Este próximo sábado, 4 de diciembre, a partir de las 17'00 h. se llevará a cabo en nuestra parroquia un tiempo de retiro en el que se podrá rezar, meditar y confesar para así, buscando una verdadera conversión, preparar nuestro espíritu para una mejor vivencia del tiempo de Navidad.
29/11/10
Retiro de Adviento 2010
28/11/10
«Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»
I DOMINGO DE ADVIENTO
Lecturas: Isaías 2, 1-5 // Salmo 121 // Romanos 13, 11-14 // Lucas 24, 37-44
Comenzamos este domingo el tiempo de ADVIENTO, y con él un año litúrgico nuevo. Para nosotros los cristianos el año litúrgico empieza el primer domingo de adviento; el año civil empezará el uno de enero. Al empezar un año nuevo cambia el ciclo de lecturas en la misa dominical, actualmente estamos en el ciclo C y comenzaremos este domingo el ciclo A. La liturgia distribuye las lecturas de cada domingo en tres ciclos A, B y C. En cada uno de ellos escuchamos un evangelista distinto y contiene lecturas distintas. El ciclo diario se distribuye en dos: años pares y años impares. De tal manera que cuando participamos en la Eucaristía todos los días y todos los domingos, al pasar cinco años hemos escuchado el 90% de la Biblia. Se ha proclamado casi íntegramente toda la Palabra de Dios.El Adviento tiene algunas características litúrgicas especiales: el color morado, signo de austeridad y preparación interior, “la corona de adviento” como camino de preparación a la Navidad, no se canta el aleluya, nos fijamos en dos figuras importantes: La Virgen María y San Juan Bautista. La actitud fundamental del Adviento es la ESPERANZA.
Para la Iglesia, este tiempo es un tiempo de Gracia, es una oportunidad para convertir nuestras vidas y abrir nuestros corazones a la presencia santificadora de Dios. Dios, hace 2010 años nació en Belén, preparó el corazón de la Virgen María, preservándola del pecado original, haciéndola Inmaculada en su Concepción, para que fuese la digna Madre de su Hijo, Jesús. De igual modo, Dios quiere que nosotros eliminemos todo pecado de nuestros corazones para poder habitar en ellos. El Adviento supone limpiar nuestro interior para convertirlo en el “portal de Belén” para que Dios nazca en él. Sencillo, humilde, pero limpio.
Esperar al Señor que viene, pero esperar con ilusión, esperar activamente, haciendo todo lo posible para erradicar el pecado de nuestras vidas. Es la espera de María, que sabe que en pocos días va a dar a luz. Las madres entenderéis perfectamente esta espera. Llena de alegría, a la vez preocupación. Llena de gozo e ilusión y a la vez temor por el parto. En definitiva, sentimientos encontrados pero deseados.
Esta debería ser nuestra actitud en el adviento, gozo porque el Señor quiere nacer en nuestros corazones, preocupación por no saber si seremos capaces de cambiar nuestras vidas. Alegría e ilusión por la Navidad y a la vez temor de volver a caer en la misma rutina de nuestro pecado y no ofrecer a Dios el corazón limpio y ordenado que se merece.
Quiero, este domingo, pedirle de una manera especial a la Virgen María, que inunde nuestras vidas con el deseo y la actitud que ella vivió entregándose a Dios completamente. Que este tiempo de adviento y la posterior celebración de la Navidad no se quede un año más, en lo externo, en la juerga, en las comidas, en los regalos…, todo eso tiene sentido en cuanto que sea expresión de la alegría que supone vivir a Cristo, recordar a Cristo, celebrar al Señor.
21/11/10
Jesucristo, Rey del Universo
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY
Lecturas: Daniel 7, 13-14// Salmo 92 // Apocalipsis 1, 5-8 // Juan 18, 33-37
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:Celebramos en este domingo la fiesta de Cristo Rey del Universo. Con esta fiesta concluimos el año litúrgico. Celebramos en esta fiesta que Cristo es el centro y el sentido de la historia. Él es Rey y su reino son los corazones de los hombres, las personas en su totalidad. Es Rey, pero su reino no es de este mundo. Es rey desde la cruz, como vemos en el evangelio: “Este es el rey de los judíos”; desde la cruz promete el paraíso al ladrón que le pide que se acuerde de él cuando llegue a su reino.
“Para que ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana”.
En la cruz Jesucristo nos redime, nos salva, paga por nosotros a Dios Padre la deuda que la humanidad entera había contraído por el pecado. A este propósito dice la segunda lectura: “Dios nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.
Jesucristo nos redime en la cruz, nos salva, y consigue para nosotros la reconciliación con Dios: “Y por él – sigue diciendo la segunda lectura – quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”.
Continúa diciendo el prefacio:
“Para que entregara a su majestad infinita un reino eterno y universal; el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz”.
El reino de Cristo es los corazones de los hombres y él reina no porque entronicemos al sagrado corazón de Jesús, sino porque vivamos los valores del evangelio, los valores del reino: la justicia, la paz, la vida y el amor.
Un reino eterno y universal. Dios existe desde siempre, también su reino; pero, al darnos la responsabilidad de colaborar con él en hacer reino nuestro mundo, la obra de sus manos, nos deja un matiz fundamental: es un reino para todos y para todo: universal, católico… Todo es redimido y presentado al Padre.
El reino de la verdad. La verdad del ser humano, por ejemplo, es lo que Dios ha pensado para él. La verdad es que somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza, miembros de una misma familia, destinados a la vida eterna. Esta es la verdad que hemos de aceptar y seremos libres.
El Reino de la vida. Ningún mal aflige tanto al hombre como la vejez, la enfermedad y la muerte. Cuando los profetas divisan los tiempos mesiánicos, ve en ellos la desaparición de las lágrimas, la prolongación de la vida, la aniquilación de la muerte. Se refiere principalmente a la vida eterna, pero incluyen también la vida temporal. Jesús quiere para todos la vida plena.
El reino de la santidad y de la gracia. Estamos acostumbrados a sopesar todo lo que hacemos nosotros en relación con Dios y los demás; pero no solemos caer en la cuenta de todo lo que se nos ha dado gratuitamente y todo lo que Dios nos ayuda diariamente. Sin Dios estaríamos perdidos. Sin nuestra libertad y esfuerzo, que consiste en gran parte en dejar obrar a Dios, no hay santidad.
El reino del amor. El proyecto de una humanidad ideal sólo es posible si los hombres abandonan sus tendencias egoístas y se deciden a vivir amándose unos a otros. El amor al prójimo debe ser universal y abarcar a todos, sin discriminar a nadie; ha de ser desinteresado, sin buscar la recompensa, y tan generoso que no tenga más límites que las necesidades ajenas y las posibilidades propias.
El reino de la paz. Las espadas se convertirán en rejas para el arado y del hierro de las lanzas se harán hoces y podaderas. Es un modo poético de anunciar la gran reconciliación que pretende hacer Dios: entre él y los hombres, y entre unos hombres y otros.
El reino de Dios, desde el que Cristo reina, está creciendo entre nosotros, por todos aquellos que viven los valores del evangelio. Que nuestra vida sea una ayuda valiosa en la construcción del reino de Dios. Que Dios reine en nuestra vida.
Que todos nosotros vivamos nuestras vidas como verdaderos súbditos del Reino de Cristo. Que Dios os bendiga. Feliz domingo.
19/11/10
«Las personas no cambian»
"Vivir es cambiar, y ha vivido mucho quien haya sido capaz de cambiar mucho."
citado por Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVII,
refiriéndose a cambiar para ser más fiel a Dios y a la Iglesia,
en el libro: Una Conversación Con Peter Seewald Joseph Ratzinger Benedicto XVI,
una serie de preguntas y respuestas sobre la Iglesia y la Fe Católica ante el mundo actual
16/11/10
Confirmaciones en nuestra Parroquia - 2010
El pasado sábado día 13 de Noviembre en la Parroquia del Beato Álvaro de Córdoba, un grupo de 18 jóvenes y adultos de la comunidad parroquial recibieron el sacramento de la Confirmación.
Don Manuel Hinojosa Petit, Vicario de la Ciudad, presidió la celebración, concelebrada por el párroco y el vicario parroquial. D. Manuel insistió en su homilía en la necesidad de vincularnos a la Parroquia para llevar a cabo los compromisos de evangelización, de vida de fe y de oración adquiridos por los confirmados en ese día tan importante para ellos.
14/11/10
«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»
XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Malaquías 3, 19-20, 2 // Salmo 97 // 2ª Tesalonicenses 3, 7-12 // Lucas 21, 5-19
Hoy celebramos el último domingo del tiempo ordinario de este año litúrgico. El domingo próximo celebraremos la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.En consonancia con las lecturas de estos últimos domingos, la Palabra de Dios en este día nos vuelve a recordar el final de la vida presente y la vida del mundo futuro. Cuando rezamos el credo cada domingo decimos:
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna. Amén.
Es una verdad de fe inmutable el final de la vida terrena y la existencia de la eternidad. Muchas veces vivimos como si no tuviésemos que dar cuentas de nuestras obras al final de nuestras vidas para vivir la Vida de Dios. Muchas veces actuamos como si la muerte es el final, que tenemos que vivir esta vida a tope porque no hay después nada. Esta forma de pensar en la más anticristiana del mundo. Nuestra fe nos abre expresamente a la vida eterna. Cristo está vivo, está con nosotros, y nos promete esa vida eterna para nosotros.
