ven, sordos que oyen, mudos que hablan, cojos que andan, etc.
¿Y Jesús ya no hace milagros? Es cierto que veces se sabe de curaciones milagrosas, exorcismos, etc. que suceden aquí o allá. Pero son muchos los milagros que Jesús puede hacer –y de hecho hace- si nos disponemos. Tiempo propicio para ello es éste de preparación llamado Adviento.
Porque el Mesías, el Salvador del Mundo, Jesucristo, volverá, y debemos estar preparados. Y la mejor preparación es dejarnos sanar por Jesús que ya vino hace dos mil años y que continúa estando presente en cada uno de nosotros haciendo milagros con su Gracia. Hay que aprovechar todas las gracias derramadas en este Adviento, para prepararnos a la llegada del Mesías.
Jesús curó ciegos… dispongámonos a que cure nuestra ceguera, para que podamos ver las circunstancias de nuestra vida como El las ve. Jesús curó sordos… El puede curar la sordera de nuestro ruido, que no nos deja oír bien su Voz y así podamos seguirle sólo a El.
Jesús curó mudos… ¿y en qué somos mudos nosotros? En que no hablamos de El y de su mensaje. ¡Los católicos estamos enmudecidos! Pero El puede curar esa mudez que tenemos y que nos impide evangelizar. Porque la Nueva Evangelización es trabajo de todos y cada uno de nosotros! Porque lo dejó bien especificado Jesucristo y nos lo está pidiendo el Papa Francisco, y ya lo habían pedido los dos anteriores.
Con esas curaciones quedarán también sanadas nuestra cojera y nuestra parálisis, para que podamos de veras andar por el camino que nos lleva al Cielo y recibir al Señor cuando vuelva de nuevo a establecer su reinado definitivo.
En la Segunda Lectura (St. 5, 7-10) el Apóstol Santiago nos recomienda la paciencia para esperar el momento del Señor. Nos invita a la perseverancia en la espera de la venida del Señor. Nos pide tener la paciencia del agricultor que espera la cosecha y, sobre todo, nos pide imitar a los Profetas -San Juan Bautista, Isaías, y otros- en su paciencia ante el sufrimiento.
Así, en paciencia y perseverancia, convirtiéndonos de nuestra ceguera, nuestra sordera, nuestra mudez, nuestra cojera, etc., nos habremos preparado bien para recibir al Mesías. Así habremos aprovechado este Adviento. Que así sea.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
8/12/13
"Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos"
II DOMINGO DE ADVIENTO
Lecturas: Isaías 11, 1-10 // Salmo 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17 // Romanos 15, 4-9 // Mateo 3, 1-12.
Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reino de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.
Y con el Salmo 71 hemos invocado a ese“Rey de Justicia y de Paz” que “extenderá su Reino era tras era de un extremo a otro de la tierra”.
La Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 11, 1-10) nos describe al Mesías y también describe ese ambiente de justicia y de paz que El vendrá a traernos.
El Profeta Isaías hace un relato simbólico de lo que será el reino de Cristo. Nos presenta a animales -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo con el león... y hasta un niño con la serpiente.
Isaías invita a los seres humanos que también tendemos a ser rivales unos de los otros, a que vivamos en paz y en justicia. Y así -en paz y en justicia- podríamos convivir, si todos –unos y otros- recibiéramos al Mesías, si aceptáramos su Palabra, si de veras viviéramos de acuerdo a ella. ¿Será esto imposible?
Tambien celebramos hoy la solemnidad de la Inmaculada concepción de la Virgen María. Y podemos preguntarnos ¿qué importancia tiene la Inmaculada Concepción de María para nosotros hoy? María, santa e inmaculada desde su concepción, es una llamada y un modelo de santidad a la cual todos estamos llamados. Por eso la inmaculada concepción, no es para nosotros los católicos sólo un dogma de fe, es la certeza de que también en nosotros concebidos santos e inmaculados desde el momento del bautismo, puede vivir y crecer Cristo.
