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22/6/08

Ante el día del Papa

QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS:

El próximo domingo, 29 de junio, celebraremos la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y, con ella, el Día del Papa, una jornada en la que todos los católicos estamos invitados a dar gracias a Dios por el servicio del todo especial que el Papa desempeña en la comunidad cristiana. Como es bien sabido, a lo largo de su ministerio público, el Señor va poniendo los pilares del edificio de la Iglesia. Para ello, elige a los Apóstoles como cimiento, a los que envía al mundo entero para que prediquen el Evangelio a toda criatura. Previamente, en Pentecostés, los unge con la fuerza del Espíritu, que les capacita para la tarea que les espera: implantar la Iglesia en el mundo entonces conocido.
De entre los Doce, elige a Pedro para que sea el principio de unidad y la piedra fundamental de la casa del Dios vivo que es la Iglesia (1 Tim 3, 15). Para ello, le promete el carisma de atar y desatar, es decir, de interpretar autoritativamente la nueva ley evangélica (Mt 16, 17-19). Le impone además la tarea de confirmar a sus hermanos en la fe (Lc 22, 32). Junto al lago de Galilea, Pedro recibe la plenitud de la autoridad en el orden magisterial, santificador y de gobierno del nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia (Jn 21,15-17).

Del mismo modo que el oficio que el Señor encomendó a los Doce subsiste en los Obispos, sucesores de los Apóstoles, el oficio que Cristo encomendó a Pedro, por voluntad del mismo Señor, subsiste en sus sucesores, los Obispos de Roma, de modo que el Papa es, como Pedro, Vicario de Jesucristo, Pastor de toda su grey y cabeza visible de la Iglesia. Como dice el Concilio Vaticano II, el Papa “hace las veces de Cristo mismo, maestro, pastor y pontífice, y actúa en su lugar” (LG 21). Este es el fundamento del respeto, la veneración y el amor que debemos profesar al Papa, algo que se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia y a la más genuina tradición católica. El amor al Papa y el “sentir” con el Papa han sido siempre un signo distintivo de los buenos católicos. Lo han sido y siguen siendo también la acogida, docilidad y obediencia a sus enseñanzas y la oración por el Papa, que goza de la asistencia indefectible del Espíritu, pero que necesita también de la plegaria ferviente de todos los hijos de la Iglesia.

Si todos los días hemos de encomendar al Señor la persona, la salud, el ministerio e intenciones del Papa Benedicto XVI, mucho más debemos hacerlo el próximo domingo en nuestras devociones privadas y en las celebraciones eucarísticas de nuestras parroquias y comunidades. Pido, pues, a los sacerdotes que eleven preces especiales por esta intención, que expliquen en la homilía la naturaleza del servicio petrino y que inviten a los fieles a renovar la devoción, fidelidad y obediencia al Papa.

Les pido también que hagan con todo interés la colecta conocida como “óbolo de San Pedro”, que es imperada y obligatoria, pero que todos debemos hacer de buen grado. Su origen se remonta a la antigüedad cristiana, si bien se generaliza a partir del siglo VIII, siguiendo la estela de los países anglosajones, verdaderos pioneros en la ayuda a la Sede Apostólica. Con el “óbolo de San Pedro” el Santo Padre atiende a las innumerables solicitudes de ayuda que, como pastor universal, recibe del mundo entero. Atiende, sobre todo, al grito de los pobres, de los niños, ancianos, marginados, emigrantes, prófugos, víctimas de las guerras y desastres naturales. El Papa, como Cabeza del Colegio Episcopal, se preocupa también de las necesidades materiales de las diócesis pobres y de los institutos religiosos especialmente necesitados. Acude además en ayuda de los misioneros, que promueven infinidad de iniciativas pastorales, evangelizadoras, humanitarias, educativas y de promoción social en los países más pobres de la tierra. Para ello necesita la ayuda de toda la Iglesia. En este sentido, nos dejó escrito el Papa Juan Pablo II: “Conocéis las crecientes necesidades del apostolado, las exigencias de las comunidades eclesiales, especialmente en tierras de misión, y las peticiones de ayuda que llegan de poblaciones, personas y familias que se encuentran en condiciones precarias. Muchos esperan de la Sede Apostólica un apoyo que, a menudo, no logran encontrar en otra parte. Desde esta perspectiva, el Óbolo constituye una verdadera participación en la acción evangelizadora, especialmente si se consideran el sentido y la importancia de compartir concretamente la solicitud por la Iglesia universal”.

El libro de los Hechos nos da testimonio de cómo mientras Pedro estaba en la cárcel, la Iglesia entera oraba por él. También nosotros, en el próximo domingo y siempre, estrechamos la comunión con el Papa Benedicto XVI, que hoy nos preside en la caridad, oramos por él y le ayudamos con nuestras limosnas a socorrer a los necesitados.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

Juan J. Asenjo. Obispo de Córdoba.

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