Somos ciudadanos del cielo, estamos convocados al banquete eterno de la Gloria. Pero está vida puede no ser para nosotros, existe la posibilidad de la condenación eterna. Sé que decir esto no está de moda. Que en la actualidad existe una corriente entre los no practicantes, de pensar que todos nos vamos a salvar y que Dios es tan bueno que todo el mundo irá al cielo. Esto es falso, la Palabra de Dios es muy clara en esto. Existe la posibilidad de la condenación: pensad en el rico Epulón, en el ladrón malo en la cruz, en los que escandalizan a los pequeños, las vírgenes necias, etc… Son muchos los textos evangélicos en los que Jesús nos habla claramente de la condenación eterna. Es verdad que todos confiamos en la bondad misericordiosa de Dios, confiamos los que intentamos vivir según los criterios del Reino de Dios. Pero no es menos cierto que hay personas entre nosotros que hacen el mal voluntariamente, que no sienten arrepentimiento de ello, es más se jactan de vivir el mal. Evidentemente el Señor tendrá que respetar su decisión libre de vivir de espaldas a Él y hacerles vivir eternamente de una manera consecuente con sus vidas.
La lectura del profeta Malaquías que escuchamos hoy nos lo ha recordado claramente. El evangelio también nos recuerda el final de los tiempos, son las palabras del mismo Jesús, las que nos hablan del juicio final. San Pablo en su carta a los Tesalonicenses, también les recuerda a los cristianos de Tesalónica que trabajen en serio por su Salvación, que algunos están muy ocupados en no hacer nada, y el tiempo pasa inexorablemente. Al leer este texto paulino, uno reconoce en nuestros días esta misma dejadez por el trabajo serio de nuestra santidad. Parece que no es necesario, que da lo mismo hacer las cosas bien que mal. Es una idea de nuestro mundo, que confunde el bien con el mal, la verdad con la mentira, el compromiso con la dejadez, y nosotros como cristianos nos dejamos llevar de estas corrientes modernas.
Tenemos que tomar con empeño nuestro trabajo por la vida en Cristo, por la vida evangélica. Debemos esforzarnos en vivir, en conseguir ser verdaderos hijos de Dios. Es coger la cruz y seguir a Cristo. Eso cuesta, eso es duro y por eso escurrimos el bulto.
Pido a Dios que nos conceda la sabiduría necesaria para saber valorar lo verdaderamente importante para nuestra vida. Lo que de verdad merece nuestro esfuerzo y lo que es inútil que nos esforcemos. Pido la Gracia para vivir la Santidad todos los que formamos esta comunidad del Beato Álvaro de Córdoba.
Feliz Domingo a todos y que Dios os bendiga.
12/11/10
La resurrección de la carne
«En ningún punto la fe cristiana encuentra más grande contradicción que en la resurrección de la carne». Esta afirmación posiblemente la podríamos asumir o haber asumido todos los cristianos en algún momento de nuestro crecimiento espiritual. No en vano fue hecha por San Agustín ya en el siglo IV (cf. Salm. 88,2,5).
Cuesta trabajo, como seres humanos mortales que vivimos sometidos a la corrupción inevitable de la carne y de todo lo material, confiar por la fe plenamente en la resurrección de esa misma carne, pero esa es la fe de la Iglesia, tal como se afirma en el Credo católico y se expresa en el nº 997 del Catecismo: «En la muerte, separación del alma y cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible, uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús».
«Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?» (cf 996 del Catecismo)
Desde el principio, la fe de la Iglesia ha afirmado que «cuando venga el Señor, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos». Adviértase el realismo enfático de estas antiguas declaraciones: «Creemos que hemos de ser resucitados por El en el último día en esta carne en que ahora vivimos». Los hombres han de resucitar «con el propio cuerpo que ahora tienen».
Y esta fe en nada se ve impedida por el hecho de que las mismas partículas puedan, con el tiempo, pertenecer a cuerpos u organismos diversos, pues también el cuerpo terreno guarda su identidad y permanece siempre el mismo, a pesar del continuo recambio metabólico.
En el momento de la muerte se nos juzgará y si somos dignos de la vida eterna nuestra alma irá a la gloria. Después, en el día del juicio universal cuando todos los muertos resuciten, el poder de Cristo unirá nuestra alma incorruptible, que ya ha estado gozando del Cielo, a un cuerpo transfigurado en cuerpo glorioso como el Suyo (Flp. 3, 21), un cuerpo espiritual (1Co. 15, 44).
Será, por el valor salvífico de la Resurrección de Cristo, que volverán a juntarse los restos de nuestro cuerpo destrozado por cualquier efecto, o dispersado por el polvo de los años o perdido en el horno crematorio. Será como una nueva creación, y así en efecto los primeros cristianos la llamaban “paleo génesis”, que significa precisamente eso: nueva creación.
En definitiva, con esta entrada queremos aportar algo de la luz del Magisterio de la Iglesia a un misterio no siempre reconocido con claridad, y a una afirmación de fe no siempre expresada con rotundidad, la resurrección de la carne en cuerpo glorioso en el fin de los tiempos.
Para (in)formarse más detalladamente, se puede recurrir por ejemplo a las siguientes referencias:
11/11/10
9/11/10
Operación "Potito"
Algunas parroquias hermanas que han detectado en su feligresía necesidades de alimentos para bebés han solicitado nuestra colaboración para tal fin. Es por ello que durante este mes de Noviembre nuestra "Cáritas Parroquial" ha puesto en marcha la "Operación Potito". Se trata de hacer un llamamiento a nuestra feligreses para recoger en nuestra parroquia "potitos" para bebé que después se llevarán a estas parroquias que han solicitado nuestra colaboración.Esperamos tu colaboración.
7/11/10
«No es Dios de muertos, sino de vivos»
XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: 2º Macabeos 7, 1-2. 9-14 // Salmo 16 // 2ª Tesalonicenses 2, 16--3, 5 // Lucas 20, 27-38
Un día le preguntaron a Jesús si había matrimonios en el Cielo. La pregunta parece una broma, pero el Evangelio de hoy (cf. Lc. 20, 27-38) nos trae ese incidente.Sucedió que unos saduceos (grupo religioso de los tiempos de Cristo que no creía en la resurrección de los muertos), tratando de dejar en ridículo al Señor, le pusieron una de esas “preguntas trampas”, de las cuales el Maestro se salía con divina sagacidad.
Le presentaron el caso de una mujer (debe haber sido un caso hipotético, pues esta dama supuestamente sobrevivió a ¡siete! hermanos con los cuales se había casado consecutivamente a medida que iba enviudando de cada uno). La pregunta era que después de morir la viuda, cuando llegara la resurrección “¿de cuál de ellos sería esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”.
De esta amplia respuesta podemos sacar enseñanzas muy importantes sobre nuestra futura resurrección.
1. Hay una vida futura. Sí la hay. La verdadera Vida comienza después de la muerte. Esta vida es sólo una preparación para esa otra Vida. Por eso rezamos en el Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.
2. Todos estamos llamados a esa Vida del mundo futuro, en el que viviremos “resucitados”, en una vida distinta a la del mundo presente. Pero no todos llegaremos a esa Vida: sólo “los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos”. La voluntad de Dios es que todos los hombres y mujeres nos salvemos y lleguemos a esa Vida del mundo futuro. Pero como nos advierte el mismo Jesús sobre el momento de la resurrección de los muertos: “Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 28-29). Todos resucitaremos, pero unos resucitarán para la Vida y otros para la condenación.
3. En el Cielo no habrá matrimonios: “en la vida futura no se casarán”. Es cierto que estaremos junto con los demás salvados, incluyendo nuestro seres queridos, pero lo importante en el Cielo será vivir en la plenitud de Dios.
4. Llegaremos a ser inmortales: “no podrán ya morir y serán semejantes a los Ángeles”. La vida en el mundo futuro no significa que volveremos, a esta vida terrenal. Resucitar no significa que volveremos a esta vida como Lázaro, el hijo de la viuda de Naím o la hija de Jairo, a quienes Cristo volvió a esta vida, los cuales en algún momento tuvieron que volver a morir. Tampoco significa que vamos a re-encarnar; es decir, volver a nacer en otro cuerpo que no es el nuestro. La re-encarnación, además de ser imposible, es un mito negado en la Biblia y herético para los cristianos. Más bien seremos como los Ángeles, que son bellos, inmortales, refulgentes, etc. Lo que sucederá cuando resucitemos será ¡una maravilla!, pues tendrá lugar la reunificación de nuestra alma inmortal con nuestro cuerpo mortal, pero éste glorificado en ese mismo momento ... como el de Cristo después de resucitar, como el de la Santísima Virgen, asunta al Cielo en cuerpo y alma.
5. Seremos verdaderamente “hijos de Dios, pues El nos habrá resucitado”. Y ¿es que no somos ya hijos de Dios? Sí lo somos, pero seremos entonces plenamente hijos de Dios, pues seremos como El, a partir del momento de nuestra resurrección, ya que estaremos purificados totalmente del pecado y de todas sus consecuencias. A esto se refiere San Juan cuando nos habla de nuestra nueva condición: “Amados: desde ya somos hijos de Dios, aunque no se ha manifestado lo que seremos al fin ... seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es” (1 Jn. 3, 2).