El Génesis nos describe poéticamente el momento posterior al primer pecado de los hombres, que introduce la muerte en el mundo. Intervienen cuatro protagonistas. Dios, a quien se ofende; la serpiente que tienta, y Adán y Eva, pecadores. Al desobedecer, pierden la gracia, y de amigos de Dios se han convertido en enemigos; han perdido también los dones preternaturales: la inmunidad de la concupiscencia, que les hace verse desnudos; la ciencia infusa, que les desprovee del don de sabiduría; la impasibilidad, o incapacidad de padecer y la inmortalidad, por la que no habrían pasado por la muerte. Se ven despojados, experimentan su desnudez, creaturiedad, pobreza y desamparo.
Cuando Dios, como Señor supremo, pide cuentas, los culpables presentan excusas, en vez de reconocer su pecado y pedir perdón con humildad. El pecado es un fenómeno complejo: el hombre y la mujer pierden la solidaridad entre ellos, y así, cada uno pretende disculparse. El hombre atribuye la culpa a la mujer, ésta se disculpa en la serpiente: "Es que la serpiente me engañó y he comido". Pero la serpiente ya no es interrogada por Dios. Y el hombre intenta incluso atribuir a Dios la causa última del mal, porque le ha dado una compañera que le ha seducido: “La mujer que me diste por compañera me ha dado del árbol...”. El mal permanece en el misterio, que nadie quiere aceptar.
Apenas han pecado, han sentido el aldabonazo de la conciencia, golpeando angustiosamente en su alma: Has ofendido a Dios, se va a cumplir la palabra que te dijo Yavé: "Morirás". Es un momento trágico de dolor insoportable; es una situación de descalabro, de bancarrota total. Nunca podremos saber la profundidad del pesar interno de nuestros primeros padres después del pecado. Podemos rastrear algo por nuestra propia experiencia, pero teniendo en cuenta que nosotros conocemos la existencia de los Sacramentos y que no hemos experimentado el estado de excepción y de privilegio suyo. Ellos perdían dones sobrenaturales: gracia, virtudes infusas, dones del Espíritu Santo. Perdían los dones preternaturales; la inmunidad de la concupiscencia, sobre todo. Caían de muy alto a muy profundo. Se reconocen responsables. Externamente todo sigue igual, pero el pecado hace que en su conciencia lo vean todo en su carácter doloroso y penoso. Tenían motivos para desesperarse. Después del interrogatorio, llega la maldición, empezando por la serpiente, que desde ahora entrará en lucha constante a vida o muerte con el hombre. No sólo representa las fuerzas de la naturaleza hostiles al ser humano, sino que en ella se encarna todo el problema del mal, presente de modo misterioso en el mundo creado.
Pero Dios es bueno siempre, siempre es fiel (1 Tes 5,24). Y aquellas eran sus criaturas, eran hijos, aunque han perdido la filiación gratuita. No les va a ahorrar el sufrimiento necesario para la expiación, pero no les va a abandonar: ”Dios hizo al hombre y a la mujer, unas túnicas de piel y los vistió”. Al cubrir la desnudez de su creaturiedad, descubre la ternura del Padre. “El Padre Eterno... decretó elevar a los hombres a la participación de su vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles siempre su ayuda en atención a Cristo Redentor” (Lumen Gentium, 2). Les anuncia un Redentor. "Y dijo a la serpiente: Establezco enemistades entre tí y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te aplastará la cabeza" Génesis 3,9. Y le da a la mujer el nombre de Eva, es decir, “madre de todos los vivientes”. Aunque ellos han merecido la muerte, Dios recrea la vida, que, a pesar del mal y de la muerte, sigue siendo la gran bendición de Dios.
Al designar a María como llena de gracia vemos el inicio de un nuevo orden, fruto de la amistad con Dios que implica una enemistad profunda entre la serpiente y los hombres, como se deduce del capitulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la «mujer vestida de sol» (Ap 12, 1). La exégesis actual ve en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación colectiva, el texto sugiere también una individual cuando afirma: «La mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap 12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta identificación de la mujer vestida de sol con María, la mujer que dio a luz al Mesías. La mujercomunidad está descrita con los rasgos de la mujer Madre de Jesús.
