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25/8/13

Esforzaos por entrar por la Puerta Estrecha

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Isa. 66,18-21/Salmo 117(116)/Heb. 12,5-7.11-13/Luc. 13,22-30

Las Lecturas de este Domingo nos recuerdan nuestro camino al Cielo. El Señor nos habla en el Evangelio (Lc. 13, 22-30) de la“puerta estrecha” que lleva al Cielo ... y de los que quedarán fuera. El comentario de Jesús se da a raíz de una pregunta que le hace alguien durante una de sus enseñanzas, mientras iba camino a Jerusalén.“Señor: ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?”  Y Jesús no responde directamente sobre el número de los salvados. Pero con su respuesta nos da a entender varias cosas.

Primero: que hay que esforzarse por llegar al Cielo. Nos dice así: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha”. Lo segundo que vemos es que la puerta del Cielo es “angosta”. Además nos dice que “muchos tratarán de entrar (al Cielo) y no podrán”. Con razón nos dice el Señor que necesitamos esforzarnos. Y ... ¿en qué consiste ese esfuerzo? El esfuerzo consiste en buscar y en hacer solamente la Voluntad de Dios. Y esto que se dice tan fácilmente, no es tan fácil. Y no es tan fácil, porque nos gusta siempre hacer nuestra propia voluntad y no la de Dios.

Hacer la Voluntad de Dios es no tener voluntad propia. Es entregarnos enteramente a Dios y a sus planes y designios para nuestra vida. Es aún más: hacer la Voluntad de Dios es ceñirnos a los criterios de Dios ... y no a los nuestros. Es decirle al Señor, no cuáles son nuestros planes para que El nos ayude a realizarlos, sino más bien preguntarle: “Señor ¿qué quieres tú de mí”. Es más bien decirle: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu Voluntad. Haz conmigo lo que Tú quieras”.

Y ... ¿oramos así al Señor? Si oramos así y si actuamos así, estamos realizando ese esfuerzo que nos pide el Señor para poder entrar por la“puerta estrecha” del Cielo. Pero si no buscamos la Voluntad de Dios, si no cumplimos con sus Mandamientos, si lo que hacemos es tratar de satisfacer los deseos propios y la propia voluntad, podemos estar yéndonos por el camino fácil y ancho que no lleva al Cielo, sino al otro sitio.

Y ... ¿cómo es ese otro sitio? Aunque en este texto del Evangelio que hemos leído hoy, Jesús no nombra directamente ese otro sitio con el nombre de “Infierno”, sí nos da a entender cómo será. Además, es bueno saber que Jesucristo lo nombra de muchas maneras, en muchas otras ocasiones.

Y es bueno saber que el Infierno es una de las verdades de nuestra Fe Católica que está apoyada por el mayor número de citas bíblicas. A veces el Señor lo llama fuego, a veces fuego eterno o abismo, oscuridad, tinieblas, etc.

En el caso del Evangelio de hoy, lo describe simplemente como “ser echado fuera”. Y describe, además, cómo será el rechazo de Dios hacia los que “han hecho el mal”. Dirá así el Señor a los que han obrado mal: “Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí todos ustedes, los que han hecho el mal”. Y concluye diciendo cómo será la reacción de los malos: “Entonces llorarán ustedes y se desesperarán”.

En la Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo la semana pasada, recordábamos el misterio de nuestra futura inmortalidad y de lo que nos espera en la otra Vida. Este Evangelio de hoy nos lleva a lo mismo: nos lleva a reflexionar sobre nuestro destino final para la eternidad. Los seres humanos nacemos, crecemos y morimos. De hecho, nacemos a esta vida terrena para morir; es decir, para pasar de esta vida a la Vida Eterna. Así que la muerte no es el fin de la vida, sino el paso a la Vida Eterna, el comienzo de la Verdadera Vida … si transitamos “el camino estrecho” de que nos habla el Señor en el Evangelio.

Nuestro destino para toda la eternidad queda definido en el instante mismo de nuestra muerte. En ese momento nuestra alma, que es inmortal, se separa de nuestro cuerpo e inmediatamente es juzgada por Dios, en lo que se denomina el Juicio Particular.

Y ¿qué es el Juicio Particular? El Juicio Particular que sucede simultáneamente con nuestra muerte, consiste en una iluminación instantánea que el alma recibe de Dios, mediante la cual ésta sabe su destino para la eternidad, según sus buenas y malas obras. El día de nuestro nacimiento nacemos a la vida terrena ... y llegar al Cielo es nacer a la gloria eterna. Nuestra alma al presentarse al Cielo tiene un solo pensar, un solo sentimiento: el Amor de Dios. Y como el Amor de Dios es Infinito, es entonces, el amor más grande que podamos sentir. Y ese Amor Infinito de Dios nos atrae de una manera tan intensa que sólo eso deseamos. En efecto, en el Cielo amaremos a Dios con todas nuestras fuerzas y El nos amará con su Amor que no tiene límites. El Amor de Dios es el Amor más intenso y más agradable que podamos sentir. Es muchísimo más que todo lo que nuestro corazón ha anhelado siempre. En el Cielo ya no desearemos, ni necesitaremos nada más, pues el Cielo es la satisfacción perfecta de nuestro anhelo de felicidad. Sin embargo, el Cielo es realmente indescriptible, inimaginable, inexplicable. Es infinitamente más de todo lo que tratemos de imaginarnos o intentemos describir. Por eso San Pablo, quien según sus escritos pudo vislumbrar el Cielo, sólo puede decir que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman”(1 Cor. 2, 9).

La Primera Lectura (Is. 66, 18-21) nos habla de Dios que ha llamado a hombres de todas las naciones, de todas las razas, de todas las lenguas. No hay excepción. De lejos y de cerca, de todas partes. La salvación es una llamada universal, no sólo para los judíos. Esto conecta con el final del Evangelio: “Vendrán muchos de oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios”. Todos están llamados: unos aceptan a Dios, otros no. Unos serán primeros y otros serán últimos.

Nosotros somos llamados por Dios a vivir la Eternidad del Cielo tomando el camino de la puerta estrecha, del cumplimiento de la voluntad de Dios, de sus mandamientos. Vivir el Evangelio, los sacramentos y la comunión será el mejor pasaporte a la eternidad.

Que Dios os bendiga a todos y os conceda un feliz domingo, feliz día del Señor.

Tomás.

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18/8/13

No he venido a traer la paz, sino la división

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Jer 38, 4-6.8-10 / Salmo 40(39) / Heb 12, 1-4 / Lc 12, 49-53

La Palabra de Dios en este domingo, 18 de agosto, domingo XX del tiempo ordinario nos presenta unas lecturas que a primera vista pueden parecer desconcertantes. Las Lecturas de hoy nos hablan de dos temas conflictivos, por ser desagradables: la persecución y la división. Y por más que queramos soslayarlos, no nos es posible. Son una realidad que están inscritas en lo profundo del SER cristianos.

Tampoco podemos disimular una grave afirmación de Jesús, acerca de la división en la familia, que nos trae el Evangelio de hoy:

“No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc. 12, 49-53).

¿Cómo puede ser esto? ¿No dijeron los Ángeles que anunciaron el Nacimiento del Salvador: “Paz a los hombres” (Lc. 2, 14)? ¿No nos habló varias veces Jesús de llevar la Paz, de ser pacíficos, etc.? ¿No nos dijo: “Mi Paz les dejo; mi Paz les doy” (Jn. 14, 27)? Ciertamente. Así nos dijo. Pero, enseguida explicó: “La Paz que Yo les doy no es como la que da el mundo” (Mt. 14, 27).

La Paz de Jesús no es como la del mundo. La paz que nos ofrece el mundo es una paz ficticia, incompleta, equívoca, engañosa ... Porque en el mundo las cosas no son como las de Dios. La Paz que Cristo nos vino a traer es muy distinta a la del mundo. Muy distinta. Cristo vino a traer la salvación. Y la salvación puede trastornar la paz según el mundo, porque hay unos que buscan a Cristo y su causa -la salvación de la humanidad-, y hay otros que no. Ahí radica la división a la que se refiere Jesús en este Evangelio: los que están con El y su causa, y los que no están con El y con su causa.

Y esa división puede darse en una nación, entre amigos ... o en una familia. Es verdad que la Fe puede ser factor de unión, pero cuando hay algunos que no la acogen puede ser también factor de división. Muchas veces cuando alguno o algunos responden a la llamada de Cristo a seguirlo de verdad, sincera y profundamente como Cristo nos pide, pueden esos seguidores convertirse en “signo de contradicción” para los demás ... incluso para los más cercanos.

“¡Eres muy fanático!” “¡Has perdido objetividad!” “¡Ya no hablas sino de Dios!” Son las frases que escuchamos a nuestro alrededor cuando intentamos vivir coherentemente nuestra fe. En cuanto cualquiera de nosotros rezamos, defendemos a la iglesia, vivimos los sacramentos, confesamos y comulgamos, incluso algunos colaboran en la Parroquia como catequista, en cáritas, en la visita a los enfermos, en las reuniones de formación, etc... los que nos rodean nos dicen esas frases que he mencionado anteriormente. Incluso los más cercanos a nosotros, nuestra familia más próxima, se sienten denunciados por nuestro interés por ser mejores cristianos, por formarnos, por vivir la comunión, por practicar nuestra religión. Eso les lleva a meterse con nosotros. Y termina por darse el distanciamiento, la separación, la división.

Ahora bien, ¿quién es el que se está separando? ¿Quién está causando la división? ¿El que sigue a Cristo o el que no?

El que se divide es aquél que no sigue a Cristo. De allí que el seguidor de Cristo se siente apartado de los que no lo están siguiendo. Y pueden ser amigos, parientes o de la propia familia. Y esa división significa que alguno o algunos están haciendo lo que hay que hacer, pues le están siguiendo a El, Camino, Verdad y Vida.