Adicionalmente, para demostrar a los Saduceos que la resurrección es verdad, Jesús utiliza palabras de Moisés, a quien los Saduceos sí aceptaban. Le dice así: “Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para El todos viven”.
En la Segunda Lectura (2 Tes. 2, 16-3, 5) queda implícita nuestra futura resurrección: “Dios nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza ... esperen pacientemente la venida de Cristo”.
Importante notar que la firme esperanza de nuestra resurrección es gratuita, no la merecemos, es un regalo de Dios. Para eso nos creó, para gozar de esa felicidad eterna para siempre con El y en El.
La creencia en la resurrección es muy antigua. En efecto, en la Primera Lectura del Libro 2 de los Macabeos (2Mac. 7, 1-2 y 9-14) vemos como aquellos hermanos que estaban siendo torturados, descuartizados y muertos delante de su madre, se sentían consolados y fortalecidos en la seguridad de su futura resurrección, diciendo: “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.
Este pasaje impresionante, nos muestra una cosa importante para efectos de comprender la resurrección. ¿Qué sucede con los cuerpos que han sido mutilados o que han desaparecido volatilizados en gases o que han sido consumidos por un animal? Lo responde uno de los hermanos: “De Dios recibí estos miembros y de El espero recobrarlos”.
Así será la resurrección: recuperaremos todos los miembros perdidos de nuestro cuerpo... pero con la ventaja que ya no será un cuerpo decadente, mortal, que se enferma y se envejece, como el que ahora tenemos, sino que será un “cuerpo espiritual”. Como dice el Evangelio: ya los seres humanos no nos casaremos, ni moriremos, sino que seremos como los Ángeles, pues Dios nos habrá resucitado.
También queda expuesto desde este libro del Antiguo Testamento lo que San Juan nos dice posteriormente: unos resucitarán para la Vida y otros no: “El Rey del universo nos resucitará a una Vida Eterna ... Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.
El relato del libro de los Macabeos nos cuenta la historia de una familia, madre y siete hijos, que convencidos de la Resurrección, no les importa entregar su vida antes que renegar de su fe. Están convencidos que la muerte no es el final, que todos los hombres y mujeres estamos convocados por Cristo a la Resurrección y la Vida. Esa Vida eterna será la verdadera vida, será la que nos merezca la pena vivir. La vida actual es fugaz y pasajera, tiene un fin y se acabará. Los jóvenes del relato de libro de los Macabeos entendieron perfectamente el carácter transitorio de la vida presente y la importancia real y verdadera de la vida eterna.
Estamos en estos días de noviembre recordando a nuestros difuntos, sólo una fe robusta y convencida de la resurrección puede vivir con esperanza, con sosiego y consuelo la muerte de nuestros seres queridos. Una fe pobre, que no afirma la resurrección, que se ate a esta vida vivirá la muerte con desesperación, angustia, desasosiego.
La esencia de nuestra vida cristiana es la Resurrección, somos ciudadanos del Cielo. Somos Hijos de Dios llamados a vivir su divinidad.
Los mártires, los santos, entendieron que la vida verdaderamente importante es la de la Gloria y vivieron como de paso por esta para llegar a vivir la eterna.
Nosotros, por desgracia, estamos aferrados a esta vida, hemos perdido la perspectiva de la vida eterna y eso hace que vivamos trágicamente nuestra separación del mundo. La cultura moderna nos hace vivir tan metidos en la fugacidad que cuando la vida desaparece los que nos rodean pierden el sentido de su existencia. El corazón de un cristiano tiene que estar lleno a rebosar de ESPERANZA de VIDA ETERNA. Nos duele la muerte de nuestros seres queridos, de cualquier hermano. Pero no caemos en la desesperación porque nuestro corazón sabe que volveremos a vernos en el cielo. Los mártires no despreciaban la vida, regalo de Dios, pero tampoco la absolutizaban, fueron capaces de entregarla por AMOR a Dios.
¡Cuánto nos falta por crecer!
Pidamos a Dios que llene nuestros corazones de Esperanza y fe para vivir alegres nuestra entrega a Él y a los hermanos.
Que Dios os bendiga, feliz domingo.
2/11/10
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré»
CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS
Lecturas: Job 19, 1.23-27a // Salmo 114 // 1ª Corintios 15, 20-24a.25-28 // Mateo 11, 25-30
Estamos sumergidos ya en el final del año, y más aún en el final del año litúrgico que terminará con la solemnidad de Cristo Rey, el 21 de Noviembre, dando paso al nuevo año litúrgico con el comienzo del Adviento.En este mes de noviembre son muchas las fiestas importantes y los días que nos pueden ayudar a vivir nuestra fe de una manera más intensa: los Santos, los Difuntos, Cristo Rey, Adviento…
Quiero aprovechar esta homilía para explicar de una manera clara y sencilla, la doctrina de la Iglesia Católica sobre los “novísimos”, término teológico que significa la vida del mundo futuro.
Para todo cristiano la esencia de la fe es la MUERTE Y RESURRECCIÓN DE CRISTO. Es el anuncio de los apóstoles: “Aquel a quien vosotros matásteis colgándolo de un madero, Dios lo ha resucitado para hacerlo juez de vivos y muertos”. Son las palabras del apóstol San Pedro, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, anunciando la resurrección de Cristo. Para todo cristiano la Salvación nos viene por la entrega del Señor en la Cruz y por su gloriosa Resurrección. Por tanto estamos seguros que todo cristiano que viva el evangelio, tendrá parte en la Resurrección que Cristo nos ha prometido. Estamos llamados a participar con él en su Resurrección.
La Eucaristía, el mayor regalo que Dios nos ha concedido, manifiesta esta fe de una manera clara: toda ella se dirige al Padre, por medio de su Hijo Jesucristo y bajo la acción del Espíritu Santo. La Eucaristía la celebra la Iglesia entera, unidos a toda la Iglesia: la que peregrina en la tierra (nosotros), la que está participando de la Gloria eterna (La Iglesia triunfante, los Santos) y la que espera la Resurrección y la vida al final de los tiempos (La Iglesia Purgante). Si os fijáis bien, en la Eucaristía ofrecemos a Dios el sacrificio de Cristo pidiendo por la Iglesia extendida por toda la tierra, por los santos y por nuestros hermanos difuntos para que puedan participar de la Resurrección.
El mejor bien que podemos hacer como cristianos a nuestros seres queridos que ya han fallecido es ofrecer la Eucaristía por ellos, pidiendo su eterno descanso. Es verdad que podemos rezar individualmente por ellos en casa, en el cementerio… Pero la oración que más bien les hará es ofrecer la Eucaristía por ellos, es ofrecer a Cristo por su eterno descano el memorial de nuestra Salvación. Como Párroco, me duele en el alma, como muchos de nuestros difuntos, se quedan sin que nadie les ofrezca la Eucaristía por ellos.
Que después del funeral y de los nueve días, nadie se acuerda de ofrecer la Eucaristía por sus difuntos. Es el mayor bien espiritual que podemos ofrecer por aquellos que participan de la muerte de Cristo, para que Él, en su infinita misericordia, les haga participar de su Gloriosa Resurrección.
Queridos hermanos aprovechemos este mes de noviembre para pedir por nuestros difuntos, para ofrecer la Eucaristía y nuestras oraciones, por ellos. Recemos especialmente por aquellos por los que nadie rezará, siendo nosotros el alma orante de la Iglesia que reza por los que no tienen voz y nadie se acuerda de ellos.
Que la Esperanza firme en la Resurrección crezca en nosotros al contemplar y adorar a Cristo Vivo y Resucitado en la Sagrada Eucaristía.
Que Dios os bendiga.
1/11/10
Horario de Misas en el día de los Fieles Difuntos
El día 2 de Noviembre, con motivo de la celebración del día de los Fieles Difuntos se celebrará la Santa Misa en nuestra parroquia a las 18'00 h. y a las 20'00 h.
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Lecturas: Apocalípsis 7, 2-4.9-14 // Salmo 24 // 1ª Juan 3, 1-3 // Mateo 5, 1-12a
“Una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas”, decía la primera lectura que hemos escuchado, del libro del Apocalipsis. Gentes de ahora, gente que conocemos, que nos encontramos cada día por la calle o en casa o en el trabajo, y gente de hace mucho tiempo, de años y siglos atrás. Gente de aquí, de este país y esta ciudad, y gente de muy lejos, de tierras que nos suenan exóticas. Gente de toda nación, de todas las razas, pueblos y lenguas.Este es el recuerdo de la fiesta de Todos los Santos. Que TANTOS HOMBRES Y MUJERES, DE TANTOS TIEMPOS Y LUGARES, HAN QUERIDO CAMINAR COMO SIERVOS DE DIOS. Tantos hombres y mujeres que han creído que, SIEMPRE, EL AMOR ERA MAS VALIOSO QUE CUALQUIER OTRA COSA. Tantos hombres y mujeres que han sabido mantener la llama del destello de bondad que Dios, el Padre, ha encendido en el corazón de todo aquel que nace en este mundo. Tantos hombres y mujeres que han descubierto que poner la vida al servicio de todos era la clave de toda alegría y toda ilusión. Tantos hombres y mujeres que, en definitiva, han querido caminar como caminó Jesús.