15. Caracterizada por su maternidad, la mujer «está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2). Lo que remite a la Madre de Jesús al pie de la cruz, donde participa, con el alma traspasada por la espada, en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos. A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, lleva el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso de la relación esponsal de Dios con su pueblo.
Dios ha hecho INMACULADA a la Madre de su Hijo, porque había de ser su Madre y, por tanto había de transmitirle, en cuanto hombre, según las leyes mendelianas, sus cualidades físicas, biológicas, psíquicas y espirituales. Jesús, “imagen de Dios invisible” como Persona Divina Hijo de Dios, había de ser genéticamente, como Hombre, el puro retrato de su Madre, en lo ontológico, en lo físico (sus mismas manos, el color de sus ojos, su aire al caminar, su finura y sencillez y majestad... un no sé qué que tienen las almas regias, sus mismos gestos característicos...) y en lo moral. Humanamente Jesús no tiene padre, y recibe los 45 cromosomas biológicos de su Madre Adorable. La maternidad divina de María es su participación en la humanidad de Cristo. El más pequeño pecado en María habría dejado en ella una disposición negativa, que hubiera contrariado su perfecta disposición para ser la Madre de Cristo. Si esta situación de María comporta una gran familiaridad con Dios por su semejanza mayor debida a la plenitud de su gracia, socialmente, será causa de una gran dificultad y dolor, teniendo que convivir con los pecadores a quienes, desde niña, ya con sus compañeras, le es difícil comprender. Veía que mentían, que eran coquetas, que desobedecían... y la llena de gracia, no lo podía entender... No había en ella concupiscencia, porque toda ella estaba sometida a Dios y todas sus fuerzas obedecían a su voluntad y razón ordenadas y rectas.
Fijándonos en el ejemplo que nos da la Virgen María, sigamos preparando el camino al Señor. Aprovechemos estas segunda semana de adviento para llenar de luz nuestros corazones. Para dejar que la Gracia de Dios habite en ellos. Que Dios os bendiga a todos.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
30/11/13
«Estad también vosotros preparados...»
I DOMINGO DE ADVIENTO
Lecturas: Isaías 2, 1-5 // Salmo 121, 1-2. 4-9 // Romanos 13, 11-14 // Mateo 24, 37-44.
Después de un periodo en el que, por motivos de trabajo y encomienda de nuevas tareas, no he podido mantener cada domingo la publicación en la web de la Parroquia mi reflexión, quiero reemprender con ánimo renovado y empeño ilusionante esta tarea y lo hago en este primer domingo de Adviento. Gracias y disculpad las molestias.
Con este Domingo Primero de Adviento comenzamos un nuevo Ciclo Litúrgico. El Adviento nos recuerda que estamos a la espera del Salvador. Y las Lecturas de hoy nos invitan a ver la venida del Señor de varias maneras:
• Una es la venida del Señor a nuestro corazón.
• Otra es la celebración de la primera venida del Señor, cuando nació hace casi dos mil años.
• Y otra es la que se refiere a la Parusía; es decir, a la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos.
Respecto a la primera venida del Señor, es lo que solemos celebrar en Navidad. Y para esa venida también hay que preparase. ¿Cómo? Preparando el corazón para que Jesús pueda acunarse en nuestro interior.
Respecto de la Segunda Venida de Cristo en gloria, la Carta de San Pablo a los Romanos (Rom. 13, 11-14) nos hace ver una realidad: a medida que avanza la historia, cada vez nos encontramos más cerca de la Parusía: “ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer”. Por eso nos invita San Pablo a “despertar del sueño”.
Y ¿en qué consiste ese sueño? Consiste en que vivimos fuera de la realidad, tal como nos lo indica el mismo Jesucristo en el Evangelio de hoy (Mt. 24, 37-44). Consiste en que vivimos a espaldas de esa marcha inexorable de la humanidad hacia la Venida de Cristo en gloria. Consiste en que vivimos como en los tiempos de Noé, cuando -como nos dice el Señor- “la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca, y cuando menos lo esperaban sobrevino el diluvio y se llevó a todos”.