Entonces ... ¿nos quedamos sin familia? ¿Nos quedamos sin padres, ni hermanos, ni hijos? La respuesta es otra sorpresa del Señor:

“‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ E indicando con la mano a sus discípulos, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos’. Porque todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’” (Mt. 12, 48-49).

Por otra parte, la división es inevitable. Toda división trae sufrimiento y ese sufrimiento purifica a quien pretende seguir a Cristo y ve que los suyos no hacen lo mismo. Sufre porque los suyos no están en el Camino que es Cristo. Sufre porque no puede compartir con ellos la Verdad que es Cristo. Sufre porque los suyos no viven la Vida que es Cristo.

De allí que el Señor nos diga antes de hablarnos de esta dolorosa división, en el comienzo del Evangelio de hoy: “Vine a traer fuego a la tierra. Y cómo quisiera que estuviera ya ardiendo” (Lc. 12, 49). Es el fuego purificador de su Palabra. Es el fuego purificador de la acción del Espíritu Santo en el mundo y en cada uno de nosotros. Es el fuego purificador del sufrimiento, cualquiera que sea, pero muy especialmente del causado por seguirlo a El. Que nuestros corazones se abrasen en ese fuego del Amor divino para que así superemos toda división por la fuerza de una entrega amorosa a dios y a los hermanos, especialmente a los que nos persiguen, a los que nos "ridiculizan" por vivir la fe.

Que la Bendición de Dios, la vida sacramental, la dirección espiritual y la oración nos ayuden a todos a mantenernos firmes en nuestra opción por Cristo y su Evangelio.

Feliz Domingo a todos. Que Dios os bendiga.
Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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11/8/13

«Estad preparados y tened encendidas vuestras lámparas»

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Sabiduría 18, 6-9 // Salmo 33 // Hebreos 11, 1-2.8-19 // Lucas 12, 32-40.


Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo diecinueve del tiempo ordinario nos hablan de dos virtudes esenciales en un cristiano: la FE y la ESPERANZA. Sabemos que la Fe es un regalo de Dios.  Y eso significa que tenemos toda su ayuda para que creamos en lo que esperamos y para que nuestra Fe no desfallezca nunca, aún en medio de las más complicadas situaciones. Pero la fe debemos buscarla, pedirla, mimarla. Os pongo un ejemplo: cualquiera de los dones que tenemos humanamente son un regalo de Dios. Pero esos dones si no los potenciamos, si no los trabajamos y los ponemos a rendir se quedan sin dar frutos, como si fuese inexistentes. Con la fe pasa lo mismo, la hemos recibido en el bautismo, pero eso no basta, debemos hacerla crecer, debemos mimarla, debemos alimentarla con los sacramentos y la oración. La fe está viva en nosotros, Dios ha dispuesto todos los medios necesarios para que esa fe crezca, sea robusta, fuerte, alegre, gozosa, etc...pero nosotros debemos usar esos medios para consolidar nuestra fe. Cuando vienen los momentos duros de la vida, la fe es cuestionada, y entonces nos toca imitar la Fe de la Santísima Virgen María que tuvo Fe en el momento increíble, pero gozoso, de la Anunciación.  Y esa Fe suya no desfalleció jamás, ni siquiera en los momentos más dolorosos del sufrimiento de su Hijo, ni en el momento de su ausencia cuando lo colocó en el sepulcro.

Nuestra Fe tiene que ser como la de la Virgen.  La Fe no puede ser una actitud momentánea o de algunos momentos.  La Fe no puede ir en marcha y marcha atrás.  La Fe tiene que ir acompañada de la perseverancia ... hasta el final.  Bien lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy: “Estén listos con la túnica puesta y las lámparas encendidas ... También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre” (Lc. 12, 32-48).  

Es seria esta advertencia del Señor:  a la hora que menos pensemos vendrá Jesucristo, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, bien porque El mismo venga en gloria a juzgar a vivos y muertos.  Y tenemos que estar preparados.  Tenemos que vivir cada día de nuestra vida en la tierra como si fuera el último día de nuestra vida.  Es la recomendación de ese gran Santo de la Iglesia, San Francisco de Sales.

En el Evangelio, además de las advertencias mencionadas, el Señor nos propone una parábola relativa a ese requerimiento de perseverancia y de preparación constante que debemos tener.  Nos habla de dos administradores:  uno honesto y diligente, y otro descuidado y desleal.  Nos dice que será dichoso aquél a quien el jefe lo encuentre cumpliendo su deber.  Pero el otro, el incumplidor, juerguista e irresponsable, “recibirá muchos azotes”,  porque, conociendo la voluntad de su amo, no la cumplió. Ante esta posibilidad de conocer la voluntad de Dios y no cumplirla, mucha gente no practicante, alega que su desconocimiento de las cosas de Dios, de las normas de la Iglesia, del Evangelio, etc...pues que les impiden hacer crecer en la fe. Incluso muchos cristianos de buena voluntad se cuestionan sobre la Salvación de tanta buena gente que viven totalmente apartada de Dios por desconocimiento. No podemos ser ingenuos. Es posible que en una tribu remota del Amazonas se dé esa posibilidad de la existencia de un grupo de personas que nunca han oido la predicación del Evangelio, que nadie les ha hablado de Cristo, de la Iglesia. Puede ser que esas personas se salven, porque no son culpables de su ignorancia en la fe. Dios en su infinita misericordia tendrá piedad de ellos, si son buenas personas y viven entregados al servicio de su tribu. Pero a mi me surge una pregunta ¿Creéis de verdad que en Córdoba, en agosto de 2013, existen personas que no sepan quién es Cristo, qué es la Iglesia, quién es Dios? Yo ciertamente creo que NO. Existen muchísimas personas que "pasan de la Fe", que viven al margen de Dios, que ciertamente conocen muy poco del Evangelio, de la doctrina cristiana, de los mandamientos...pero ¿qué exista alguien que, como en el amazonas, NO sepa quien es Jesús? Eso es imposible, Hasta los practicantes de otras religiones, .los ateos, los agnósticos, etc...saben quien es Jesús y los rudimentos básicos de la fe católica y de su Iglesia. No podemos usar como justificación para nuestra falta de fe, de vida cristiana, de entrega a Cristo...el DESCONOCIMIENTO. No, eso es una falacia. Todos sabemos muy bien lo que tenemos que hacer para alimentar nuestra fe. El problema es que no lo hacemos, además como es la gran mayoría la que no practica la fe, intentamos justificarlos. Recordad que Cristo fue muy claro en el Evangelio, y al criado que sabe lo que tiene que hacer y no lo hace, lo castigará.

Queridos hermanos y hermanas, aprovechemos este tiempo de descanso y vacaciones para cultivar nuestra fe. En el tiempo de descanso procuremos leer la Palabra de Dios, alguna vida de santos, algún libro que nos instruya en nuestra vida cristiana. Hacer más oración. Ahora que tenemos más tiempo hagamos la oración que durante el año, por el ajetreo laboral y académico, no podemos hacer...y por encima de todo, participemos en la Eucaristía de cada Domingo, al Señor no se le dan vacaciones. El Señor sigue esperándonos cada domingo. Si estáis fuera de la parroquia, buscad en vuestro lugar de vacaciones una parroquia donde celebrar el domingo. Dios os lo premiará, estoy seguro que os colmará con sus bendiciones y su Gracia.

Feliz domingo a todos y que Dios os bendiga. Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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14/7/13

«¿Quién es mi prójimo?»

XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Deuteronomio 30, 10-14 // Salmo 69 // Colosences 1, 15-20 // Lucas 10, 25-37.

Queridos hermanos y hermanas:

Vidriera con escena de la parábola del Buen Samaritano
En este domingo decimoquinto del tiempo ordinario, la Palabra de Dios nos interpela en el AMOR. Escuchamos en las lecturas que el cristiano debe amar a dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. La palabra amor ha perdido todo su significado en nuestra sociedad de hoy. A cualquier cosa se le denomina amar. Amar se ha convertido en poseer, en hacer, en tener... cuando el significado profundo y verdadero del verbo amar es entrega, sacrificio, desposeer toda la vida entregándola al otro. Amar es desaparecer yo para entregarme al otro. Puede parecer imposible, o palabras bonitas, trasnochadas... pero ese es el verdadero amor.
Pensad por un momento en una madre, ella se entrega, se desvive, se quita lo suyo para dárselo a sus hijos... en definitiva, AMA. Todos comprendemos este ejemplo, pues si lo comprendemos hagamos igual, actuemos. El amor que Dios nos pide es idéntico a este amor de madre. Cuando la primera lectura de hoy nos dice que tenemos que amar a Dios con todo nuestro corazón, nuestro ser, nuestra alma, nos está diciendo que cada uno de nosotros debe entregarse a Dios de una manera total, sin restricciones, como una madre se entrega por sus hijos. A Dios nos entregamos en cuerpo y alma, todo nuestro ser. No puede haber partes de mí, de mi pensar, de mi actuar, de mi ser...que se escondan a Dios, que no se entreguen a Él. El cristiano de verdad es aquel que pone su vida de manera total y confiada en manos de Dios. Es aquel que lo ama de una manera absoluta. No puedo entender que una persona ensucie el nombre de cristiano cuando en su vida no hay entrega, oración, sacramentos, caridad, totalidad de amor a Dios. Cuando esa persona, en su vida diaria, no reza, no practica, no comparte, no ejerce la caridad, no obedece a su Padre Dios, etc... está faltando gravemente a su ser cristiano.