San Juan, en la segunda lectura que hemos escuchado, nos decía dónde se halla la FUENTE QUE HA ALIMENTADO a toda esa muchedumbre a lo largo de su camino: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!". El Padre nos ha amado, y nos ha reconocido como hijos suyos. Y este reconocimiento, este ser hijos de Dios, es el motor que nos hace andar. Porque ser hijos de Dios significa LLEVAR DENTRO EL MISMO ESPÍRITU DE Jesucristo, esta llama que llena el mundo y lo conduce hacia el Reino.
Porque este Espíritu, la llama que Dios ha encendido en el corazón de cada hombre, NUNCA DEJA DE ARDER, y no permite que nos quedemos parados, y nos infunde al ansia de aprender cada vez más a amar y a vivir. Y, como ha encendido el alma de esta muchedumbre inmensa que hoy recordamos y la ha conducido hacia la fiesta eterna del Reino, también a nosotros nos conduce, para que vivamos cada vez más como verdaderos hijos de Dios, para que vivamos cada vez más como aquellos a quienes Jesús ha prometido su Reino.
Lo hemos escuchado en el evangelio. Son aquellas claras palabras, la proclamación de la gozosa noticia que Jesús trae al mundo, la llamada a la esperanza de todos aquellos que quizás creían que les quedaba poco que esperar: DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS. Porque, hermanos, esta muchedumbre inmensa, está FORMADA POR TODOS AQUELLOS QUE HAN PODIDO MANTENER EL CORAZÓN ABIERTO A LA ESPERANZA, porque su vida no estaba cubierta por la indiferencia, o el egoísmo, o el ansia de figurar, o el creerse las personas más importantes del mundo. Esta muchedumbre inmensa la forman los pobres, los limpios de corazón, los que anhelaban la justicia, los que han trabajado por la paz, los perseguidos, los que han tenido que sufrir tantas y tantas cosas. Porque han sido ellos los destinatarios de la palabra de Jesús. Y, como ellos, si somos como ellos, también a nosotros se dirigirá esta palabra.
Hermanos: En la fiesta de Todos los Santos, SINTAMOS LA ALEGRÍA DE QUERER CAMINAR POR EL LARGO CAMINO POR EL QUE TANTOS OTROS HAN PASADO. Sintamos la alegría de pertenecer a esta muchedumbre inmensa de hombres y mujeres que han querido ser pobres, que han querido amar, que han querido mantener encendida la llama del Espíritu de Dios, SINTAMOS LA ALEGRÍA DE SER LLAMADOS POR EL PADRE, NOSOTROS TAMBIÉN, PARA SER SUS HIJOS.
Y ahora, en el recuerdo de la fiesta de Todos los Santos, celebremos la Eucaristía. La presencia entre nosotros de Jesucristo, EL QUE ENCABEZA LA LARGA MARCHA, el que ha llegado al término y desde allí nos ha llamado a todos. Hagamos, hermanos, nuestra acción de gracias al Padre.
31/10/10
«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa»
XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Sabiduría 11, 22-12, 2 // Salmo 144 // 1ª Tesalonicenses 1, 11-2, 2 // Lucas 19, 1-10
La Palabra de Dios que se proclama este domingo nos viene a recordar una de las virtudes infinitas de Dios para con nosotros: La Misericordia. Es algo que olvidamos fácilmente, actuamos en la vida sin confiar en la infinita misericordia de Dios. Él siempre está dispuesto a la Misericordia y al Perdón, nosotros debemos acudir a recibir ese perdón, no podemos avanzar en nuestra vida cristiana cargados de pecados, viviendo como si no fuésemos cristianos, sin oración, sin vida sacramental, sin caridad, etc., y además no sentirnos necesitados del Perdón de Dios por esta forma de vida. Jugamos con ventaja, Dios siempre nos perdona. Sea cual sea nuestro pecado, Dios siempre está dispuesto a perdonar. El evangelio de hoy nos presenta a Zaqueo, hombre pecador, publicano, egoísta,… que se encuentra en su vida cara a cara con Jesús.
Zaqueo, es rico, humanamente tiene todo, tiene poder, tiene posición social… pero algo en su interior le dice que no tiene la verdadera felicidad y que ese extranjero que ha llegado a su ciudad, Jesús, puede darle algo nuevo. Movido por esa esperanza, se acerca a buscar a Jesús, quiere verlo, quiere conocer al que es, según ha oído, el Mesías. Zaqueo es bajito, no tiene un gran físico por eso se las ingenia para subirse a una higuera y desde allí poder ver bien a Jesús, poder acercarse a él.
Fijaos que Zaqueo hace todo lo posible por ver a Jesús, todo parece que está en contra de él, su estatura, el gentío. Zaqueo no se rinde, tiene deseo de ver a Jesús y hace todo le que puede por su parte para conseguirlo. Podemos pensar en nuestra vida, quizás también a nosotros tengamos cosas que nos impiden ver al Señor, acercarnos a Él: prejuicios, riquezas, respetos humanos, fe débil, etc. Zaqueo tenía algo muy importante: “Deseo sincero de encontrarse con Jesús”. A nosotros quizás nos faltan esas ganas, porque cuando algo nos interesa de verdad hacemos todo lo posible por conseguirlo.
Zaqueo hizo todo lo que pudo por ver a Cristo, y Jesús premió ese deseo. Cuando pasó a su lado le dijo: “baja, hoy me hospedaré en tu casa”. Imaginaos el momento, Zaqueo se conformaba con ver a Jesús y Jesús le dice, nada más y nada menos, que va a hospedarse en su casa, que va a vivir con él esos días. Me imagino que la felicidad de Zaqueo en ese momento fue inmensa e indescriptible.
Lo recibe en casa, le ofrece lo mejor que tiene y es tal la fuerza de ese encuentro entre Zaqueo y Jesús, que cambia de raíz su vida. Zaqueo siente que la vida que tenía antes no le llenaba y que la cercanía del Señor a colmado de felicidad su existencia. Se levanta y comienza su conversión, deja todo lo que hacía hasta ese momento, remedia todo el pecado que ha cometido, todas las fechorías que había hecho y comienza la vida de un verdadero creyente: generosidad, justicia, misericordia,…
Si nosotros deseamos de verdad encontrarnos con Jesús, si hacemos todo lo posible por nuestra parte par acercarnos a él, si nuestro corazón vibre por su cercanía… Entonces, Jesús no pasará de largo, entrará en nuestros corazones. Cada domingo el Señor nos dice: ”hoy voy a alojarme en tu corazón, hoy quiero hacerme uno contigo en la comunión”. Si le abrimos nuestro corazón, lo limpiamos para él y deseamos con fe su encuentro entonces el Señor llenará de plenitud nuestras vidas.
Pero el miedo que tenemos es el cambio de vida que nos exige ese encuentro real con Cristo. Cuando uno se encuentra con el Señor, cuando Dios entra en su vida, la vida ya no puede ser la misma, se transforma. Se convierte en una vida llena de sentido pero también de exigencia. Zaqueo no es el mismo después de encontrarse con Cristo, da pasos concretos que demuestran su fe, su amor a Cristo. Cambia radicalmente. Comienza a vivir los mandamientos. No podemos decir que creemos en Cristo, que lo amamos, que nos encontramos con Él frecuentemente, si luego nuestra vida sigue siendo la misma, si en nuestras obras y palabras no se nota nada del amor de Dios. No podemos afirmar nuestra fe en Jesús si nuestras obras y nuestra vida no lo demuestran. No podemos ser cristianos “no practicantes”, ¡qué tontería más grande! La vida en Cristo es vida en toda su grandeza y en todos los aspectos. Vida de felicidad, de alegría, de esperanza.
Zaqueo encontró la felicidad y el sentido de su vida. El Señor nos ofrece a nosotros lo mismo. ¡No tengáis miedo de abrir vuestros corazones a Cristo! ¡El os colmará de felicidad!
Que Dios os bendiga.
29/10/10
María Simma y las Benditas Almas del Purgatorio
Están próximos los días en los que los católicos celebramos la festividad de Todos los Santos y el día de los Fieles Difuntos. Son días de seculares tradiciones (visitas a los cementerios, ofrecimiento de velas, oraciones y misas por los difuntos,...), que, desgraciadamente, poco a poco, van desapareciendo, siendo suplantadas por otras "modas" de carácter pagano y con reminiscencias satánicas que desvirtúan el carácter religioso de estas fechas.Por tal motivo hoy queremos traer a nuestra web la figura de una mujer cuyos testimonios pueden dar luz sobre muchos de los "misterios" que celebramos en estos días. Se trata de María Simma, quien vivió hasta el diá de San José del año 2004 en las montañas de Sonntag (Austria). De origen campesino, desde su niñez rezó mucho por las almas del Purgatorio siendo favorecida cuando tenía 25 años por un carisma muy particular y raro en la Iglesia, el carisma de ser visitada por las almas del Purgatorio.
Con sus testimonios se han escrito varios libros, "Mi relación con las Almas del Purgatorio" (escrito personal de María Simma), "Hacednos salir de aquí" (libro escrito por Nicky Eltz con sus entrevistas con María Simma), "El maravilloso secreto de las Almas del Purgatorio" (de Sor Emanuel Maillard). En todos ellos se narran las experiencias de María Simma con la presencia sobrenatural de las almas del Purgatorio, que acuden a ella en busca de oración y ayuda para acortar su tiempo de expiación.