Y, nos advierte Jesucristo: “Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre”.
Así vivimos nosotros los hombres y mujeres del siglo XXI: sin darnos cuenta de que -como dice este Evangelio- “a la hora que menos pensemos, vendrá el Hijo del hombre” (Mt. 24, 44).
Y, “a la hora que menos pensemos” -como ha sucedido a tantos- podríamos morir, y recibir en ese mismo momento nuestro respectivo “juicio particular”, por el que sabemos si nuestra alma va al Cielo, al Purgatorio o al Infierno.
O podría ocurrirnos que -efectivamente- tenga lugar la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos. Para cualquiera de las dos circunstancias hay que estar preparados, bien preparados.
Estar preparados nos lo pide el Señor siempre y muy especialmente en este Evangelio: “Velad, pues, y estad preparados, porque no sabéis qué día va a venir su Señor” .
¿En qué consiste esa preparación? Las Lecturas de este Primer Domingo del Año Litúrgico nos lo indican:
“Caminemos en la luz del Señor” , nos dice el Profeta Isaías. “Desechemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz ... Nada de borracheras, lujurias, desenfrenos; nada de pleitos y envidias. Revistamos nuestras vidas más bien de nuestro Señor Jesucristo” , nos dice San Pablo en su Carta a los Romanos (Rm. 13, 11-14)
¿Por qué estas indicaciones de conversión en este momento? Porque el Adviento es un tiempo de preparación de nuestro corazón para recibir al Señor. Estas indicaciones nos sugieren dejar el pecado y revestirnos de virtudes. Sabemos que tenemos todas las gracias de parte de Dios para esta preparación de nuestro corazón a la venida de Cristo, “para que El nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas”.
Nuestra colaboración es sencilla: simplemente responder a la gracia para ser revestidos con las armas de la luz, como son: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la templanza, el gozo, la paz, la paciencia, la comprensión de los demás, la bondad y la fidelidad; la mansedumbre, la sencillez, la pobreza espiritual, la niñez espiritual, etc.
Recordemos que el Hijo de Dios se hizo hombre y nació en Belén hace más de dos mil años. El está continuamente presente en cada ser humano con su Gracia para “revestirnos de El”. El también está continuamente presente en la historia de la humanidad para guiarla hacia la Parusía, en que volverá de nuevo en gloria “para juzgar a vivos y muertos”, como rezaremos en el Credo.
El Adviento es tiempo de preparación para ese momento. Que nuestra vida sea un continuo Adviento en espera del Señor. Así podremos ir “con alegría al encuentro del Señor” , como nos dice el Salmo 121.
Durante este tiempo de Adviento sería conveniente buscar un ratito de oración diaria, leer el evangelio y preparar nuestros corazones para vivir la Navidad.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
Aviso de recogida de alimentos y ropa durante el Adviento
AVISOS:
DURANTE TODO EL TIEMPO de Adviento, RECOGEMOS alimentos para CÁRITAS.
RECOGEMOS ropa en la Parroquia.
¡¡¡GRACIAS POR TU GENEROSIDAD!!!
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
20/10/13
Aviso: Reunión de los padres de los niños de 3º de primaria para preparar las primeras comuniones
Será el próximo jueves 22 de octubre a las 20:30h en el Salón Parroquial. Están convocados los padres y madres de los niños/as de 3º de primaria para preparar las primeras comuniones.
26/8/13
Cambio en el Horario de Misas
A partir del próximo día 1 de Septiembre el horario de misas en nuestra parroquia será el siguiente:
- De Lunes a Sábado: 20'00 h.
- Domingos: 10'00, 12'00 y 20'00 h.