El Señor nos lo dice hoy muy claro en la parábola del buen samaritano. El corazón de un verdadero cristiano se entrega a los demás, no hace acepción de personas, socorre al necesitado y practica la caridad. Caridad, que palabra más santa y más profunda, es amar al hermano y compartir mi tiempo, mi dinero, mi ayuda, mis conocimientos con el que lo necesita. Todos estamos siendo testigos de la gran obra de amor que está realizando CÁRITAS en todas las parroquias y Diócesis, en estos momentos de crisis. Podemos echar un vistazo a la información que aparece en la página web de la diócesis de Córdoba sobre las cuantías reales en euros de la ayuda prestada en el año. Pero Cáritas no es una entelequia, Cáritas la forman miles de voluntarios que dedican su tiempo, su esfuerzo, su dinero, su saber, su amor a los más necesitados. Ellos son los "buenos Samaritanos" de nuestros días. Ellos que ayudan a todos los que, verdaderamente, lo necesitan. Los que han sido abandonados por sus familias, por las instituciones gubernamentales, por la sociedad civil. Acuden con esperanza a su madre Iglesia y allí encuentra el rostro cariñoso y materno de los componentes de Cáritas.
Cuando rezamos y meditamos el evangelio de hoy, todos pensamos cómo podemos ser en nuestra sociedad los samaritanos. Cómo podemos acercarnos al pobre y ayudarle...yo os pido que os integréis en Cáritas, que canalicéis vuestro amor al necesitado a través de vuestras Cáritas parroquiales. Cáritas es el rostro del buen Samaritano hoy, de la Iglesia que es madre y que ama a sus hijos más débiles. Porque Cáritas es la Iglesia y la Iglesia es Cáritas.

Para poder ser buenos samaritanos, debemos AMAR profundamente a Dios y sentirnos vivamente y realmente AMADOS por Dios, Nuestro Padre. Así, llenos del amor divino llevaremos el amor a los que nos rodean. He aquí la diferencia entre altruismo y caridad, entre filantropía y amor. El Cristiano debe amar; no le basta hacer el bien con un escondido interés o con una motivación impura. La Caridad es también independiente del sentimiento. Es más bien una disposición de la voluntad. Es un deseo de hacer el bien porque Dios nos ama así y desea que nosotros amemos como Él nos ama. Por eso la Caridad no es egoísta; es decir, no busca la propia satisfacción, sino el servir al otro y complacer a Dios. Además la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres.

En el caso del Evangelio de hoy, es importante hacer notar esto de que la Caridad incluye a todos. Es así como el extraño, el Samaritano, el que no era del país, el que era considerado enemigo de la nación judía, fue el que ayudó al malherido por los ladrones. La Caridad no se ejerce por capricho, por impulsos de un sentimentalismo infantil y caprichoso, la Caridad no se ejerce cuando me apetece o tengo ganas... la Caridad es la seña de identidad del cristiano. Lo que le diferencia de una simple ONG es el AMOR, la Fe, la Confianza en Dios, la entrega a Dios...

Hermanos vamos a pedirle a Dios que nos conceda ser cristianos que le AMAN profundamente y que AMAN profundamente al prójimo. Os invito a que dediquéis vuestro empeño a la Caridad, a compartir con el necesitado. Involucraros con la Caridad.

Que Dios os bendiga a todos. Feliz día del Señor. Tomás.

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7/7/13

"Como Ovejas en Medio de Lobos"

XIV DE TIEMPO ORDINARIO

Lecturas:  Libro de Isaías 66,10-14. // Salmo 66(65) // Carta de San Pablo a los Gálatas 6,14-18. // Evangelio según San Lucas 10,1-12.17-20.

Las lecturas del día de hoy nos hablan de la virtud de la confianza en Dios y de nuestro deber de evangelizar. Sí, DEBER de evangelizar. Todos por nuestro bautismo somos constituidos apóstoles. Debemos confiar en Dios que nunca nos llama a una misión que no podamos realizar. Por eso en la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 66, 10-14)  se nos habla de la confianza en Dios y se nos da una imagen muy dulce, pero a la vez muy concreta y expresiva de cómo debe ser esa confianza.  Así se nos describe esa imagen:“Como un hijo a quien su madre consuela, así os consolaré Yo.  Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas”. Así debe ser nuestra confianza en Dios: como un niño en los brazos de su madre, que sabe que todo lo tiene, pues la madre sabe todo lo que necesita su niño. 
Esta Lectura basa la confianza en Dios en su Poder, al concluir así: “Y los siervos del Señor conocerán su Poder”. Confianza absoluta en Dios y no en nuestras fuerzas, en nuestro saber en nuestras virtudes. En el momento que nos creamos que somos nosotros los que realizamos la obra de evangelizar...en ese momento estaremos haciendo todo lo contrario, predicando nuestra forma de pensar, de creer, de saber...pero no la verdadera fe en Cristo Jesús. Es muy fácil caer en la tentación soberbia de creernos los "salvadores" del mundo porque hacemos muchas cosas...y NO podemos olvidar que el único SALVADOR es CRISTO. El SEÑOR.
En la Segunda Lectura (Gal. 6, 14-18),San Pablo nos hace saber que ya el mundo no tiene ningún valor para él, que el mundo y lo que éste significa están muertos para él.  “El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”. Y nos trae esta Lectura la famosa frase del Apóstol: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.   Aceptación de la cruz, del sufrimiento, y morir a lo que el mundo nos vende (cosas que nos parecen tan importantes y tan necesarias).  El seguidor de Cristo tiene que vivir como lo indica San Pablo.  No puede vivir de otra manera. No puede estar continuamente viviendo los valores del mundo y abandonando a Dios.
En el Evangelio (Lc. 10, 1-20) hemos escuchado el relato del envío de los 72 discípulos.  Y pareciera que este texto evangélico no tuviera mucha relación con las Lecturas anteriores.  Sin embargo, la forma en que Jesús envía a los 72, requiere de sus discípulos una confianza absoluta en el poder de Dios. 
Como “corderos en medio de lobos”,mandó Jesús a los primeros discípulos, 72 en total y en parejas de dos en dos, advirtiéndoles que la cosecha era grande y los trabajadores pocos.  Los mandó por delante de El “a los pueblos y lugares a donde pensaba ir”. La frase de los corderos y los lobos ciertamente asusta.  Sin embargo, todos fueron, todos respondieron.
Hoy el Señor nos repite este mandato a todos nosotros que hemos de realizar la “Nueva Evangelización” a la cual nos llamó Juan Pablo II, también Benedicto XVI y nos sigue llamando Francisco. Al decirle a sus discípulos que los envía“como corderos en medio de lobos”, parece anunciarles peligros serios.  Podemos pensar qué puede suceder cuando algunos pobres corderitos se encuentran ante una manada de lobos feroces.  La imagen es fuerte.  Pero sucede que los corderos, sus 72 discípulos, deben confiar no en su propia fuerza, sino en el poder de Dios. 
Esto es tan así, que además da a sus discípulos instrucciones muy precisas de que no lleven ni dinero, ni alforjas, ni sandalias.  O sea, los envía también aparentemente desprovistos de todo lo necesario desde el punto de vista humano.
¿Qué nos diría el Señor a nosotros hoy, cuando los tres últimos Papas nos están enviando a re-evangelizar el mundo? Pues que nos lancemos de una vez por todas en sus brazos y prediquemos el Evangelio con alegría, con ilusión, con vida.
Hoy podemos encontrarnos esos lobos dentro de la misma comunidad eclesial, todos esos bautizados que están más pendientes de fastidiar y de ir en contra de la Iglesia que en obedecer, amar y vivir la comunión. Todos eso que se autoproclaman cristianos pero que su vida, sus palabras, sus acciones, su anticlericalismo, su falta de práctica religiosa..etc...los convierten en lobos dentro del redil.
¿Y qué le sucedió a los discípulos?  Estaban ¡impresionados! de lo que había sucedido.  Llegaron diciéndole a Jesús:  “Señor, ¡hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”.  Es decir, el lobo y los lobos, se sometieron a los corderos. Esa es nuestra confianza, saber que con Jesús podremos conseguir que los lobos se conviertan en corderitos... ¿Qué hacer entonces?  Convertirnos en instrumentos de Dios.  Confiar que Dios puede realizar prodigios a través de “corderos”, a pesar de los “lobos”.
Pero lo más importante es llevar al Señor en nosotros y que así el Señor llegue a los demás.  De allí que –primero que nada- debemos llenarnos de El.  ¿Y cómo nos llenamos de El?  En la oración, en la oración frecuente y constante.  En los Sacramentos, en la recepción de los Sacramentos también frecuente y constante.  La oración y los Sacramentos nos van haciendo instrumentos dóciles en las manos del Señor, para que El pueda actuar a través de nosotros.
Que la Virgen Santísima nos ayude a mar a Dios y entregarnos a Él como ella lo hizo durante toda su vida. Que Dios os bendiga. Feliz día del Señor a Todos. Un abrazo en el Señor. 

Tomás Pajuelo. Párroco.

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23/6/13

«Tú eres el Cristo de Dios»

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lecturas: Libro de Zacarías 12,10-11.13,1 // Salmo 62(61) // Carta de San Pablo a los Gálatas 3,26-29 // Evangelio según San Lucas 9,18-24

Queridos hermanos:

Las lecturas de este domingo, nos invitan a recordar a Jesucristo como Mesías. Fijémonos en el Evangelio cuando el Señor pregunta a sus Apóstoles quién creen ellos que es El. Y Pedro, inspirado directamente por el Espíritu Santo, reconoce al Señor como el Mesías, como Aquél a quien todo el pueblo de Israel -el Pueblo de Dios- había estado esperando por siglos.