Para conocer más sobre María Simma y acceder a un interesantísimo extracto de los testimonios dados en estos libros podéis pinchar aquí.
27/10/10
Un camino corto a la perfección
Si me preguntas qué debes hacer en orden a ser perfecto, digo: primero, no te quedes en la cama más allá del debido tiempo para levantarse, ofrece tus primeros pensamientos a Dios, haz una buena visita al Santísimo Sacramento, dí el Ángelus devotamente, come y bebe a la gloria de Dios, reza bien el Rosario, sé recogido, guárdate de los malos pensamientos, haz bien la meditación de la tarde, examínate diariamente, vete a la cama a tiempo, y serás perfecto.
en su obra "Meditaciones y Devociones"
24/10/10
Historias de "San Rafael"
Celebramos hoy la Fiesta del Glorioso Arcángel San Rafael custodio de nuestra Córdoba y he querido compartir con todos vosotros algo personal.Aunque no sea el primogénito, mis padres me impusieron como cordobés el nombre de Rafael en el feliz día de mi bautizo y, en mi casa natal de la cordobesa calle Julio Romero de Torres, el tejado del castillete de la caja de la escalera que daba a la azotea, estaba rematado con una antigua y oxidada veleta con la silueta de San Rafael.
Cuando tristemente se quemó la Iglesia de La Merced, el 29 de enero de 1978, se descubrió en el testero del coro calcinado un gran fresco de pincel anónimo, que relataba una historia lejana, sucedida en Córdoba hace nada más y nada menos que setecientos años: La aparición por primera vez en Córdoba del Arcángel San Rafael en 1274 al comendador de la orden Mercedaria Fray Simón de Souza, un hombre justo, que oró transido de piedad por sus paisanos durante cien días y cien noches hasta que la irresistible fuerza de su oración alcanzó de Dios la “Divina Medicina” contra la terrible y feroz “peste negra” que había invadido la ciudad. Y así, el bienaventurado protector Rafael se apareció al hombre bueno, le contó la celeste decisión y la peste cesó de inmediato. Fue grande el júbilo de los cordobeses.
Tan prodigioso suceso debería ser recordado en los siglos venideros, y para lograrlo, los escasos sobrevivientes acordaron dar en lo sucesivo su nombre a los primogénitos que viniesen a este mundo. También se acordó tras las indicaciones de tan Celeste Amigo rematar la torre de la catedral con la figura de tan poderoso protector y posteriormente lo fue también la torre de la basílica menor de San Pedro.
De esta manera me siento parte viva de esta tradición de agradecimientos y, aunque ya no viva en ese domicilio, los moradores de las casas de Córdoba que permanentemente exponen sobre la más alta cota de la casa la amable figura del celeste custodio, nos sentimos a cubierto bajo las alas protectoras de tan hermoso “archiángel”.
No os cuento nada más que una pequeña cosa con una dosis de fe aunque tierna y hermosa para mí, que me habla mucho del amor que me han tenido quienes me precedieron y cuidaron.
También me parece oportuno comentar que era una costumbre muy bonita, hasta no hace mucho tiempo, el que se instalara la amable figura de nuestro santo custodio en las entradas a la ciudad de Córdoba, incluso para los que se bajaban o subían al tren,
Lamentablemente parece que hoy día las instituciones públicas se han olvidado de tan valioso protector y no hay el menor interés en hacer presidir al Custodio de Córdoba la nueva entrada y salida de la ciudad que es el Puente de Andalucía donde figuran otros símbolos más asépticos y laicos (el símbolo de Hércules y la Junta de Andalucía).Uno de los últimos "triunfos" erigidos en Córdoba a San Rafael fue el de Ruiz Olmos en la entrada a Córdoba desde el puente del mismo nombre. Fue inaugurado en 1953 por Franco y Cruz Conde. El último (según Primo Jurado) podría haber sido el San Rafael del antiguo estadio de fútbol, pero fue destruido en 1992 (si, si, destruido) por falta de sensibilidad del gobierno municipal. No obstante una nueva imagen de nuestro Custodio ha sido emplazada en el estadio Nuevo Arcángel hace un par de años a iniciativa del Córdoba C.F.
Quiero aprovechar la ocasión (ya que hay que estar rezando siempre y en todo momento) para mandaros esta preciosa oración casi lírica, de la que desconozco el inspiradísimo autor, para glorificar a nuestro custodio santo que encontré hace un año o más en www.corazones.org:
Oración a San Rafael Arcángel.
Gloriosísimo príncipe San Rafael antorcha dulcísima de los palacios eternos, caudillo de los ejércitos del todopoderoso, emisario de la divinidad, órgano de sus providencias, ejecutor de sus ordenes, secretario de sus arcanos, recurso universal de todos los hijos de Adán, amigo de tus devotos, compañero de los caminantes, maestro de la virtud, protector de la castidad, socorro de los afligidos, médico de los enfermos, auxilio de los perseguidos, azote de los demonios, tesoro riquísimo de los caudales de Dios. Tu eres ángel santo, uno de aquellos siete nobilísimos espíritus que rodean al trono del Altísimo.
Confiados en el grande amor que has manifestado a los hombres, te suplicamos humildes nos defiendas de las asechanzas y tentaciones del demonio en todos los pasos y estaciones de nuestra vida, que alejes de nosotros los peligros del alma y cuerpo poniendo freno a nuestras pasiones delincuentes y a los enemigos que nos tiranizan, que derribes en todas partes y principalmente en el mundo católico el cruel monstruo de las herejías y la incredulidad que intenta devorarnos.
Te pedimos también con todo el fervor de nuestro espíritu, hagas se dilate y extienda mas el santo evangelio, con la práctica de la moral. Que asistas al romano pontífice y a los demás pastores y concedas unidad en la verdad a las autoridades y magistrados cristianos.
Por último te suplicamos nos alcances del trono de Dios a Quién tan inmediato asistes, el inestimable don de la gracia, para que por medio de ella seamos un día vuestros perpetuos compañeros en la gloria. Amen.
«Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado»
XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Eclesiástico 35, 12-14.16-18 // Salmo 34 // 2ª Timoteo 4, 6-8.16-18 // Lucas 18, 9-14
Este domingo treinta del tiempo ordinario viene cargado con muchas celebraciones en nuestra ciudad: Solemnidad de San Rafael, día del DOMUND y el día del Señor. Hoy levantamos nuestros ojos al cielo para agradecer y suplicar a San Rafael, el arcángel custodio, darle gracias por cuidar de nosotros, de custodiar de cada uno de nosotros, de nuestra Iglesia que peregrina en Córdoba. El arcángel ha sido y es en la Ciudad el protector que recibe toda clase de súplicas y oraciones y que cuenta con la devoción sencilla y humilde de infinidad de cordobeses, jóvenes y mayores, que ante cualquiera de los numerosos triunfos e imágenes que en nuestras calles ensalzan a S. Rafael.
Hoy la Iglesia Universal celebra el día del DOMUND, domingo de las misiones. Es un día profundamente arraigado en la comunidad eclesial. Todos reconocemos en el mes de octubre este día en el que rezamos, ayudamos y nos unimos a los misioneros. Es algo natural en todas las parroquias recibir misioneros, las huchas del DOMUND, las colectas por el tercer mundo... Creo que el peligro que corremos es que al verlo como algo natural no valoremos en su justa medida este día. Que por tenerlo tan asumido olvidemos la tremenda necesidad que sufren millones de hermanos nuestros que no tienen lo más imprescindible para vivir. Los misioneros de la Iglesia Católica pueden vivir gracias a esta jornada en toda la Iglesia. Los países ricos nos ocupamos de compartir con los más pobres. Pedimos hoy a Dios que no olvidemos nunca a estos hermanos nuestros que viven la pobreza más radical y absoluta. Que descubramos que somos responsables de cuidar de nuestros misioneros y misioneras, que como avanzadilla están en los lugares más difíciles de nuestro mundo.
El evangelio de hoy nos recuerda que todo lo que hagamos lo hagamos de corazón, que lo hagamos por amor a Dios y a los hermanos. ¡¡Cuanto bien deja de hacerse por orgullo, soberbia y protagonismo personal!! El Fariseo de la parábola se creía el mejor del mundo, que había que reconocer sus méritos, que su curriculum debía estar en la presencia de Dios. No pedía, más bien exigía. Muchas veces caemos en esos mismos fallos nosotros, porque hacemos algunas cosas por el Señor, porque colaboramos en la parroquia, en algún movimiento, en cualquier ONG... Creemos que ya tenemos un puesto garantizado, poco más o menos, al lado de Cristo en la Gloria. Nos pensamos que debe ser reconocido publicamente nuestro trabajo y que los demás son peores que nosotros. El Señor en el evangelio de hoy nos deja muy claro que todo lo que hagamos por cultivar nuestro orgullo y nuestra imagen narcisista, no nos vale de nada. Todo lo que hagamos con humildad, buscando la Gloria de Dios y no la nuestra, buscando servir sin buscar nada a cambio... lo que hagamos con verdadero amor, por muy poco que sea, tendrá su recompensa en el cielo.