25/8/13
Esforzaos por entrar por la Puerta Estrecha
XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Isa. 66,18-21/Salmo 117(116)/Heb. 12,5-7.11-13/Luc. 13,22-30
Primero: que hay que esforzarse por llegar al Cielo. Nos dice así: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha”. Lo segundo que vemos es que la puerta del Cielo es “angosta”. Además nos dice que “muchos tratarán de entrar (al Cielo) y no podrán”. Con razón nos dice el Señor que necesitamos esforzarnos. Y ... ¿en qué consiste ese esfuerzo? El esfuerzo consiste en buscar y en hacer solamente la Voluntad de Dios. Y esto que se dice tan fácilmente, no es tan fácil. Y no es tan fácil, porque nos gusta siempre hacer nuestra propia voluntad y no la de Dios.
Hacer la Voluntad de Dios es no tener voluntad propia. Es entregarnos enteramente a Dios y a sus planes y designios para nuestra vida. Es aún más: hacer la Voluntad de Dios es ceñirnos a los criterios de Dios ... y no a los nuestros. Es decirle al Señor, no cuáles son nuestros planes para que El nos ayude a realizarlos, sino más bien preguntarle: “Señor ¿qué quieres tú de mí”. Es más bien decirle: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu Voluntad. Haz conmigo lo que Tú quieras”.
Y ... ¿oramos así al Señor? Si oramos así y si actuamos así, estamos realizando ese esfuerzo que nos pide el Señor para poder entrar por la“puerta estrecha” del Cielo. Pero si no buscamos la Voluntad de Dios, si no cumplimos con sus Mandamientos, si lo que hacemos es tratar de satisfacer los deseos propios y la propia voluntad, podemos estar yéndonos por el camino fácil y ancho que no lleva al Cielo, sino al otro sitio.
Y ... ¿cómo es ese otro sitio? Aunque en este texto del Evangelio que hemos leído hoy, Jesús no nombra directamente ese otro sitio con el nombre de “Infierno”, sí nos da a entender cómo será. Además, es bueno saber que Jesucristo lo nombra de muchas maneras, en muchas otras ocasiones.
Y es bueno saber que el Infierno es una de las verdades de nuestra Fe Católica que está apoyada por el mayor número de citas bíblicas. A veces el Señor lo llama fuego, a veces fuego eterno o abismo, oscuridad, tinieblas, etc.
En el caso del Evangelio de hoy, lo describe simplemente como “ser echado fuera”. Y describe, además, cómo será el rechazo de Dios hacia los que “han hecho el mal”. Dirá así el Señor a los que han obrado mal: “Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí todos ustedes, los que han hecho el mal”. Y concluye diciendo cómo será la reacción de los malos: “Entonces llorarán ustedes y se desesperarán”.
En la Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo la semana pasada, recordábamos el misterio de nuestra futura inmortalidad y de lo que nos espera en la otra Vida. Este Evangelio de hoy nos lleva a lo mismo: nos lleva a reflexionar sobre nuestro destino final para la eternidad. Los seres humanos nacemos, crecemos y morimos. De hecho, nacemos a esta vida terrena para morir; es decir, para pasar de esta vida a la Vida Eterna. Así que la muerte no es el fin de la vida, sino el paso a la Vida Eterna, el comienzo de la Verdadera Vida … si transitamos “el camino estrecho” de que nos habla el Señor en el Evangelio.
Nuestro destino para toda la eternidad queda definido en el instante mismo de nuestra muerte. En ese momento nuestra alma, que es inmortal, se separa de nuestro cuerpo e inmediatamente es juzgada por Dios, en lo que se denomina el Juicio Particular.
Y ¿qué es el Juicio Particular? El Juicio Particular que sucede simultáneamente con nuestra muerte, consiste en una iluminación instantánea que el alma recibe de Dios, mediante la cual ésta sabe su destino para la eternidad, según sus buenas y malas obras. El día de nuestro nacimiento nacemos a la vida terrena ... y llegar al Cielo es nacer a la gloria eterna. Nuestra alma al presentarse al Cielo tiene un solo pensar, un solo sentimiento: el Amor de Dios. Y como el Amor de Dios es Infinito, es entonces, el amor más grande que podamos sentir. Y ese Amor Infinito de Dios nos atrae de una manera tan intensa que sólo eso deseamos. En efecto, en el Cielo amaremos a Dios con todas nuestras fuerzas y El nos amará con su Amor que no tiene límites. El Amor de Dios es el Amor más intenso y más agradable que podamos sentir. Es muchísimo más que todo lo que nuestro corazón ha anhelado siempre. En el Cielo ya no desearemos, ni necesitaremos nada más, pues el Cielo es la satisfacción perfecta de nuestro anhelo de felicidad. Sin embargo, el Cielo es realmente indescriptible, inimaginable, inexplicable. Es infinitamente más de todo lo que tratemos de imaginarnos o intentemos describir. Por eso San Pablo, quien según sus escritos pudo vislumbrar el Cielo, sólo puede decir que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman”(1 Cor. 2, 9).