“Mesías” significa “Ungido”. Pero el significado de la palabra “Mesías” es mucho más profundo que esto. Desde los primeros libros de la Sagrada Escritura vemos que el Pueblo de Dios esperaba al Mesías prometido. Y Dios va renovando y recordando esa promesa a lo largo de todo el Antiguo Testamento.

¿Qué sucedió? ¿Por qué Dios prometió al Mesías? ¿Por qué tanta expectación?
Recordemos que Dios había diseñado un plan maravilloso al colocar a la primera pareja humana en un sitio y un estado ideal de felicidad: el Paraíso Terrenal o Jardín del Edén. Pero nuestros primeros progenitores se rebelaron contra Dios, su Creador, y perdieron ellos, y nosotros sus descendientes, esa inicial condición de felicidad perfecta en que Dios los había colocado.

En ese estado de felicidad inicial los seres humanos gozábamos de privilegios especiales. Entre otras cosas, ni sufríamos, ni nos enfermábamos, ni moríamos. Además nos era más fácil hacer el bien y teníamos un mejor conocimiento de Dios, lo cual nos ayudaba a tener una mayor intimidad con El.

Pero Dios, que nos creó para que pudiéramos disfrutar para siempre de su Amor Infinito, no quiso abandonarnos, ni dejarnos en la situación en que quedamos, sino que preparó y diseñó un Plan de Salvación para la humanidad.

Pero, ¿Por qué plantea Jesús a los discípulos el asunto de su identidad? Porque había llegado el momento en que tenía que plantearles lo de su sufrimiento, muerte y resurrección, porque ya esto era inminente. Eso iba a suceder unos pocos días después, en cuanto llegaran a Jerusalén. Era muy importante, entonces, que supieran que –efectivamente- El era el Mesías esperado … aunque fuera apresado, aunque sufriera y muriera, Ellos mismos –en boca de Pedro- lo habían reconocido así. Pero, aunque les aseguró que resucitaría al tercer día, ni se dieron cuenta de esto que era lo más importante del anuncio.

Como los Apóstoles ya lo reconocían como el Salvador, el Mesías, debían saber y entender que no hay salvación si no se pasa por el sufrimiento. De allí que enseguida les informa –y nos informa- que también nosotros debemos recorrer el mismo camino: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga”.

Los sufrimientos de Jesús y su muerte en cruz, nos da la medida del precio de nuestro rescate: nada menos que la vida misma del Mesías. En efecto, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, paga nuestro rescate a un altísimo precio: con su Vida, Pasión, Muerte y posterior Resurrección.

Y ¿qué obtiene el género humano del Mesías?

El sacrificio de Jesucristo, el Mesías prometido y esperado, el Mesías reconocido por Pedro, ése que esperaban desde había siglos, nos consigue de nuevo el derecho a heredar la felicidad eterna en el Cielo. (Eso lo habíamos perdido).

Ahora bien, ya tenemos de nuevo el derecho a llegar al Cielo. Pero ¿cómo íbamos a cobrar esa herencia? Aprovechando todas las gracias que puso a nuestra disposición para llegar a allí.

El cristiano tiene abiertas las puertas del cielo, Cristo nos ha salvado y nos ha dicho que nos espera en su Reino. Esas puertas las cerramos nosotros con nuestros pecados, egoismos, faltas de fe, faltas de Amor a Dio...

Cristo nos dice hoy a cada uno de nosotros: ¿y para tí quién soy yo?

Con nuestro corazón abierto en su presencia vamos a contestarle sinceramente, vamos a decirle de verdad a Jesús, quién es Él para cada uno de nosotros. Vamos a decirselo con nuestras obras, con nuestra vida, con nuestro testimonio.

Pido a Dios todos los días por cada uno de los fieles que formamos Beato Álvaro de Córdoba para que deseemos ardientemente vivir la Gracia de Dios en nuestra vida, para que vivamos el Evangelio cada día y para que dediquemos tiempo a la oración cada jornada de nuestra existencia.

Que Dios os bendiga a todos. Feliz domingo.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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18/6/13

La Parroquia de Beato Álvaro devuelve la Visita al Señor Obispo

El pasado domingo nuestro párroco, D. Tomás Pajuelo, el coro parroquial y fieles de la parroquia asistieron a la misa dominical de la Santa Iglesia Catedral como devolución de la visita que el Señor Obispo realizó a nuestra parroquia el pasado año. Dejamos a continuación el vídeo de la celebración que fue acompañada por los cantos de nuestro coro.

   

11/6/13

Distracciones en la Misa

Muchas veces cuando participamos en la eucaristía podemos notar que el sacerdote ese día no está celebrando con total devoción. Muchas veces lo fácil es acusarle de distraerse en la misa, de no celebrar con unción, que le falta fe... o cosas peores...

Pero me gustaría compartir esta reflexión que he encontrado en internet:
Las distracciones pueden venir de dos sitios. El primero, del propio señor cura, porque quién sabe si este buen señor que está celebrando tiene algún problema gordo y esta tratándose algo que los feligreses desconocen. No es mi caso, pero vamos a suponer cosas.

No sabemos si el celebrante está enfermo, está pendiente de un diagnóstico o prueba de cuidado, si están detectándole algo malo. Tampoco si está sufriendo por algún problema en su familia, la enfermedad grave de sus padres, un hermano, quién sabe si se encuentra esperando un fatal desenlace de alguien muy cercano. Puede suceder que haya tenido un serio conflicto en la parroquia, un desencuentro con un compañero, unas palabras con el obispo, que esté sufriendo por una calumnia. Recuerdo un caso, gente que me decía “vaya misa que ha dicho hoy don Fulano, estaba en otra parte, así no se puede celebrar, te quita la devoción", y yo sabía que acababan de detectarle un tumor maligno y sin esperanzas.

Por eso cuando un cura parezca que en misa se distrae, que no se centra, si no ocurre nada especial en la celebración, no echemos tan fácilmente la culpa a su escasa espiritualidad o pocas ganas. Quién sabe si el pobre no tendrá en su cabeza algo que le esté agobiando. Ya, ya sé que todo debe superarse en el Señor, pero entiendo que querrán hombres, no ángeles, y a los hombres a veces nos pasan estas cosas.

Pero piensen también si esta aparente falta de ganas no puede venir también de la misma celebración. Y aquí voy a poner un poco de humor y a narrar cómo se ven las cosas desde el otro lado del altar. Porque no se crean que siempre es fácil celebrar.
Imaginen la misa de doce. Doce en punto y el sacerdote sale de la sacristía. Eso sí, hasta las doce y veinte la gente sigue entrando en el templo de forma continuada, y además haciendo ruido, según esa vieja fórmula de que al cine, cuando llegas tarde, entras de puntillas pero en la iglesia taconeando. Tres o cuatro móviles que suenan durante la celebración, uno incluso con el politono de Paquito el chocolatero, que solo falta que la gente responda agachándose y con el ey, ey, ey…. Pero es que además en un caso hasta han cogido la llamada: “oye que luego te llamo, que estoy en misa, sí, todos bien, me alegro, vale, pues luego hablamos". Sigue la misa y justo en medio de la consagración un niño de en torno a un añito suelta un chillido agudo y penetrante como si le estuvieran circuncidando. A partir de ese momento, para que esté tranquilo, mamá entrará y saldrá de la iglesia con el niño no menos de tres o cuatro veces. La señora María se levanta de vez en cuando y va echando monedas a los lampadarios con el consiguiente “cloc, cloc” de cada moneda porque es su costumbre. Eso sí, señor cura, usted no haga caso y a celebrar con mucha unción. Pues hombre, uno lo intenta, pero reconozcan que no siempre nos lo ponen fácil.


Cuando lo leía me preguntaba ¿No podemos poner todos (sacerdotes y fieles) de nuestra parte para que la Celebración de la Eucaristía sea el momento más importante en nuestra vida? Recemos a Dios para que así sea.
Tomás.

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28/5/13

Prevista adoración única de la Iglesia universal al Santísimo Sacramento el 2 de junio

La Iglesia universal realizará un gesto único el 2 de junio, día de Corpus Christi, de 17:00 a 18:00 (hora española) por el Año de la Fe, hora a la que en nuestra diocesis, el Obispo Demetrio, en comunión con el Papa Francisco, presidirá dicha adoración Eucarística.

«El papa Francisco, con motivo del Año de la Fe, ha convocado a toda la Iglesia a un gesto único: que en la tarde del domingo 2 de junio, día en que la mayor parte de la Iglesia Católica celebra la solemnidad del Corpus Christi, y a la misma hora, todos los católicos del mundo nos unamos en un gesto unánime de comunión con el Señor, y también de comunión con el Vicario de Cristo, con todo el Colegio Episcopal, y con toda la Iglesia extendida por toda la tierra, en una hora de adoración al Santísimo Sacramento»

26/5/13

Solemnidad de la Santísima Trinidad 2013

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Lecturas: Libro de los Proverbios 8,22-31 // Salmo 8 // Carta de San Pablo a los Romanos 5,1-5 // Evangelio según San Juan 16,12-15

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad: el misterio de un solo Dios en Tres Personas. Y las lecturas de hoy nos invitan a meditar sobre la esencia de Dios.

La Primera Lectura (Prov. 8, 22-31), tomada de uno de los llamados “libros sapienciales” de la Sagrada Escritura, el de los Proverbios, nos habla de la Sabiduría. Y al hablar de la Sabiduría se nos va mostrando en bellísima poesía el inmenso poder de Dios con frases como éstas: “jugando con el orbe de la tierra... afianzaba los cielos ... colgaba las nubes en lo alto”.

Y es curioso apreciar cómo también esta poesía nos presenta la Sabiduría como si fuera un personaje, como si fuera una creatura de Dios: “El Señor me poseía desde el principio, antes que sus obras más antiguas ... Antes que las montañas y las colinas quedaran asentadas, nací yo”.