Señor Jesús, con el publicano, hoy te pedimos ¡Oh Dios! Ten compasión de estos pecadores y concédenos tu perdón y tu Gracia. Que el Señor os bendiga a todos, especialmente a todos los que celebran su santo.
«Queremos ver a Jesús»
Queridos hermanos y hermanas:
Con este lema se nos presenta el domingo mundial de las misiones (DOMUND), para recordarnos que la Iglesia “es misionera por naturaleza” (AG 2), es decir, está llamada a expandir el mensaje evangélico por toda la tierra y en todos los tiempos. “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). Este año, octubre misionero ha estado repleto de gracias de Dios para nuestra diócesis de Córdoba.En estos días ha comenzado esta experiencia, que he tenido la suerte de inaugurar, acompañando a nuestros sacerdotes diocesanos y dejándolos instalados en su nueva parroquia de Ntra. Señora del Perpetuo Socorro, provincia de Picota, departamento de San Martín. El año jubilar de san Francisco Solano, que evangelizó por vez primera tantos territorios de Perú, Bolivia, etc., nos ha traído a nuestra diócesis esta gracia singular, que pedimos al Señor sea duradera por su intercesión.
Pero el Domund nos habla de ese horizonte universal de la Iglesia, que se extiende a toda la tierra. La misión universal de la Iglesia, que preside el Papa y los obispos en comunión con él, tiene en este domingo esa perspectiva, que está canalizada a través de las Obras Misionales Pontificias (OMP). En esta jornada miramos al Papa y a todo el horizonte misionero en el que dejan su vida miles y miles de hombres y mujeres para que Cristo sea conocido y amado. Una de las hazañas más preciosas en el campo de la evangelización es precisamente la obra misionera a lo largo de los siglos. Mirada en su conjunto, uno percibe que sólo puede ser obra de la gracia de Dios. Cómo es posible que tantos hombres y mujeres (seglares, familias enteras, religiosos/as, sacerdotes, obispos) hayan entregado su vida entera y hayan sostenido su entrega en condiciones muy precarias y a costa de su salud, dejando atrás su tierra, sus amigos, su familia, todo por seguir a Jesucristo y anunciarlo a los que no lo conocen. Cuando visito estlos campos de misión en la vanguardia de la Iglesia, siento el entusiasmo renovado de dar y gastar mi vida para que Cristo sea conocido donde Dios me ha colocado, y se me quitan las ganas de quejarme de nada, sino, por el contrario, de ofrecerlo todo por las misiones y los misioneros.
Sólo la gracia de Dios puede explicarlo. Dios es el que fortalece, sostiene y alienta esta tarea. Por eso, es necesario que apoyemos sobre todo con la oración y el sacrifico la obra de las misiones. Los enfermos misioneros, las vocaciones contemplativas con su ofrenda a Dios de cada día, todos los que rezan y se sacrifican por las misiones. La Delegación diocesana de Misiones tiene este especial cometido, el de estimular en toda la diócesis el espíritu misionero, que tanto bien nos hace. El Domund es una llamada a ejercer todos como misioneros. De ese interés, alimentado en la oración y en el sacrificio, brotará la limosna generosa con la que sostener materialmente a los misioneros de todo el mundo. Que nada ni nadie merme esta colecta del Domund, que ponemos en manos del Papa, a través de las OMP, para atender a las misiones de la Iglesia universal. Los misioneros han demostrado que con poco hacen muchísimo. Si somos más generosos podrán hacer mucho más.
Con mi afecto y bendición,
Demetrio Fernández. Obispo de Córdoba.
Las cartas semanales de nuestro Obispo están también disponibles en vídeo en la página www.canaldiocesis.tv. Ofrecemos a continuación el vídeo correspondiente a la carta transcrita en este artículo.
22/10/10
19/10/10
Aviso; Reuniones con los Padres de los Niños de Catequesis de Primera Comunión
El próximo miércoles, 20 de octubre, a las 20:30 h. se celebrará en el salón parroquial una reunión con los padres de los niños de 2º de primaria que comienzan este curso la catequesis de Primera Comunión.
Asimismo el próximo jueves, 21 de octubre, se celebrará otra reunión, en el mismo lugar y hora, con los padres de los niños de 3º de primaria y que este año hacen su Primera Comunión.
17/10/10
Orar siempre sin desanimarse
XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Éxodo 17, 8-13 // Salmo 121 // 2ª Timoteo 3,14- 4,2 // Lucas 18,1-8.
La liturgia de la Palabra de este domingo veintinueve del tiempo ordinario nos presenta de una manera clara y con ejemplos, la importancia de la insistencia en la oración y sobre todo la perseverancia.
Al comienzo del capítulo XVIII del evangelio de san Lucas, proclamamos hoy otra parábola de Jesús. Se trata de la parábola de la viuda que a causa de su insistencia logra que un juez injusto atienda sus reclamaciones, al menos para acallar sus quejas. Se ha escrito que esta parábola forma un conjunto con otra parábola de Jesús que trasmite san Lucas y que puede llamar gemela. Es la parábola que cuenta la historia de aquel que es despertado a medianoche por un amigo inoportuno a quien finalmente atiende y le da lo que pide pero no en virtud de la amistad sino para que dejara de molestarles y pudiera él volver a dormir (Lc. 11, 5-8). En ambas parábolas, Dios aparece comparado por contraste con un personaje que de ninguna manera se presenta como modelo: un mal amigo o un juez injusto. Y con lógica se concluye que si el mal amigo se levanta para abrir la puerta al inoportuno que suena a su puerta cuando es hora de dormir, o si el juez injusto atiende los reclamos de la viuda, cuanto más Dios, que es amigo bueno y juez justo, escuchará la oración perseverante de sus fieles y "dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan" (Lc. 11, 13). En ambas parábolas se apunta como enseñanza a la perseverancia en la oración de súplica o petición a Dios.
Introduce así, en efecto, el evangelista la parábola del juez y la viuda: "Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse" (Lc. 18, 1). Pero la pregunta que hace Jesús al final de la parábola del juez y la viuda: "Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" (Lc. 18, 8) sugiere que se trata no sólo de la perseverancia en la oración sino también de la perseverancia de la fe.
Y en relación al evangelio de este domingo, la primera lectura, Éxodo 17, 8-13, nos cuenta cómo, por su oración intercesora, Moisés, con los brazos en alto en la montaña, de pie o sentado y sostenido por Aaron y Jur, con los brazos levantados, firmes hasta la puesta del sol, por su perseverancia incansable en la súplica, obtuvo de Dios para el Pueblo de la Antigua Alianza el éxito en la defensa frente al ataque de los amalecitas. Cuando sus brazos caían, ganaban sus enemigos. Mientras los mantenía en alto, vencía Israel. La perseverancia y continuidad en la oración lo consigue todo de Dios. Fijaos que manera más simbólica de expresar la constancia en la oración: mientras Moisés estaba con los brazos en alto Dios le escuchaba, mientras estaba en disposición, con ganás, perseverando, orando sin cansarse. Cuando nosotros oramos cada día, sin cansarnos, siendo firmes en nuestro tiempo de oración y vivimos plenamente nuestro encuentro con el Señor, sentimos que la vida es menos cuesta arriba y que tenemos cerca a Dios. Pero si bajamos los brazos, nos cansamos, nos olvidamos de rezar, lo hacemos un día y cinco no, entonces nos damos cuenta que nuestra vida se hace oscura, que nos cuesta pasar cada día, nos alejamos nosotros mismos de la Fuente de la Gracia que es Dios. Es muy significativo el papel que juegan en el texto del Exódo Aarón y Jur, ellos son los que ayudan a Moisés a mantenerse firme en la oración. Ellos son los que están pendientes para que sus brazos no caigan, para que su oración no flaquee. El sacerdote, hoy, hace el mismo papel, es el que puede ayudarnos, si se lo pedimos, para que nuestra oración no decaiga, para que nuestra súplica y acción de gracias esté siempre en la presencia de Dios. El puede enseñarte caminos de oración. Cuando estamos enfermos vamos al médico, cuando se nos rompe una tuberia llamamos al fontanero, cuando se rompe la lámpara llamamos al electricista... ¿Por qué cuando tenemos problemas en nuestro camino de oración y de entrega a Dios no acudimos al Sacerdote? ¿Por qué buscamos en libros extraños, teorias remotas y oscuras los caminos del espíritu? Tenemos que recuperar en nuestras vidas la figura de nuestro director espiritual, la persona que sabemos va a estar ahí siempre, que nos conoce, que sabe de nuestro caminar en la fe y que es el mejor que puede ayudarnos a progresar en ese camino de fe.
No podemos olvidar que tenemos la obligación moral de crecer en la fe, de cuidarla, de mimarla frente a todos los riesgos que el mal nos ofrece en nuestros días. Que no podemos conformarnos con la fe que tenemos ahora, que debemos crecer cada día más en el amor a Dios y al prójimo. Mirad las palabras con las que termina el evangelio de hoy: "Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿Encontrará fe en la tierra?"
Es muy seria esta pregunta, si descuidamos nuestra vida de fe, de oración, de sacramentos y de caridad. Si vivimos como si no tuvieramos fe, cuando llegue el último día ¿qué vamos a presentar ante Dios?
Que el Señor nos ayude a todos a ser perseverantes en la oración, en la vida sacramental y a crecer cada día más en la fe, la esperanza y la caridad. Que Dios os bendiga.