La Primera Lectura (Is. 66, 18-21) nos habla de Dios que ha llamado a hombres de todas las naciones, de todas las razas, de todas las lenguas. No hay excepción. De lejos y de cerca, de todas partes. La salvación es una llamada universal, no sólo para los judíos. Esto conecta con el final del Evangelio: “Vendrán muchos de oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios”. Todos están llamados: unos aceptan a Dios, otros no. Unos serán primeros y otros serán últimos.
Nosotros somos llamados por Dios a vivir la Eternidad del Cielo tomando el camino de la puerta estrecha, del cumplimiento de la voluntad de Dios, de sus mandamientos. Vivir el Evangelio, los sacramentos y la comunión será el mejor pasaporte a la eternidad.
Que Dios os bendiga a todos y os conceda un feliz domingo, feliz día del Señor.
Tomás.
18/8/13
No he venido a traer la paz, sino la división
XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Jer 38, 4-6.8-10 / Salmo 40(39) / Heb 12, 1-4 / Lc 12, 49-53
“No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc. 12, 49-53).
¿Cómo puede ser esto? ¿No dijeron los Ángeles que anunciaron el Nacimiento del Salvador: “Paz a los hombres” (Lc. 2, 14)? ¿No nos habló varias veces Jesús de llevar la Paz, de ser pacíficos, etc.? ¿No nos dijo: “Mi Paz les dejo; mi Paz les doy” (Jn. 14, 27)? Ciertamente. Así nos dijo. Pero, enseguida explicó: “La Paz que Yo les doy no es como la que da el mundo” (Mt. 14, 27).
La Paz de Jesús no es como la del mundo. La paz que nos ofrece el mundo es una paz ficticia, incompleta, equívoca, engañosa ... Porque en el mundo las cosas no son como las de Dios. La Paz que Cristo nos vino a traer es muy distinta a la del mundo. Muy distinta. Cristo vino a traer la salvación. Y la salvación puede trastornar la paz según el mundo, porque hay unos que buscan a Cristo y su causa -la salvación de la humanidad-, y hay otros que no. Ahí radica la división a la que se refiere Jesús en este Evangelio: los que están con El y su causa, y los que no están con El y con su causa.
Y esa división puede darse en una nación, entre amigos ... o en una familia. Es verdad que la Fe puede ser factor de unión, pero cuando hay algunos que no la acogen puede ser también factor de división. Muchas veces cuando alguno o algunos responden a la llamada de Cristo a seguirlo de verdad, sincera y profundamente como Cristo nos pide, pueden esos seguidores convertirse en “signo de contradicción” para los demás ... incluso para los más cercanos.
“¡Eres muy fanático!” “¡Has perdido objetividad!” “¡Ya no hablas sino de Dios!” Son las frases que escuchamos a nuestro alrededor cuando intentamos vivir coherentemente nuestra fe. En cuanto cualquiera de nosotros rezamos, defendemos a la iglesia, vivimos los sacramentos, confesamos y comulgamos, incluso algunos colaboran en la Parroquia como catequista, en cáritas, en la visita a los enfermos, en las reuniones de formación, etc... los que nos rodean nos dicen esas frases que he mencionado anteriormente. Incluso los más cercanos a nosotros, nuestra familia más próxima, se sienten denunciados por nuestro interés por ser mejores cristianos, por formarnos, por vivir la comunión, por practicar nuestra religión. Eso les lleva a meterse con nosotros. Y termina por darse el distanciamiento, la separación, la división.