Sin embargo, en esta otra frase podemos intuir que la poesía bíblica señala a la Sabiduría como si fuera Dios mismo: “Quedé establecida desde la eternidad, desde el principio”. En efecto, en otro de los libros sapienciales, el de la Sabiduría, se nos dice que por la Sabiduría “los hombres se salvarán” (Sb. 9, 18). También: “la Sabiduría es una emanación pura de la gloria de Dios” (Sb. 8, 25).

Es importante notar que en este caso, como en otros cuantos, el lenguaje de la Biblia no es literal. Estas bellísimas metáforas que nos comunican con claridad, aunque en lenguaje poético, la idea de la magnificencia y del poder de Dios, no son lenguaje literal.

El cristiano reconoce en estas citas que la Sabiduría es una figura de Cristo, que es la imagen de la excelencia de Dios y reflejo de su actividad, porque Cristo es la Palabra -es decir, la expresión misma de Dios. (Jn. 1,1)

Siendo la Fiesta de la Santísima Trinidad, en el Evangelio (Jn. 16, 12-15) Jesús nos habla de sí mismo, y también del Padre y del Espíritu Santo. Habla de éste como el “Espíritu de Verdad”.

Y nos dice: “El los irá guiando hasta la verdad plena ... recibirá de Mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío... tomará de lo mío y se lo comunicará”. Perfecta unión entre las Tres Personas, cuya Sabiduría es comunicada a nosotros.

Dicho en palabras de San Atanasio: “El Padre da a todos por el Hijo lo que el Espíritu Santo distribuye a cada uno”. Es decir: todo nos viene del Padre, por la gracia del Hijo, y todo es repartido por el Espíritu Santo.

De allí la frase de San Pablo (cf. 2 Cor. 13, 14) con que se inicia la Santa Misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes”.

En la Segunda Lectura (Rm. 5, 1-5) también San Pablo nos explica el funcionamiento de la Santísima Trinidad para con nosotros. “Por mediación de nuestro Señor Jesucristo hemos obtenido la fe, la entrada al mundo de la Gracia... Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, que El mismo nos ha dado”.

Quiere decir esto que el Padre es Amor, el Hijo es la Gracia. El Espíritu Santo es la comunicación del Amor y la Gracia. Es decir, el Amor del Padre y la Gracia del Hijo nos son comunicadas por el Espíritu Santo, el cual las infunde en nuestros corazones. ¡Maravilla operacional del Dios Uno y Trino, del Dios Vivo y Verdadero.

Y si Dios es así, si Dios funciona así para con nosotros sus creaturas, y si Dios es todo Amor y todo Gracia ¿por qué nos empeñamos en desfigurar a Dios?

Veamos: Un dios que no ama es la antítesis de Dios, pues esencialmente “Dios es Amor” (1 Jn. 4, 16).

Sin embargo, algunos en nuestros días se están construyendo un “dios” a su manera, a su medida, a su antojo... y, sin darse cuenta, se están construyendo un “dios” que no puede amar.

Un Dios “spray”, ha llamado el Papa Francisco a este “dios” inventado, por el “new-age” que creen es simplemente “energía”. Y una simple “energía”, por más grande que pueda ser, no es capaz de amar.

"¿Cuántas veces?" -se preguntó el Papa- la gente dice que en el fondo cree en Dios, pero "¿en qué Dios?. Un Dios difuso, un Dios-spray, que está un poco por doquier pero no se sabe qué es”. (18-4-13)

Para los católicos -y también para los demás cristianos- Dios es todopoderoso, infinitamente poderoso, pero no es una simple energía. Para nosotros Dios no es mera fuerza nebulosa: es un Ser, que conoce y que nos conoce a cada uno de nosotros en forma particular.

Es un Ser que se relaciona con nosotros, y nosotros con El. Es un Ser que ama, y nos ama a cada uno de manera especial, tan especial que nos ama a cada uno como si cada uno fuera único, porque cada una de sus creaturas es única para El.

Más aún, sabemos que Dios es un Ser tri-personal. De eso se trata el misterio de la Santísima Trinidad: Dios es uno, pero hay tres Personas en Dios.

Imposible de entender. Difícil de explicar. Aunque hay similitudes en nuestro mundo que nos ayudan a entender el concepto de Dios Uno y Trino: tres velas unidas en una sola llama, por ejemplo, nos dan una idea de la Trinidad.

“Nosotros creemos en Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo. Nosotros creemos en personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con Personas: o hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Esta es la fe", dijo el Papa Francisco. (18-4-13)

Y esas Tres Personas que son cada una el mismo y único Dios, se aman entre sí y nos aman a nosotros con un Amor que es Infinito, como Infinito es Dios.

Pero esas Tres Personas no están incluidas en el monigote de dios que se está creando esta civilización. ¿Cómo es ese monigote de dios?

Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, ni siquiera es considerado Dios. Es simplemente un profeta más, equiparado con Buda, Mahoma o Laotsé, Gandhi...

Los del New Age tienen la audacia de considerarlo un hombre que se dio cuenta que podía llegar a ser un dios. Para estos equivocados, Jesucristo no es el Dios-hecho-Hombre del Cristianismo, sino el hombre-hecho-dios que nos propone el post-modernismo, siguiendo la corriente panteísta, según la cual todo es dios y nosotros formamos parte de ese dios “spray”, por lo cual podemos pretender llegar nosotros también a ser dioses. ¡La tentación original: ser como dioses! Al final caemos en lo mismo que Adán y Eva, ¡Creernos dioses!

El Espíritu Santo ni siquiera aparece en este nuevo y errado concepto de Dios. Dentro de esta corriente, cuando se habla de “espíritu”, en nada se refiere a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que nace del Amor del Padre y del Hijo y que comunica ese Amor a los seres humanos.

En fin, con este dios inventado no hay posibilidad de relacionarse, pues más bien se cree que todos formamos parte de esa “divinidad energética” a la que llaman dios.

Parece, incluso, que esa pretendida unidad de todos formando parte del dios energía, fuera lo mismo que la unión o comunión con el Dios único y verdadero que pregona el cristianismo y que, efectivamente, Dios nos ofrece. Pero es muy distinto. En la verdad y realidad cristianas, Dios se da a los seres humanos y espera que nosotros nos demos a El. El nos comunica su Amor y desea que le amemos a El (por cierto, sobre todas las demás cosas y personas). El nos ama para que nosotros le amemos y para que nos amemos entre nosotros con ese Amor con que El nos ama.

Y en ese Amor de Dios a nosotros, de nosotros a Dios y de nosotros entre sí, se da la unión. “Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti. Sean también ellos uno en Nosotros” (Jn. 17, 21).

Si amamos a Dios como El desea ser amado por nosotros y si nos amamos entre nosotros con ese amor con que Dios nos ama, estaremos unidos a Dios para toda la eternidad.

Pero aún en el más allá, cuando esa unión se dará a plenitud, y los que hayamos obrado bien estaremos resucitados en cuerpo y alma gloriosos en unión plena en Dios, Dios seguirá siendo Dios y nosotros seguiremos siendo nosotros.

Dios seguirá siendo Tres Personas y nosotros seguiremos siendo también personas. ¡¡Gracias a Dios que no seremos todos “spray” "espiritu informe gaseoso"!!

Feliz día del Señor. Que Dios os bendiga a todos.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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Aviso - Horarios de verano 2013 - Atención al cambio

A partir del próximo miércoles 1 de junio (hasta el 1 de septiembre) se modifican los horarios en nuestra Parroquia del Beato Álvaro y pasan a ser los siguientes:

MISAS:

  • LUNES a VIERNES: 21h.
  • SÁBADOS: 21:00h
  • DOMINGOS: 10h, 12h y 21:00h. 
Atención al cambio de horario: Las misas de tarde de Sábado y Domingo pasan de 21:30h en años anteriores, a las 21:00h en este año
EXPOSICIÓN SANTÍSIMO
  • Martes de 20h a 21 h.

CONFESIONES:
  • Todos los días 1 hora antes de la misa en despacho parroquial.
  • Sábados y Domingos: Durante las misas.
  • Martes durante la Exposición.

DESPACHO PARROQUIAL:
  • Todos los días 1 hora antes de misa.

19/5/13

«Recibid el Espíritu Santo»

DOMINGO DE PENTECOSTES

Lecturas: Hechos de los Apóstoles 2, 1-11 // Salmo 104 // 1ª Corintios 12, 3-7.12-13 // Juan 20, 19-23

Queridos hermanos y hermanas:

Un fresco de Pentecostés de Giotto di Bondone, de entre 1303 y 1305Estamos celebrando “Pentecostés”, cincuenta días después de la Resurrección. De esa cifra, “50”, viene la palabra “Pentecostés”, día de la venida del Espíritu Santo a los Apóstoles, reunidos en oración con la Santísima Virgen María.

Jesús había hablado de esto en varias oportunidades y había asegurado a los Apóstoles que después de irse, vendría el Espíritu Santo. Una de las personas a quien habló Jesús sobre el Espíritu Santo fue a Nicodemo.

Nicodemo era un judío, perteneciente al grupo religioso de los Fariseos, que tenía una preocupación sincera por conocer la Verdad acerca de Dios y acerca de Jesús. Era maestro de la Ley, pero quería aprender del verdadero Maestro. De allí que un día fue de noche, a escondidas, a ver a Jesús, para aprender de él (Jn. 3, 1-9). Tanto aprendió y tanto creyó en Jesús que fue uno de los pocos “valientes” que estuvo para el momento de la sepultura de Cristo (Jn. 19, 39). En esa noche de enseñanza, Nicodemo le pregunta sorprendido a Jesús: “¿Cómo puede volver a nacer un hombre ya viejo?” (Jn. 3, 4). ¡Claro! Tenía que sorprenderse: el Maestro le acababa de decir esto: “En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba”.