14/10/10
¿La ciencia moderna excluye la existencia de Dios?
Con ocasión de la reciente publicación de su último libro, el científico británico Stephen Hawking afirma que la física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el universo, porque el Universo puede haber surgido del caos sólo por las leyes de la naturaleza.
Esta clase de afirmaciones son habituales y tan recurrentes que pese a no ser este un sitio web de explicación de la fe, sí que una de sus motivaciones es servir de base para la formación cristiana, por lo que modestamente con esta entrada intentaremos aportar una breve explicación con conceptos y expresiones sencillos de por qué lo que Hawking afirma es sólo sensacionalismo y no una argumentación fundada.
Antes de comenzar, un breve inciso para avisar de que esta explicación no contradice la teoría de la evolución, a la que la Iglesia no se opone.
La cuestión es sencilla: no hay lugar al debate porque la ciencia experimental o empírica no estudia la materia de la filosofía/teología y viceversa. La ciencia experimental estudia lo físico y la teología lo metafísico (materia más allá de lo físico). Es como si desde la teología se pretendiera explicar la fotosíntesis: no es su materia. Pretender demostrar la inexistencia de Dios desde la ciencia empírica parece absurdo, no es una herramienta capaz para ello porque Dios (un ser superior) trasciende lo físico. Como si con un microscopio intentásemos estudiar astronomía: la herramienta no se ha hecho para ello. En resumen, es abordable demostrar la existencia o no existencia de Dios desde la filosofía, pero nunca desde la física como Hawking afirma.
Cuando la Iglesia afirma que la fe y la razón coexisten y no se oponen no quiere decir que la fe se demuestre científicamente, sino que la fe, la existencia de Dios, lo trascendente, es racional/razonable, es decir, que se puede comprender usando la razón y la lógica humanas, que no supera esas capacidades humanas. PERO si se pretende estudiar profunda y seriamente el hecho de Dios, del ser supremo, ha de ser a través de la metafísica, no desde las ciencias físicas exclusivamente.
La Iglesia afirma que el estudio que la ciencia empírica hace de la realidad perceptible por los sentidos es bueno y COMPLEMENTARIO a la visión de la realidad que nos ofrece la fe, y esa otra visión es la realidad trascendente, la metafísica. Ambas visiones, las de la fe y la ciencia, muestran LA MISMA realidad de un modo complementario, es decir, más completo, por eso la teología y el método científico son dos herramientas que conducen ambas a nuestra inteligencia a conocer la verdad. Nunca podrá la ciencia demostrar por qué y cómo Dios creó todo lo que existe; y a su vez la fe no explicará cómo se produce una reacción fotoquímica. Pero tanto la creación Divina como la fotosíntesis son reales, simplemente hay que estudiarlas con las herramientas apropiadas.
Concretando sólo un poco más, la ciencia empírica no puede explicar la existencia de un ser creador de todo lo que existe básicamente porque la creación del universo no significa lo mismo científicamente que teológicamente.
"La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad." Fides et Ratio - JPII
Para ampliar información sobre esta cuestión, es recomendable atenerse a la "Fides et Ratio" en primer lugar, y desde aquí recomendamos estas fuentes:
12/10/10
12 de Octubre. Festividad de la Virgen del Pilar
Celebramos la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad, por lo que creemos oportuno recordar en nuestra web los orígenes de esta popular devoción.
Según documentos del siglo XIII, el 2 de enero del año 40, el apostol Santiago se encontraba en profunda oración con sus discípulos junto al río Ebro cuando "oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol". La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal en Palestina, le pidió a Santiago que en aquel lugar se le construyese una iglesia, y que el altar estuviese en torno a la columna de jaspe (conocida popularmente como «el Pilar»), donde ella estaba de pie y prometió que "permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio".
Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad, tal y como pidió María, edificaron una primitiva capilla de adobe en la vera del río Ebro. Este testimonio es recogido por un manuscrito de 1297 que se custodia en el Archivo del Pilar.
Muchos han sido desde entonces los "portentos y maravillas"debidos a la intercesión de la Virgen del Pilar, uno de los cuales, quizás el mas extraordinario y a la vez documentado, es el denominado "Milagro del Cojo de Calanda" del cual ya hablamos con anterioridad en esta web.
Desde aquí deseamos mucha felicidad en este día a todas las "Pilares".
10/10/10
El olvido de Dios
XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: 2 Reyes 5, 14-17 // Salmo 98 // 2ª Timoteo 2, 8-13 // Lucas 17, 11-19.
Si una palabra puede resumir la riqueza de la Palabra de Dios en este domingo, sería: GRACIAS.
Las lecturas de este domingo nos ponen de manifiesto una realidad que es muy frecuente entre los cristianos de todas las épocas: el olvido de Dios.
Cuando las cosas nos van mal, cuando el dolor agarra nuestros corazones, cuando la vida se hace cuesta arriba…. Con que facilidad nos acercamos a pedir a Dios, con que humildad le pedimos que solucione nuestros problemas… mas cuando las cosas van bien, cuando todo se ha solucionado, Gracias a Dios, que pocos son los que vuelven a dar Gracias a Dios, ¡Cuantos se olvidan de Dios porque ya no tienen problemas! ¡O los que tenían se han solucionado!
Es lo que nos cuenta el Evangelio de hoy: Diez leprosos acuden desesperados a Jesús para que los libre de esa terrible enfermedad, Jesús los escucha, se apiada de ellos y les manda hacer una sola cosa:”Id a presentaros a los sacerdotes” y cuando van de camino notan, sienten, que están curados… Uno sólo de ellos volvió dando gritos de Acción de Gracias a Jesús. De los diez sólo uno volvió a darle gracias al que le había salvado de la terrible lacra de la lepra. Sólo uno. Los otros nueve también fueron curados, pero ya no necesitaban el favor de Dios, ya estaban limpios… ¿para qué volver?
Queridos hermanos ¿Nos vemos retratados en este relato? Son tantas las cosas que Dios hace por nosotros y qué poco agradecidos somos. Mirad como párroco, todos los días me piden ofrecer la Eucaristía pidiendo algo a Dios, por un difunto, pedir por un enfermo, por el trabajo de los hijos, por los niños…. Por infinidad de cosas. Me da mucha alegría que acudamos al sacerdote para que ofrezca la misa por nuestras necesidades. Pero sólo tres o cuatro días en todo el año, se acerca alguien a pedir que ofrezca la misa en acción de gracias por los dones recibidos, por la vida que Dios nos regala o simplemente por el amor con el que nos bendice. Para pedir siempre, cada día alguien lo hace…para dar gracias muy pocos se acuerdan. Se repite la escena del Evangelio, muchos son los favores que Dios sigue haciendo con su pueblo, pero su pueblo ingrato no los reconoce.
Este domingo el Señor nos invita a reconocer su providencia amorosa, su amor infinito y entrañable que nos cuida y a ser AGRADECIDOS.
Este domingo damos Gracias a Dios por nuestra fe, por ser sus hijos, por poder participar en la Eucaristía, por ser miembros de familias cristianas que nos han transmitido la fe en Cristo Jesús, por tener una parroquia que forme y celebre nuestras vidas cristianas, ¡por tantas cosas…! Os invito en este domingo a no pedir nada al Señor, a dedicarlo todo entero a dar GRACIAS
Que Dios os bendiga a todos.
3/10/10
Homilía para el 25º Domingo del tiempo ordinario
DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
Lecturas: Hababuc 1, 2-3; 2,2-4 // Salmo 95 // 2ª Timoteo 1, 6-8. 13-14 // Lucas 17, 5-10.
Nos propone nuestro párroco reflexionar las lecturas de este Domingo con la siguiente homilía:Las Lecturas de este Domingo contienen un llamado a la Fe, a una Fe viva... “capaz de mover montañas” ... o de mover árboles, como nos refiere el Evangelio de hoy.
En el Evangelio de hoy (Lc. 17, 5-10) los Apóstoles le piden al Señor que les aumente la Fe. Y el Señor les exige tener al menos un poquito de Fe, tan pequeña como el diminuto grano de mostaza, para poder tener una Fe capaz de mover árboles de un sitio a otro. Con este lenguaje, el Señor quiere indicarnos la fuerza que puede tener la Fe, cuando es una Fe convencida y sincera.
Nos indica, también, que la Fe es a la vez don de Dios y voluntad nuestra. O como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: La Fe es una gracia de Dios y es también un acto humano (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #154).
Expliquemos esto un poco más: La Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nosotros. Es decir: para creer necesitamos algo que siempre está presente: la gracia y el auxilio del Espíritu Santo. Pero para creer también es indispensable nuestra respuesta a la gracia divina. Y esa respuesta consiste en un acto de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, por el que aceptamos creer.
Sin embargo hay una desviación muy marcada en nuestros días que consiste en exigir que todo sea comprobable, verificable, visible. Por cierto, es una desviación que siempre ha estado presente. No tenemos más que recordar a Santo Tomás.