Ahora bien, ¿quién es el que se está separando? ¿Quién está causando la división? ¿El que sigue a Cristo o el que no?
El que se divide es aquél que no sigue a Cristo. De allí que el seguidor de Cristo se siente apartado de los que no lo están siguiendo. Y pueden ser amigos, parientes o de la propia familia. Y esa división significa que alguno o algunos están haciendo lo que hay que hacer, pues le están siguiendo a El, Camino, Verdad y Vida.
Entonces ... ¿nos quedamos sin familia? ¿Nos quedamos sin padres, ni hermanos, ni hijos? La respuesta es otra sorpresa del Señor:
“‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ E indicando con la mano a sus discípulos, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos’. Porque todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’” (Mt. 12, 48-49).
Por otra parte, la división es inevitable. Toda división trae sufrimiento y ese sufrimiento purifica a quien pretende seguir a Cristo y ve que los suyos no hacen lo mismo. Sufre porque los suyos no están en el Camino que es Cristo. Sufre porque no puede compartir con ellos la Verdad que es Cristo. Sufre porque los suyos no viven la Vida que es Cristo.
De allí que el Señor nos diga antes de hablarnos de esta dolorosa división, en el comienzo del Evangelio de hoy: “Vine a traer fuego a la tierra. Y cómo quisiera que estuviera ya ardiendo” (Lc. 12, 49). Es el fuego purificador de su Palabra. Es el fuego purificador de la acción del Espíritu Santo en el mundo y en cada uno de nosotros. Es el fuego purificador del sufrimiento, cualquiera que sea, pero muy especialmente del causado por seguirlo a El. Que nuestros corazones se abrasen en ese fuego del Amor divino para que así superemos toda división por la fuerza de una entrega amorosa a dios y a los hermanos, especialmente a los que nos persiguen, a los que nos "ridiculizan" por vivir la fe.
Que la Bendición de Dios, la vida sacramental, la dirección espiritual y la oración nos ayuden a todos a mantenernos firmes en nuestra opción por Cristo y su Evangelio.
Feliz Domingo a todos. Que Dios os bendiga.
11/8/13
«Estad preparados y tened encendidas vuestras lámparas»
XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Sabiduría 18, 6-9 // Salmo 33 // Hebreos 11, 1-2.8-19 // Lucas 12, 32-40.
Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas de este domingo diecinueve del tiempo ordinario nos hablan de dos virtudes esenciales en un cristiano: la FE y la ESPERANZA. Sabemos que la Fe es un regalo de Dios. Y eso significa que tenemos toda su ayuda para que creamos en lo que esperamos y para que nuestra Fe no desfallezca nunca, aún en medio de las más complicadas situaciones. Pero la fe debemos buscarla, pedirla, mimarla. Os pongo un ejemplo: cualquiera de los dones que tenemos humanamente son un regalo de Dios. Pero esos dones si no los potenciamos, si no los trabajamos y los ponemos a rendir se quedan sin dar frutos, como si fuese inexistentes. Con la fe pasa lo mismo, la hemos recibido en el bautismo, pero eso no basta, debemos hacerla crecer, debemos mimarla, debemos alimentarla con los sacramentos y la oración. La fe está viva en nosotros, Dios ha dispuesto todos los medios necesarios para que esa fe crezca, sea robusta, fuerte, alegre, gozosa, etc...pero nosotros debemos usar esos medios para consolidar nuestra fe. Cuando vienen los momentos duros de la vida, la fe es cuestionada, y entonces nos toca imitar la Fe de la Santísima Virgen María que tuvo Fe en el momento increíble, pero gozoso, de la Anunciación. Y esa Fe suya no desfalleció jamás, ni siquiera en los momentos más dolorosos del sufrimiento de su Hijo, ni en el momento de su ausencia cuando lo colocó en el sepulcro.