Ante el asombro de Nicodemo, Cristo le explica: “El que no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios... Por eso no te extrañes que te haya dicho que necesitas nacer de nuevo, de arriba” (Jn. 3, 3-7).
Y ¿qué es nacer de nuevo, de arriba? Para entender esto, no hay más que ver a los Apóstoles antes y después de Pentecostés (Hech. 2, 1-11 y 5, 17-41). Antes eran torpes para entender las Sagradas Escrituras y aún para entender las enseñanzas que recibieron directamente del Señor. También eran débiles en su fe, deseosos de los primeros puestos y envidiosos entre ellos. Eran, además, temerosos para presentarse como seguidores de Jesús, por miedo a ser perseguidos.

Pero luego de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, cambiaron totalmente: se lanzaron a predicar sin ningún temor, llenos de sabiduría divina, con un poder de comunicación especial dado por el Espíritu Santo. En el idioma que fuera necesario, llamaban a todos -judíos y extranjeros- a la conversión.

A los que creían en el mensaje de Jesucristo Salvador, los iban bautizando. Así comienzan a formar nuevos discípulos y comunidades de cristianos, sin dejar de asistir a los necesitados.

Los torpes de antes comienzan a actuar con la Sabiduría de Dios. Los envidiosos de antes asume cada uno el lugar que le corresponde en la Iglesia de Cristo. Los temerosos de antes sufren persecuciones y llegan incluso a sufrir el martirio.

Así comenzó la primera evangelización. Ahora en nuestros días, al comienzo de este Tercer Milenio, los Papas (Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco) y los Obispos nos están llamando a realizar una “nueva evangelización”. Pero para eso necesitamos ser transformados por el Espíritu Santo, como los Apóstoles en Pentecostés.

Nos dijo el Papa Juan Pablo II que el objetivo prioritario de la “Nueva Evangelización” es el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos (TMA 42). Y Benedicto XVI ha creado el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, para impulsar la re-evangelización del mundo, comenzando por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. Y el Papa Francisco continúa con los planes para la nueva evangelización en este Año de la Fe y también después.

Y... ¿en qué consiste dar testimonio de Cristo? Es ser y vivir, pensar y actuar como Cristo lo haría si estuviera en nuestro lugar. Precisamente en esto consiste evangelizar. Básicamente en eso consiste la “nueva evangelización” a la cual el Papa Juan Pablo II nos llamó, y la re-evangelización que quiso impulsar Benedicto XVI y que continúa el Papa Francisco.

Pero, para poder ser y actuar como Cristo, tenemos que “volver a nacer”; es decir, tenemos que nacer del Espíritu Santo. ¿Cómo sabemos que hemos nacido del Espíritu Santo? Veamos algunos síntomas:
  • Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que Dios es lo más importante en su vida.
  • Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que quiere vivir para Dios y para lo que Él le indique.
  • Quien ha nacido del Espíritu Santo se da cuenta de que, aunque se ocupe de todo lo que tiene que ocuparse, (trabajo, estudios, familia, amigos, etc.) toda su vida está centrada en Dios.
  • Quien ha nacido del Espíritu Santo sabe que va caminando hacia Dios su encuentro definitivo con El, que tendrá lugar al fin de los tiempos o nos llega en el momento de nuestra muerte.
  • Quien ha nacido del Espíritu Santo, además, siente necesidad de comunicarlo a los demás.
¿Cómo volver a nacer? ¿Cómo nacer del Espíritu Santo? ¿Cómo puede suceder esa trasformación? Veamos qué hicieron los Apóstoles.

En primer lugar creyeron y obedecieron el anuncio del Señor. En segundo lugar perseveraban en la oración junto con María, la Madre de Jesús. “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46).

El secreto es la oración, la oración con la Santísima Virgen María, la oración diaria y perseverante, como los Apóstoles antes de Pentecostés.

Para “volver a nacer” hay que creer en Dios, obedecerlo y orar. Así “seremos bautizados en el Espíritu Santo”.

Este domingo, después de 15 años como capellán de camino, no estaré en el Rocío porque tengo exámenes el 20, 21 y 22 de mayo. Por este motivo, por primera vez en 15 años "presidiré" como párroco las misas de Pentecostés en la Parroquia. Celebraré la del Sábado y las de las 10h y las 12h del domingo. Que Dios os bendiga a todos. Feliz día del Señor.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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12/5/13

¡Él es el Rey del Universo!

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Lecturas: Hechos de los Apóstoles 1,1-11 // Salmo 47(46) // Carta a los Hebreos 9,24-28.10,19-23 // Evangelio según San Lucas 24,46-53

Celebramos hoy la Fiesta de la Ascensión de Jesucristo nuestro Señor al Cielo. Y esta Fiesta nos provoca sentimientos de alegría, pues el Señor asciende para reinar desde el Cielo (¡El es el Rey del Universo!). Pero también evoca sentimientos de nostalgia, pues Jesucristo se va ya de la tierra.

Recordemos que Jesucristo había resucitado después de una muerte que fue ¡tan traumática! -traumática para El por los sufrimientos intensísimos a que fue sometido- ... y traumática también para sus seguidores, para sus Apóstoles y discípulos, que quedaron estupefactos ante lo sucedido el Viernes Santo

Luego viene para ellos la sorpresa de la Resurrección. Al principio no creyeron lo que les dijeron las mujeres, luego el mismo Señor Resucitado se les apareció varias veces, y entonces recordaron y creyeron lo que El les había anunciado. La verdad es que los Apóstoles no entendían bien a Jesús cuando les anunciaba todo lo que iba a suceder: lo de su muerte, su posterior resurrección y luego también lo de su Ascensión al Cielo.

De muchas maneras les anunció el Señor lo que hoy celebramos: su Ascensión. Y en esos anuncios se notaban en Jesús sentimientos de nostalgia por dejar a sus Apóstoles.

Después de su Resurrección, el Señor pasa unos cuarenta días apareciéndose en la tierra a sus discípulos, a sus Apóstoles, a su Madre, para fortalecerles la Fe.

La Primera Lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice: “Se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. Un día, les mandó: ‘No os alejéis de Jerusalén. Aguardad aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya os he hablado ... Dentro de pocos días seréis bautizados con el Espíritu Santo’” (Hch. 1, 3-5).

La promesa del Padre era el Espíritu Santo, el Consolador, que vendría unos días después, en Pentecostés.

Entonces, los llevó a un sitio fuera y luego de darles las últimas instrucciones y bendecirlos, se fue elevando al Cielo a la vista de todos los presentes.

El impacto de este misterio fue tal, que aún después de haber desaparecido Jesús, los Apóstoles y discípulos seguían en éxtasis, mirando fijamente al Cielo.

Fue, entonces, cuando dos Ángeles interrumpieron ese éxtasis colectivo de amor, de nostalgia, de admiración al Señor, cuyo cuerpo radiantísimo había ascendido al Cielo, y les dijeron los dos Ángeles al unísono:

“¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Ese mismo Jesús que os ha dejado para subir al Cielo, volverá como lo habéis visto alejarse” (Hech. 1,11).

Como enseñanza de la Ascensión es importante recordar ese anuncio profético de los Ángeles sobre la Segunda Venida de Jesucristo: nos dicen los Ángeles que Cristo volverá de igual manera como se fue; es decir, en gloria y desde el Cielo. Jesucristo vendrá en ese momento como Juez a establecer su reinado definitivo.

Así lo reconocemos cada vez que rezamos el Credo: de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin.

El misterio de la Ascensión de Jesucristo es, también, un misterio de fe y esperanza en la vida eterna. La misma forma física en que se despidió el Señor -subiendo al Cielo- nos muestra nuestra meta, ese lugar donde El está, al que hemos sido invitados todos, para estar con El.

Ya nos lo había dicho al anunciar su partida: “En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar ... Volveré y los llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estén también ustedes” (Jn. 14,2-3).

La Ascensión de Jesucristo al Cielo en cuerpo y alma gloriosos nos despierta el anhelo de Cielo, la esperanza de nuestra futura inmortalidad.

Las Ascensión proclama no sólo la inmortalidad del alma, sino también la de cuerpo.

Recordemos que nuestra esperanza está en resucitar en cuerpo y alma gloriosos como El, para disfrutar con El y en El de una felicidad completa, perfecta y para siempre.

La Ascensión de Jesucristo nos recuerda también la promesa que hizo a los Apóstoles -y nos la hace a nosotros también- sobre la venida del Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo -el Espíritu de Dios- quien nos enseña y quien recuerda todo lo que Cristo nos dijo. Su venida la celebraremos el próximo Domingo.

Por eso, este tiempo previo a Pentecostés debiera ser un tiempo de oración, como lo tuvieron los Apóstoles después de la Ascensión. Ellos se reunían diariamente a orar con la Madre de Jesús, quien los consolaba y los animaba para cumplir la misión que el Señor les había encomendado.

Así estamos nosotros hoy también. Tenemos una misión que nos han encomendado Jesucristo y nos lo han recordados los Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

En su Carta Apostólica, Nuovo Millennio Ineunte (Al comienzo del nuevo milenio), el Papa Juan Pablo II nos pidió reforzar e intensificar la Nueva Evangelización y nos dio sus instrucciones: santidad, oración, primacía de la gracia, vida sacramental, escucha de la Palabra de Dios, para luego anunciar la Palabra de Dios.

Y tengamos en cuenta, además, lo que llama el Papa en su Carta “la primacía de la gracia”. Se refiere a nuestra respuesta a la gracia, recordándonos que “sin Cristo, nada podemos hacer”.

Y para poder vivir esa verdad tan olvidada, de que nada somos sin la gracia de Cristo, el Papa nos insiste en la necesidad de la oración.