Sucedió que este Apóstol no estuvo presente en la primera aparición de Jesús Resucitado a los demás discípulos. Y Tomás pidió comprobación, manifestando que se negaría a creer en la Resurrección de Cristo si no metía sus dedos en las heridas de las manos y su mano en la abertura del costado del Resucitado. Sabemos lo que sucedió: Apareció Cristo una segunda vez y reprendió fuertemente a Tomás, luego de tomarle la mano para que hiciera lo que se había atrevido a requerir. (cf. Jn. 20, 19-28)
Ahora bien, los seres humanos somos muy parecidos a Santo Tomás cuando se trata de verdades sobrenaturales: requerimos “meter el dedo en la llaga”, sin darnos cuenta de que practicamos una fe natural que nos lleva a creer cosas para las que no requerimos comprobación.
Un ejemplo evidente de esta fe natural confiada es la aceptación de nuestros antepasados no conocidos.
¿Quién de nosotros se ha atrevido a pedir una partida de nacimiento o de defunción para estar seguro de que tal persona es nuestro abuelo o nuestra bisabuela o nuestro tío?
Existe, entonces una fe meramente humana, por la que creemos en algo que se nos dice, como podría ser una historia, un suceso que se nos relata, o un fenómeno comprobable científicamente.
Pero hablemos de la Fe con “F” mayúscula, de la Fe sobrenatural. Esta, que es a la vez gracia de Dios y respuesta nuestra, nos lleva a creer todo lo que Dios nos ha revelado y, además, todo lo que Dios, a través de su Iglesia, nos propone para creer.
Esa Fe tiene diversas e indispensables consecuencias para nuestra vida espiritual. La Primera y Segunda Lectura de hoy nos presentan dos consecuencias muy importantes: la perseverancia en la Fe y la obligación que tenemos de comunicar esa Fe, a pesar de las circunstancias adversas.
En la Primer Lectura del Profeta Habacuc (Hab. 1, 2-3; 2, 2-4) vemos la preocupación del Profeta por el triunfo de la injusticia. Es una pregunta que siempre está presente en el corazón de los seres humanos. También otros Profetas la hicieron: Jeremías: “¿Por qué tienen suerte los malos y son felices los traidores?” (Jer. 12, 1).
Si leemos todo el texto del Profeta Habacuc (Hab. 1, 1 a 2, 4) nos damos cuenta que el Profeta primero se queja de la situación del pueblo hebreo. La respuesta de Yavé es ciertamente desconcertante: dentro de poco los Caldeos restablecerán el orden, invadiendo y saqueando todo (!!!):
“Miren, traidores y contemplen, asómbrense y quédense alelados, porque voy a realizar en su época algo que no creerían si se lo hubieran contado. Pues ahora empujo a los Caldeos, pueblo terrible y arrollador, que recorre enormes distancias para apoderarse de países ajenos. Es terrible y temible, y se hacen su propio derecho ... Este pueblo se burla de los reyes, se ríe de los soberanos; no le importan las ciudades fortificadas, pues levanta terraplenes y se apodera de ellas. ¡Y así pasa y se va como el viento ...! ¡Su fuerza es su dios!” (Hab. 1, 5-11).
Vemos en esta respuesta cómo está Dios permitiendo la acción del mal para corregir a su pueblo escogido.
Habacuc se queja nuevamente preguntando a Yavé por qué usa la invasión de los Caldeos para realizar su justicia.
Dios le responde a su Profeta con una visión que pide que deje por escrito para enseñanza de los que vengan después. Y la enseñanza es la perseverancia en la Fe. Le asegura que se hará justicia, pero a su tiempo. Y ... sabemos que el tiempo de Dios casi nunca coincide con el nuestro.
Le responde Yavé: “Es la visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará. Si se tarda espéralo, pues llegará sin falta: el malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.
Dios siempre hace justicia. Actúa de acuerdo a su Justicia que es infinita. Si embargo la Justicia Divina no siempre es clara para los humanos. Dios guarda en secreto, al menos por un tiempo, su manera de gobernar al mundo y solamente pide que nos mantengamos fieles hasta el final.
La explicación de esto se la da al Profeta Ezequiel:
“La gente de Israel dice que la manera de ver las cosas que tiene el Señor no es justa. ¿Así que mi manera de ver las cosas no es justa, gente de Israel, no será más bien la de ustedes? Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento. Corríjanse y renuncien a todas sus infidelidades, a no ser que quieran pagar el precio de sus injusticias. Lancen lejos de ustedes todas las infidelidades que cometieron, háganse un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿O es que quieren morir, gente de Israel? A Mí no me gusta la muerte de nadie, palabra de Yavé: conviértanse y vivirán” (Ez. 18, 29-31).
Y esta enseñanza fue para el pueblo de Israel de los tiempos de Habacuc, Jeremías y Ezequiel, unos 600 años antes de Cristo, cuando Nabucodonosor hacía de las suyas, destruyendo pueblos y apoderándose de ellos.
Sabemos que el pueblo de Israel fue desterrado a Babilonia en el año 587 antes de Cristo. Luego de un tiempo –no muy corto, por cierto, pues fueron 70 años de exilio- se ve una nueva intervención de Dios, anunciada por el Profeta Ezequiel: “Los recogeré de todos los países, los reuniré y los conduciré a su tierra” (Ez. 36, 24).
Y eso hizo. En efecto, en el año 538 antes de Cristo, sin haber hecho nada los israelitas, Ciro, Rey de Persia, conquista a Babilonia y da libertad al pueblo de Israel para que regresen a su tierra, lo cual hacen, encabezados por Zorobabel, quien como primera acción organiza la reconstrucción del Templo de Jerusalén. (cf. Esdras 1 y 2)
Pero la acción de Dios es mucho más profunda. Dios hace las cosas a perfección y completas.
Lo que sucede no es un simple regreso del exilio, sino que hace efectiva la conversión del pueblo que había pedido a través de Ezequiel. Dios purifica y transforma el corazón de su pueblo, es decir, lo hace dócil a su Voluntad:
“Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus inmundos ídolos. Les daré un corazón nuevo y podré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi Espíritu y haré que caminen según mis mandamientos ... Ustedes serán mi pueblo y Yo seré su Dios” (Ez. 25-28).
Y esta enseñanza es válida para todos los tiempos, para cualquier circunstancia de la vida del mundo, de un pueblo, de la Iglesia, de las familias y también de cada persona en particular. Es una enseñanza muy apropiada para nosotros hoy, en el momento histórico que vivimos.
Aun cuando pueda parecer que Dios está dormido, como en la barca de los Apóstoles cuando en medio de una fuerte tormenta éstos se atrevieron a reclamarle: “¡Maestro! ¿es así como dejas que nos ahoguemos?” (Mc. 4, 38), Dios está siempre pendiente y exige nuestra fe perseverante. De hecho Jesús calmó la tempestad, pero no dejó de reprender a los Apóstoles con respecto de su fe y su confianza: “¿Por qué son ustedes tan miedosos?” (Mc. 4, 40). “¿Dónde está la fe de ustedes?” (Lc. 8, 25).
Pueda que las cosas se desarrollen como si Dios no estuviera pendiente, pero es preciso permanecer confiados en fe. Puede parecer que Dios tarde en intervenir, pero de seguro su actuación tendrá lugar y se verá, como la vio el pueblo de Israel, porque “sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman” (Rom. 8, 28).
Y esto que se aplica al pueblo de Israel y a nuestro mundo hoy, también puede aplicarse a nuestra vida personal.
A veces las circunstancias de nuestra vida, circunstancias difíciles, nos pueden hacer pensar que el Señor está lejos o, inclusive, que Dios no existe, o que no nos escucha. La Lecturas del Profeta Habacuc nos enseña a esperar el momento del Señor. El Señor siempre está presente con el auxilio de su Gracia, aunque en algunos momentos no lo sintamos. En los momentos difíciles de nuestra vida sepamos esperar el momento del Señor con una Fe paciente, perseverante y confiada en los planes de Dios... y, sobre todo, en el tiempo de Dios.
La Segunda Lectura de la Carta de San Pablo a Timoteo (2 Tim. 1, 6-8; 13-14) nos habla de otro aspecto de la Fe. Digamos que nos habla -más bien- de una consecuencia de la Fe: la obligación que tenemos de comunicarla. La Fe, si es verdadera, nos lleva a anunciarla a los demás, a comunicar a los demás eso que creemos.
En palabras de San Pablo muy conocida de los evangelizadores: “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios nos dé”. Dicho en otra traducción: “compartir los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios”.
Ahora bien, la segunda traducción, más en línea con el escrito de San Pablo a su discípulo Timoteo, indica que muchas veces, como era el caso de los tiempos de San Pablo, quien se encontraba preso por predicar el Evangelio y quien le recordaba a Timoteo el sacrificio de Cristo, hay que estar dispuesto a sufrir cuando se vaya a dar testimonio de la Fe. Porque, como dice San Agustín, pueda que muchos están dispuestos a hacer el bien, pero pocos en sufrir los males.
Para eso tenemos la seguridad de la gracia, porque “el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de buen juicio”.
Fortaleza para no flaquear en la firmeza en la fe. Amor para desear defender y comunicar esa fe, no importa las circunstancias. Y buen juicio, para hacerlo con prudencia, pero sin temor.
Agradezcamos al Señor el don de la Fe y respondámosle con nuestro granito de mostaza para que El pueda darnos una Fe inconmovible, indubitable, una Fe confiada y paciente que sabe esperar el momento del Señor, y una Fe viva y activa, valiente y fuerte, que no teme ser anunciada, aunque haya riesgos.