Nuestra Fe tiene que ser como la de la Virgen. La Fe no puede ser una actitud momentánea o de algunos momentos. La Fe no puede ir en marcha y marcha atrás. La Fe tiene que ir acompañada de la perseverancia ... hasta el final. Bien lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy: “Estén listos con la túnica puesta y las lámparas encendidas ... También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre” (Lc. 12, 32-48).
Es seria esta advertencia del Señor: a la hora que menos pensemos vendrá Jesucristo, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, bien porque El mismo venga en gloria a juzgar a vivos y muertos. Y tenemos que estar preparados. Tenemos que vivir cada día de nuestra vida en la tierra como si fuera el último día de nuestra vida. Es la recomendación de ese gran Santo de la Iglesia, San Francisco de Sales.
En el Evangelio, además de las advertencias mencionadas, el Señor nos propone una parábola relativa a ese requerimiento de perseverancia y de preparación constante que debemos tener. Nos habla de dos administradores: uno honesto y diligente, y otro descuidado y desleal. Nos dice que será dichoso aquél a quien el jefe lo encuentre cumpliendo su deber. Pero el otro, el incumplidor, juerguista e irresponsable, “recibirá muchos azotes”, porque, conociendo la voluntad de su amo, no la cumplió. Ante esta posibilidad de conocer la voluntad de Dios y no cumplirla, mucha gente no practicante, alega que su desconocimiento de las cosas de Dios, de las normas de la Iglesia, del Evangelio, etc...pues que les impiden hacer crecer en la fe. Incluso muchos cristianos de buena voluntad se cuestionan sobre la Salvación de tanta buena gente que viven totalmente apartada de Dios por desconocimiento. No podemos ser ingenuos. Es posible que en una tribu remota del Amazonas se dé esa posibilidad de la existencia de un grupo de personas que nunca han oido la predicación del Evangelio, que nadie les ha hablado de Cristo, de la Iglesia. Puede ser que esas personas se salven, porque no son culpables de su ignorancia en la fe. Dios en su infinita misericordia tendrá piedad de ellos, si son buenas personas y viven entregados al servicio de su tribu. Pero a mi me surge una pregunta ¿Creéis de verdad que en Córdoba, en agosto de 2013, existen personas que no sepan quién es Cristo, qué es la Iglesia, quién es Dios? Yo ciertamente creo que NO. Existen muchísimas personas que "pasan de la Fe", que viven al margen de Dios, que ciertamente conocen muy poco del Evangelio, de la doctrina cristiana, de los mandamientos...pero ¿qué exista alguien que, como en el amazonas, NO sepa quien es Jesús? Eso es imposible, Hasta los practicantes de otras religiones, .los ateos, los agnósticos, etc...saben quien es Jesús y los rudimentos básicos de la fe católica y de su Iglesia. No podemos usar como justificación para nuestra falta de fe, de vida cristiana, de entrega a Cristo...el DESCONOCIMIENTO. No, eso es una falacia. Todos sabemos muy bien lo que tenemos que hacer para alimentar nuestra fe. El problema es que no lo hacemos, además como es la gran mayoría la que no practica la fe, intentamos justificarlos. Recordad que Cristo fue muy claro en el Evangelio, y al criado que sabe lo que tiene que hacer y no lo hace, lo castigará.
Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos este tiempo de descanso y vacaciones para cultivar nuestra fe. En el tiempo de descanso procuremos leer la Palabra de Dios, alguna vida de santos, algún libro que nos instruya en nuestra vida cristiana. Hacer más oración. Ahora que tenemos más tiempo hagamos la oración que durante el año, por el ajetreo laboral y académico, no podemos hacer...y por encima de todo, participemos en la Eucaristía de cada Domingo, al Señor no se le dan vacaciones. El Señor sigue esperándonos cada domingo. Si estáis fuera de la parroquia, buscad en vuestro lugar de vacaciones una parroquia donde celebrar el domingo. Dios os lo premiará, estoy seguro que os colmará con sus bendiciones y su Gracia.
Feliz domingo a todos y que Dios os bendiga. Tomás Pajuelo Romero. Párroco.
