Nadie puede dar lo que no tiene. Tenemos que llenarnos de Dios para llevarlo a los demás. Tenemos que llenarnos de la Palabra de Dios, para poder anunciarla a los demás. Bien decía Santa Teresa de Jesús: “Orar es llenarse de Dios para darlo a los demás”. Y Santo Domingo de Guzmán lo abreviaba aún más: “Contemplad y dad lo contemplado”.

Y no tengamos la idea equivocada de que la oración nos hace perder tiempo necesario para la acción: muy por el contrario, la oración nos hace mucho más eficientes en la acción.

El Papa Francisco dijo que todos los cristianos, los que han recibido la fe "debemos transmitirla, debemos proclamarla con nuestra vida, con nuestra palabra" para que más personas conozcan la "fe en Jesús Resucitado”. Y transmitir esto nos pide a nosotros ser valientes: el coraje de transmitir la fe, porque “la misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio a todo el mundo sin tenerle miedo a las cosas grandes, pero manteniendo siempre la humildad”. (Fco, 3/5/13 y 25/4/13)

Que la Ascensión del Señor nos despierte, entonces, el deseo de responder a su llamada a evangelizar que nos hizo Jesús precisamente justo antes de subir al Cielo y que nos siguen pidiendo sus Vicarios aquí en la tierra que son los Papas.

Los Apóstoles, discípulos y primeros cristianos realizaron la Primera Evangelización. Nosotros, los cristianos de este tercer milenio, estamos llamados a realizar la Nueva Evangelización porque este mundo de hoy necesita ser re-evangelizado.

Que el Espíritu Santo nos renueve interiormente en su próxima Fiesta de Pentecostés para cumplir el mandato de Cristo y la llamada de la Iglesia a evangelizar. Que tengáis un feliz día del Señor. Que Dios os bendiga.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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5/5/13

VI DOMINGO DE PASCUA

Lecturas: Hechos de los Apóstoles 15, 1-2.22-29 // Salmo 67 // Apocalipsis 21, 10-14.22-23 // Juan 14, 23-29

Queridos hermanos y hermanas:

Pablo y BernabéEl que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él. Estas palabras de Jesús se han hecho realidad en muchas personas profundamente cristianas, a lo largo de los siglos. Todos hemos conocido a personas buenas, muy buenas, en las que hemos descubierto la imagen y la presencia de Dios. Fueron personas bondadosas y entregadas a los demás, capaces de sacrificarse y de gastarse y desgastarse por amor al prójimo. ¡Qué fácil era descubrir en ellas la bondad de Dios! Dios es amor y toda persona que ama de verdad está en Dios y vive en Dios, es Dios mismo quien vive en él. El amor verdadero no es una simple palabra humana, o un simple gesto humano; el amor verdadero es Dios. Cristo fue el amor de Dios encarnado en una persona humana y este mismo amor es el que Cristo quiere que sus discípulos le tengan a él. Toda persona que, mediante este amor, vive en comunión con Cristo, vive igualmente en comunión con el Padre. Ya sabemos que para san Juan, redactor de este evangelio de Jesús, el amor de Dios se manifiesta siempre en el amor al prójimo: el que dice que ama a Dios, pero no ama a su prójimo, es un mentiroso. Por tanto, si queremos vivir en comunión con Dios, si queremos que Dios habite en nosotros, amemos a Dios y manifestemos este amor en nuestro amor al prójimo. La habitación de Dios en el alma de las personas que aman de verdad es una de las promesas más consoladoras que Cristo hizo a sus discípulos. Pero también es una de las más difíciles de cumplir, por la debilidad y el egoísmo de nuestro corazón. Porque se trata de amar como Cristo nos amó, con un amor gratuito y sacrificado, que llega hasta la muerte de uno mismo para dar vida a los demás. Sólo con la gracia de Dios podremos amar de esta manera. Pidamos al Señor que nos conceda siempre esta gracia.
La paz os dejo, mi paz os doy. Cuando terminamos nuestras eucaristías saludamos y despedimos a los fieles diciéndoles “podéis ir en paz”. Durante la eucaristía, también es muy importante el momento en el que nos deseamos mutuamente la paz, “démonos mutuamente la paz”. Jesús saludaba a sus discípulos diciéndoles “la paz esté con vosotros” y es que la palabra paz, en el mundo hebreo, significaba el bien total de la persona: el bienestar físico, social y espiritual. Tener a Cristo, amar a Cristo, es tener paz. El bien de la paz es un bien maravilloso que Dios da a los que le aman. “Daría todos mis versos por un alma en paz”, decía el poeta bilbaíno Blas de Otero, al final de sus días. Los grandes santos sí fueron personas con una gran paz interior, en medio de sus muchas luchas y dificultades. “El que a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”, decía santa Teresa. El amor de Dios, la inhabitación de Dios en nosotros, debe darnos paz, la paz de Dios, la paz de Cristo. Cristo no nos da su paz como nos la da el mundo, porque la paz del mundo no está cimentada en el amor de Dios, sino en intereses creados por nosotros. Pidamos a Cristo que nos dé su paz, la paz que brota y se fundamenta en el amor de Dios.

Amor, paz, alegría, fe… son los signos de la presencia de Dios en nosotros y entre nosotros. Hoy miramos nuestra vida y podemos revisar cómo se dan estos signos, si los estamos viviendo y en qué medida, si Dios verdaderamente ha hecho morada en nosotros y está en nuestro corazón, o por el contrario, nuestra vida es pura “fachada”. Precisamente para que la fe no fuera algo “exterior”, un mero cumplimiento de normas, la Iglesia convocó el primer Concilio de la historia, el Concilio de Jerusalén, allá por el año 50, para solucionar el problema de si los judíos que se convertían al cristianismo debían circuncidarse y seguir cumpliendo las normas judías o no. La Iglesia decide conservar el depósito de la fe, pero también adaptarse a las nuevas circunstancias y a la realidad de sus miembros. También valora el amor por encima de las normas y leyes. Porque, en el fondo, si lo que hacemos no pasa por el corazón, no sirve para nada.

Todos los domingos venimos a Misa. Pero si la Misa es un mero cumplimiento y no pasa por nuestro corazón, y nos lleva a trabajar por un mundo mejor, se queda solo en un ritualismo vacío. El verdadero encuentro con el Señor Resucitado ha de transformarnos interiormente y llevarnos al compromiso con nuestros hermanos. Que el amor, la paz, la alegría y la fe se transformen en instrumentos para construir un mundo mejor y unas mejores relaciones entre las personas que lo habitamos. Y que el Espíritu Santo que Jesús nos envía en su nombre nos ayude en esta tarea. En estas últimas semanas de Pascua la Iglesia entera suplica la venida del Espíritu Santo que se nos dará en Pentecostés.

Que Dios os bendiga a todos. Feliz domingo.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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24/4/13

Criterio práctico para distinguir si hacemos bien o mal


"Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios." (Evangelio según San Juan 3,20-21)

En estas palabras de Jesús tenemos un criterio que nos puede servir cuando a veces nos entra la duda de si lo que vamos a hacer está bien o está mal. Y el criterio es este: Si lo vieran otras personas esto ¿me llenaría de vergüenza? Si es así, debemos pensar que lo que vamos a hacer algún día lo va a ver toda la humanidad en el Juicio Final. Si no lo haría delante de todos, tampoco lo hago aunque nadie se entere. Que todos nosotros obremos siempre para la luz, en la luz; dejemos las tinieblas para los que obran las cosas que prefieren que queden ocultas y que nadie conozca.

José Antonio Fortea Cucurull (Barbastro, España, 1968),
sacerdote y teólogo,
en uno de sus sermones.

21/4/13

“No perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano”

IV DOMINGO DE PASCUA

Lecturas: Libro de los Hechos de los Apóstoles 13,14.43-52 // Salmo 100(99) // Apocalipsis 7,9.14b-17 // Evangelio según San Juan 10,27-30

La Liturgia nos presenta esta bella imagen del rebaño y el buen pastor una vez al año, en el Domingo Cuarto de Pascua, el cual dedica la Iglesia al Buen Pastor.

En el Evangelio vemos a Jesús como ese Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Y sus ovejas somos todos: los de este corral y los de fuera del corral. Dice Jesús: (Jn. 10, 27-30).

Es cierto, Jesús ha dado su vida por nosotros para que tengamos Vida Eterna. Privilegio inmenso que no merecemos ninguno de nosotros. Privilegio que requiere una condición exigida por el mismo Jesús en este trozo evangélico: “Mis ovejas oyen mi voz ... y me siguen”.

¿Cómo escuchar la voz de Dios para poder seguirlo a El y sólo a El? Porque ... hay muchas voces a nuestro derredor: los medios de comunicación, las malas compañías, los enemigos de la Iglesia, los que cuestionan la Verdad, los mentirosos, los ilegítimos, los seguidores del New Age, las mayorías equivocadas ...y los peores los que lo hacen desde dentro de la Iglesia.

Ya nos puso en guardia Jesús acerca de esos falsos pastores que no son El: “Huyen ante el lobo, porque no son suyas las ovejas, no le importan las ovejas y las abandona. Y el lobo las agarra y las dispersa” (Jn. 10, 11-13). ¿Y quién es el lobo? Nada menos que el Enemigo de Dios, el Diablo.

Por eso hay que saber escuchar la voz del Buen Pastor, de Aquél que sí “da la vida por sus ovejas”, de Aquél que sí las cuida bien. ¿Cómo reconocer esa voz? ¿Cómo reconocerla para seguirla, sabiendo que es la única que nos lleva a la Vida Eterna?

Quien oye la voz de Jesús, acepta y sigue su Palabra contenida en su Evangelio. Y la acepta en su totalidad y sin suavizarla, ni disminuirla; mucho menos, discutirla o cambiarla en alguna de sus partes.

Quien oye la voz de Jesús, oye la voz del Papa, quien es su Vicario, su Representante aquí en la tierra, y también, la voz de los Obispos y de los Sacerdotes que están en plena comunión con el Papa.

Quien oye la voz de Jesús oye la voz de aquellas otras ovejas que están en el corral y que están siguiendo la voz del Buen Pastor.

Quien oye la voz del pastor practica la obediencia, que no priva de la libertad, más bien la plenifica al optar libremente por nuestra obediencia a Dios y a su Iglesia.

El buen pastor es necesario, por eso debemos orar por nuestros pastores: El Papa Francisco, nuestro Obispo Demetrio y nuestros párrocos. Pero es muy necesario que oremos todos por los fieles, por ese rebaño de Dios, para que sepan escuchar, obedecer y seguir, la voz de los pastores. Que nos dejemos de caprichos y desobediencias gratuitas para justificar nuestra mediocridad. Qué facil es echarle siempre la culpa al cura...y no asumir nuestra dejadez y tibieza en el seguimiento de Cristo.

Ofrezcamos hoy la Eucaristía por nuestros pastores.

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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17/4/13

Aviso de Cáritas Parroquial: Mercadillo benéfico de Primavera el 21 de abril

MERCADILLO BENÉFICO DE PRIMAVERA 2013

Como en años anteriores el próximo domingo día 21 después de misa de 12, en la puerta principal de la parroquia, Cáritas Parroquial expondrá un mercadillo en el que se pondrán a la venta artículos confeccionados, casi todos, por las voluntarias del taller de Cáritas. Entre ellos se encuentran: camisetas pintadas a mano, abalorios, canastos, etc. Como muestra presentamos una fotografía a continuación:


Por favor, contribuye generosamente con las personas que necesitan más que nosotros.

Caritas Parroquial Beato Álvaro de Córdoba

14/4/13

Cursillos prematrimoniales 2013 en la Parroquia del Beato

El pasado fin de semana, los días 12, 13 y 14 de abril, se celebraron en nuestra Parroquia los Cursillos de Preparación al Matrimonio en su edición de 2013, con la asistencia de unas veinticinco parejas de jóvenes de nuestra ciudad.

Durante el fin de semana todos hemos compartido nuestra vivencia de una fe común, desde la alegría del encuentro. Quiera Dios que les sea de utilidad esta experiencia que humildemente tanto catequistas como sacerdote ponemos en sus manos para bien de sus futuros matrimonios, familias cristianas y de la sociedad en general.

7/4/13

Divina Misericordia

II DOMINGO DE PASCUA

Lecturas: Hechos 5, 12-16 // Salmo 117 // Apocalipsis 9, la. 12-13. 17-19 // Juan 20, 19-31.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuadro de la Divina Misericordia que está colgado en nuestra ParroquiaCelebramos en la Iglesia Católica la Fiesta de la Divina Misericordia, correspondiendo al Segundo Domingo de Pascua. Y es interesante observar que el Evangelio de este Domingo siempre es el mismo, pues no cambia según el Ciclo A, B o C; pero, además, siempre se usó el mismo texto evangélico antes de la reforma litúrgica post-conciliar, cuando este domingo se conocía como “Domingo In Albis”.

En efecto, el Evangelio es el texto de San Juan (Jn. 20, 19-31) que nos narra la primera aparición de Jesús a sus Apóstoles el mismo día de su gloriosa resurrección, al anochecer, mientras estaban la puertas cerradas.

¡Qué alegría sentirían estos hombres que habían quedado tan confundidos, tan apesadumbrados y atemorizados por la horrorosa muerte de Jesús! ¡Qué alegría al ver a ese mismo Jesús resucitado glorioso, mostrándoles las heridas de las manos y del costado, como para asegurarles que era El mismo!

Y acto seguido, nos dice San Juan Evangelista, el Señor “sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar”.

Es decir, Cristo, nada más salir del sepulcro, habiendo vencido a la muerte, al demonio y al pecado, lo primero que hace es dejarnos a nosotros los seres humanos, el medio efectivo para ser perdonados de nuestros pecados. Instituye en ese mismo momento el Sacramento de la Confesión, del Perdón.

¡Con razón Cristo ha querido declarar este Domingo Segundo de Pascua como la Fiesta de su Divina Misericordia! ¡Con razón el Papa Juan Pablo II, al declarar este día como el Domingo de la Divina Misericordia, tal como Jesús pidió a Santa Faustina Kowalska, ha dispuesto que se conserven los mismos textos en las Lecturas Litúrgicas! ¡Con razón siempre ha sido el mismo texto evangélico para este domingo, antes de la reforma litúrgica última y ahora se conserva el mismo texto evangélico para los tres Ciclos A, B y C!
El Sacramento de la Confesión es el Sacramento de la Divina Misericordia, llamado por el mismo Jesús, en sus revelaciones a Santa Faustina Kowalska, el “Tribunal de la Misericordia”. Y ¡qué Tribunal!

No se parece en nada a los tribunales terrenos, en los que los culpables son declarados culpables y tienen que pagar su pena. No así con Cristo. En su Tribunal funciona sólo la Misericordia, no la Justicia. Por justicia tendríamos que ser condenados. Pero en la Confesión, no se nos condena ... se nos perdona. Sólo basta estar arrepentidos y confesar la ofensa.

Sobre el arrepentimiento debemos decir que éste es condición indispensable para recibir el perdón en el Sacramento de la Confesión. Pero es importante destacar que podemos arrepentirnos de manera perfecta o de manera imperfecta.

El arrepentimiento perfecto o contrición consiste en arrepentirnos porque hemos ofendido a Dios. Este arrepentimiento perfecto puede ser con dolor o no. Y el dolor –es bueno recordar- es un regalo de Dios para el alma arrepentida; no lo podemos provocar nosotros mismos.

El arrepentimiento imperfecto o atrición consiste en arrepentirnos por miedo a las consecuencias de nuestros pecados, es decir, por miedo a la condenación y al infierno, o a las consecuencias de nuestro pecado. Aunque debemos siempre tratar de arrepentirnos de manera perfecta -por haber ofendido a Dios- el arrepentimiento imperfecto también sirve para recibir el perdón en la Confesión sacramental. Porque nos acerca con arrepentimiento y fe a recibir el sacramento.

¡Qué más podemos pedir! Cristo, enseguida de resucitar, dejó instaurado su Tribunal de Misericordia en el Sacramento de la Confesión. “Allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten constantemente”, dijo el mismo Cristo a Santa Faustina. “Basta acercarse con fe a los pies de mi representante (el Sacerdote) y confesarle con fe su miseria. Entonces, el milagro de la Misericordia se manifestará en toda su plenitud” (Diario 1448).

Y no importa la gravedad de las faltas confesadas. Dice el Señor: “Aunque el alma fuera como un cadáver descomponiéndose, de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido, no es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura esa alma en toda su plenitud” (Diario 1448).

Tales son los milagros que allí suceden: almas muertas en vida, a nivel de cadáveres en descomposición, por culpa del pecado, restauradas plenamente para poder optar a la vida de gracia aquí en la tierra y a la vida eterna en el Cielo.

Y no creamos que la Confesión es sólo para los pecados mortales, pecados tan graves que matan la vida del alma y que la llevan a la podredumbre de la descomposición. La Confesión es también para los pecados menos graves, los llamados veniales, que también dañan el alma, ofenden a Dios y perjudican a las demás personas y también a la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II supo esto muy bien. Por eso promovió la Confesión con tanto ahínco. En su Encíclica “Reconciliación y Penitencia” (#32) recomienda a los Sacerdotes: “Es necesario educar a los fieles a recurrir al Sacramento de la Penitencia, incluso sólo para los pecados veniales ... pues la gracia propia del Sacramento contribuye a quitar las raíces mismas del pecado”. Es como el trabajo del jardinero que extrae la hierba mala una y otra vez, cada vez que sale, hasta que va desapareciendo por completo.

Otro punto importante es que en el Sacramento del Perdón se dan beneficios espirituales infinitos y también beneficios humanos indiscutibles. No hay mejor liberación que una buena confesión, porque el confesionario es el sitio donde verdaderamente se deja la culpa, cuando la asumimos en toda su verdad y con toda sinceridad. Cuando nos sentimos culpables de algo ¿no tenemos la tendencia a desahogarnos con alguien? ¿Qué mejor sitio que el confesionario, donde no solamente podemos desahogarnos, sino también sentirnos verdaderamente perdonados?

Porque la Confesión Sacramental es el instrumento que Dios instituyó para dejarnos su perdón en forma visible, tangible, audible. El Señor ha escogido, en el caso de la Confesión y en los otros sacramentos, continuar su obra en la tierra a través de los hombres. A través de personas escogidas por Dios para darnos su perdón, podemos experimentar la Misericordia de Jesús, cuando oímos las palabras de absolución de boca del Sacerdote.

En efecto, Jesús le explicó a Santa Faustina que la fuente de su Misericordia era el Sacramento de la Confesión: “Cuando vayas a confesarte debes saber esto: Yo mismo te espero en el confesionario. Sólo que estoy escondido en el Sacerdote, pero Yo mismo actúo en el alma. Aquí la miseria del alma encuentra al Dios de la Misericordia”.

Para vivir así el sacramento de la confesión es imprescindible una fe profunda, recia, verdaderamente anclada en el encuentro de Amor con Cristo Resucitado. La verdad es que muchísimas veces nuestra "fe" es como la de Tomás, "si no meto mis dedos..." Exigimos a Dios pruebas palpables. ¿Qué mayor prueba que el perdón?

Tomás Pajuelo Romero. Párroco.

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